Mucho antes de que el paisaje de las Islas Malvinas quedara asociado a la guerra de 1982, hubo allí una actividad ganadera en la que participaron gauchos procedentes del Río de la Plata. De aquella etapa sobreviven construcciones que hoy tienen interés histórico y arqueológico: corrales levantados con piedra y, especialmente, con turba, utilizados para reunir y manejar el ganado cimarrón que recorría la Isla Soledad.
Una investigación arqueológica publicada en 2026 puso nuevamente el foco sobre estas estructuras y, en particular, sobre los corrales de turba, una expresión poco conocida del patrimonio construido de las islas. El trabajo de Sebastián Leonardo Ávila, investigador del Instituto de Arqueología de la Universidad de Buenos Aires y del CONICET, reconstruye mediante documentos históricos, registros arqueológicos e imágenes satelitales una red de establecimientos vinculados con la actividad ganadera desarrollada entre 1829 y 1831.

Una red ganadera en la Isla Soledad
La historia comienza con el proyecto de colonización impulsado por Luis Vernet, quien asumió en 1829 como comandante político y militar de las islas en nombre de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Junto con colonos y trabajadores de distintos orígenes llegaron también gauchos provenientes de Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Santiago del Estero y otras regiones rioplatenses.
Su conocimiento del manejo de caballos, lazos y ganado resultaba particularmente útil para trabajar con las grandes manadas de ganado cimarrón o alzado que existían en las islas. Los animales descendían, en buena medida, de ejemplares introducidos en períodos anteriores y que se habían reproducido en libertad. Los gauchos debían localizarlos, reunirlos, domesticarlos progresivamente y conducirlos hacia distintos puntos donde pudieran ser faenados o aprovechados. El Museo de las Islas Falkland también documenta el papel de los gauchos en la organización de estas manadas y en los desplazamientos del ganado hacia los lugares de faena.


Para realizar esas tareas se construyó una infraestructura adaptada al paisaje: viviendas, puestos, galpones, saladeros y corrales. El diario de Emilio Vernet, conservado en el Archivo General de la Nación, permite incluso seguir algunas de las tareas cotidianas. En uno de sus registros describe la construcción de un corral mediante sucesivas hileras de turba y consigna sus dimensiones aproximadas: unos 22 metros de diámetro, con una manga lateral de unos 13 metros.
La turba no era un material extraño para quienes vivían en las islas. Era abundante y se utilizaba tanto para levantar paredes como para combustible. En un territorio sin abundancia de madera y sometido a fuertes vientos, aprovechar los materiales disponibles constituía una solución práctica. Con el tiempo, algunos corrales también fueron construidos en piedra.

Turba y piedra: dos tipos de corrales
Una de las aportaciones de la investigación arqueológica reciente es precisamente distinguir los corrales de turba de los corrales de piedra, que durante mucho tiempo pudieron ser considerados parte de una misma tradición constructiva.
Los corrales de turba son particularmente interesantes porque el material utilizado para construirlos es orgánico y, por lo tanto, mucho más vulnerable a la erosión, las lluvias y los fuertes vientos. Esto explica que muchos hayan desaparecido o sean muy difíciles de reconocer actualmente desde el terreno.
Sin embargo, algunos dejaron marcas visibles desde el aire. La investigación mediante teledetección permitió identificar estructuras circulares que conservan una característica forma de corral, generalmente acompañada por una manga rectangular, por donde se conducía el ganado. En el área estudiada se pudieron identificar 19 estructuras compatibles con este tipo de construcción.

