Un video de pocos segundos, una lista de supuestos choques culturales y algunas imágenes atractivas pueden convertir a cualquier turista en un aparente experto sobre un país. Las redes sociales multiplicaron las posibilidades de compartir experiencias de viaje, pero también favorecieron una producción de contenidos rápidos, superficiales y destinados a conseguir likes. ¿Qué sucede cuando la necesidad de publicar reemplaza al interés por conocer?
Hubo un tiempo en que viajar a un país desconocido suponía aceptar que comprenderlo llevaría tiempo. Había que recorrer sus ciudades, conversar con sus habitantes, conocer algo de su historia y descubrir que aquello que parecía extraño a primera vista podía responder a tradiciones, conflictos o costumbres difíciles de interpretar desde afuera. Hoy, en cambio, alcanza con pasar unos días en un destino y publicar un video de treinta segundos para presentarse como alguien capaz de explicar su sociedad.
La fórmula se repite en Instagram, TikTok y YouTube Shorts: «Cinco cosas que nadie te cuenta sobre Japón», «Lo que me sorprendió de Tailandia» o «Por qué este país es mejor que el tuyo». Los títulos prometen descubrimientos reveladores, pero muchas veces ofrecen poco más que impresiones personales, generalizaciones apresuradas y observaciones que carecen de contexto.
El problema no es que los viajeros compartan sus experiencias, algo que siempre enriqueció la circulación de conocimientos sobre otros lugares. El problema aparece cuando una experiencia limitada se presenta como una explicación cultural y la popularidad de quien la publica termina confundida con su autoridad para opinar.

Cuando el algoritmo premia la impresión antes que el conocimiento
Las plataformas no impiden elaborar contenidos rigurosos. De hecho, existen periodistas, investigadores y divulgadores que realizan excelentes trabajos en ellas. Sin embargo, sus mecanismos de distribución favorecen determinados formatos: comienzos llamativos, emociones reconocibles, promesas de descubrimientos y mensajes fáciles de consumir y compartir.
La consecuencia es una presión permanente por simplificar. La duda, la contradicción y los matices suelen resultar menos atractivos que una afirmación contundente. Un creador que reconoce no conocer suficientemente un destino difícilmente consiga la misma repercusión inmediata que otro que asegura haber descubierto «la verdad» sobre él.
Así aparece una forma particular de análisis instantáneo: la opinión se publica antes de haber sido elaborada, se consume antes de ser cuestionada y desaparece cuando llega el siguiente contenido viral. La finalidad deja de ser comprender un lugar y pasa a ser producir una reacción medible en visualizaciones, comentarios y seguidores.
La superficialidad no depende exclusivamente de la duración de un video. Es posible comunicar información valiosa en un minuto. Lo que la define es la ausencia de investigación, la presentación de prejuicios como descubrimientos y la incapacidad de reconocer los límites del propio conocimiento.
Del viaje como descubrimiento al destino como escenario
Esta lógica también está transformando la elección de los destinos. En muchos contenidos, un paisaje interesa menos por su historia, su biodiversidad o sus habitantes que por su capacidad para funcionar como fondo de una fotografía. El viajero deja de ser un observador para convertirse en protagonista de una puesta en escena, mientras que el lugar visitado queda reducido a una escenografía.
Una investigación publicada en 2025 en Digital Geography and Society analizó este fenómeno a partir de entrevistas y fotografías de paisajes difundidas en Instagram. Sus autores encontraron patrones visuales repetidos y prácticas mediante las cuales los turistas buscan reproducir imágenes similares a las que previamente encontraron en las redes. El resultado es una representación estandarizada de los destinos, donde determinados encuadres adquieren más importancia que la experiencia del lugar.
Otro estudio, publicado en Journal of Destination Marketing & Management en 2024, comprobó que las fotografías turísticas que incluyen personas generan mayor interacción en Instagram. El hallazgo ayuda a comprender una paradoja del turismo contemporáneo: muchas veces, lo que consigue atención no es el destino, sino la imagen del viajero dentro de él.

La viralidad también tiene consecuencias para los destinos
El fenómeno deja de ser una simple cuestión de calidad de contenidos cuando las recomendaciones virales comienzan a modificar el comportamiento de miles de viajeros.
En Suiza, el pequeño pueblo de Iseltwald se convirtió en un destino muy visitado después de aparecer en la serie surcoreana Crash Landing on You. Miles de turistas comenzaron a acercarse para fotografiarse en el mismo embarcadero que habían visto en pantalla y en las redes. Las autoridades terminaron instalando un sistema de acceso pago para afrontar los costos derivados de la afluencia de visitantes.
El caso muestra cómo un lugar puede convertirse en un producto de consumo visual: llegar, reproducir una fotografía y marcharse. No necesariamente hay interés por conocer el pueblo, su comunidad o su entorno. El objetivo principal es obtener una imagen que confirme haber estado allí.
Sería exagerado atribuir el sobreturismo exclusivamente a los influencers, pero las plataformas pueden acelerar la concentración de visitantes en puntos específicos, especialmente cuando una imagen se vuelve viral.

Viajar no convierte automáticamente a nadie en experto
La democratización de la comunicación turística tiene aspectos positivos. Permitió descubrir destinos ignorados por los grandes medios, escuchar voces locales y acceder a experiencias que antes difícilmente encontraban difusión. El problema no es quién puede publicar, sino la creciente confusión entre testimonio, promoción e información.
Un viajero puede contar legítimamente qué le gustó, qué lo sorprendió o qué dificultades encontró. Pero esas impresiones no equivalen a una investigación sobre la cultura, la economía o la sociedad de un país. Tampoco la cantidad de seguidores garantiza conocimiento, independencia de criterio ni rigor.
Quizás la consecuencia más preocupante de este turismo de contenidos descartables sea que se pierde la curiosidad necesaria para descubrir aquello que no confirma nuestras expectativas. En lugar de viajar para aprender algo nuevo, se corre el riesgo de hacerlo para reunir imágenes que encajen en una narración previamente construida.
Las redes sociales pueden despertar el deseo de conocer el mundo. Pero cuando la experiencia se reduce a una sucesión de videos, poses y opiniones instantáneas, viajar deja de ser una oportunidad para comprender lo diferente y se transforma en una manera de seguir hablando de uno mismo.








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