La investigación se concentró especialmente en el Istmo de Darwin, en la Isla Soledad, donde los documentos históricos mencionan tres lugares vinculados con aquella red ganadera: Rincón de la Polaca, Real 7° y el poblado de Rosas. No se trataba necesariamente de asentamientos permanentes, sino de puntos dentro de un sistema productivo mucho más amplio, utilizado por las partidas de gauchos para reunir ganado, pasar la noche, secar cueros y trasladar productos hacia las zonas costeras.
Rincón de la Polaca, Real 7° y Rosas
El Rincón de la Polaca era un punto especialmente conveniente por sus condiciones naturales y su relación con el agua. Allí se instalaron cercos y otras estructuras destinadas a reunir animales y facilitar el movimiento de personas y mercancías.
El Real 7°, por su parte, conserva algunos de los vestigios arqueológicos más interesantes. Las imágenes analizadas por Ávila permitieron reconocer un gran corral circular de aproximadamente 966 metros cuadrados, acompañado por una manga de unos 30 metros de largo. También fueron identificadas otras estructuras próximas, entre ellas otro corral circular de casi 2.000 metros cuadrados.
El poblado de Rosas completaba este sistema. Allí hubo viviendas, un galpón, espacios para procesar el ganado y estructuras relacionadas con la producción de carne salada, grasa y cueros. El paisaje que hoy parece exclusivamente rural conserva así las huellas de una actividad económica organizada mucho antes de la consolidación de la actual estructura ganadera de las islas.
El corral de Darwin que sí puede visitarse
Para quien quiera acercarse físicamente a esta historia, existe una diferencia importante entre los sitios arqueológicos estudiados y un lugar actualmente preparado para visitantes: el Darwin Corral, ubicado en el asentamiento de Darwin.
Se trata de un corral de piedra restaurado que conserva evidencias de la vida de los primeros pobladores, incluyendo paredes de turba y un antiguo galpón. La información turística oficial de las islas lo presenta como un sitio histórico y señala que está abierto a los visitantes.

El corral forma parte del patrimonio histórico de Darwin, un pequeño asentamiento situado en el istmo que une las dos grandes áreas de la Isla Soledad. El lugar también está relacionado con la visita de Charles Darwin, quien recorrió esta región durante su viaje a bordo del Beagle y dejó descripciones de los gauchos que lo acompañaron a caballo.
De hecho, el naturalista británico relató en su diario una jornada de campo junto a dos gauchos, Santiago López y Manuel Coronel, describiendo cómo utilizaban las boleadoras, el lazo y los caballos para capturar ganado cimarrón. También contó que aquella noche comieron carne con cuero, una preparación que le llamó especialmente la atención.
Cómo visitar los corrales y el paisaje gaucho
La visita requiere cierta planificación porque no todos los corrales arqueológicos son sitios turísticos acondicionados. El Darwin Corral es el punto más sencillo para incorporar a un recorrido, mientras que estructuras como las identificadas en Real 7° forman parte de un patrimonio arqueológico cuya localización y acceso deben tratarse con mayor cuidado.
Darwin se encuentra aproximadamente a 90 minutos por carretera desde Stanley, según información local, y la oficina de turismo de las islas incluye Darwin entre los destinos que pueden visitarse mediante excursiones guiadas desde la capital.
Para recorrer el interior de las islas conviene contratar guías locales y vehículos 4×4. La red vial conecta los principales asentamientos, pero buena parte de las rutas son de grava o tierra y existen trayectos en los que las condiciones del terreno pueden cambiar considerablemente. La oficina de turismo recomienda los servicios de conductores y guías experimentados para acceder a zonas rurales y atractivos alejados.
También es importante no confundir los lugares arqueológicos identificados mediante imágenes satelitales con atractivos abiertos al público. El propio estudio señala las dificultades actuales para realizar investigaciones de campo en estos sitios, tanto por sus características físicas como por las condiciones políticas y económicas asociadas a un territorio cuya soberanía es objeto de disputa. ResearchGate
Un patrimonio que permanece en el paisaje
Los corrales permiten mirar las islas desde una perspectiva diferente. Son estructuras sencillas, muchas veces apenas perceptibles entre la vegetación, pero detrás de sus paredes se encuentra una historia de trabajo rural, desplazamientos, comercio y adaptación a un territorio austral.
Una vista de Darwin y del Cementerio Argentino:


La investigación arqueológica demuestra además que la presencia de los gauchos no se limitó a Puerto Luis o a unos pocos establecimientos. Existió una red mucho más extensa de puestos, corrales, viviendas y saladeros que modificó el paisaje de la Isla Soledad durante las primeras décadas del siglo XIX. Algunos vestigios sobrevivieron en piedra; otros quedaron convertidos en leves alteraciones del terreno que hoy pueden localizarse mediante tecnología satelital.
Para el visitante interesado en historia y patrimonio, recorrer Darwin y observar sus corrales significa entonces acercarse a una parte menos conocida de la historia de las Malvinas: la de los gauchos rioplatenses que trabajaron a caballo en las islas y dejaron en el paisaje una arquitectura rural propia, hecha con los materiales que tenían a su alcance.








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