El cambio climático es menos extremo en el Cono Sur que en otras partes del mundo. ¿Por qué?

El calentamiento global no avanza al mismo ritmo en todo el planeta. Argentina registra un aumento de temperatura sostenido, mayor frecuencia de olas de calor, retroceso de glaciares, cambios en las precipitaciones y una creciente exposición a sequías, inundaciones e incendios. Sin embargo, el país y buena parte del Cono Sur se están calentando más lentamente que Europa y otras regiones del hemisferio norte. La explicación está, en buena medida, en la enorme superficie oceánica del hemisferio sur, aunque esto no significa que Sudamérica esté protegida del cambio climático.

Hay una idea que vuelve periódicamente cuando se producen inviernos particularmente fríos en Argentina: que el cambio climático podría hacer que algunas zonas del país se vuelvan más frescas. Los datos disponibles muestran otra cosa. Argentina se está calentando, pero el incremento no es uniforme ni alcanza la misma magnitud que en algunas regiones del hemisferio norte. Entre 1940-1969 y 2020-2024, la temperatura media argentina aumentó alrededor de 1,1 °C, frente a unos 2,3 °C en Europa, 1,9 °C en América del Norte y Asia y 1,75 °C en África. La media sudamericana registró un incremento aproximado de 1,13 °C en ese mismo tipo de comparación. La información de base coincide en que Argentina no está entrando en una etapa de enfriamiento: el calentamiento existe, aunque presenta una intensidad menor y una distribución territorial muy desigual.

Para poner la situación argentina en perspectiva, hay que tener cuidado con qué promedios se comparan. La temperatura media del territorio continental argentino aumentó alrededor de 1,1 °C respecto de los períodos de referencia utilizados para medir el calentamiento histórico, mientras que el aumento de la temperatura media global de la superficie —que combina tierras y océanos— se ubica actualmente en torno de 1,2 a 1,4 °C respecto de la era preindustrial. La diferencia puede parecer pequeña, pero tiene una explicación importante: el promedio mundial incorpora los océanos, que cubren alrededor del 70% de la superficie del planeta y se calientan más lentamente que las masas continentales. Por eso, una comparación estricta entre Argentina y el promedio global no es completamente equivalente; para entender por qué el país presenta un calentamiento relativamente moderado resulta más útil compararlo con otras regiones continentales. En particular, los grandes territorios interiores del hemisferio norte están experimentando aumentos térmicos considerablemente mayores, mientras que la configuración predominantemente oceánica del hemisferio sur actúa como un moderador del calentamiento.

El comportamiento más reciente confirma la tendencia. El Servicio Meteorológico Nacional (SMN) determinó que 2025 fue el segundo año más cálido de Argentina desde 1961, solamente por detrás de 2023. La temperatura media nacional estuvo 0,6 °C por encima del promedio 1991-2020 y los mayores desvíos se concentraron especialmente en el centro y oeste del territorio. El dato adquiere otra dimensión al compararlo con el escenario mundial: para la Organización Meteorológica Mundial, 2025 estuvo 1,44 °C por encima del promedio de 1850-1900 y los últimos once años fueron los once más cálidos registrados.

El Cono Sur no se está enfriando

La diferencia entre Argentina y algunas de las regiones que se están calentando más rápidamente no implica que exista un “efecto protector” frente al cambio climático. La explicación principal es geográfica. El hemisferio sur tiene una proporción de superficie oceánica muy superior a la del hemisferio norte, y esa diferencia geográfica es una de las principales razones por las que su calentamiento promedio ha sido más moderado. Los continentes, en cambio, responden más rápidamente al incremento de la energía acumulada en el sistema climático. En el bienio 2023-2024, por ejemplo, el aumento de temperatura respecto del período 1861-1890 fue estimado en unos 2,2 °C sobre los continentes frente a 1,2 °C sobre los océanos.

La diferencia entre Argentina y algunas de las regiones que se están calentando más rápidamente no implica que exista un “efecto protector” frente al cambio climático. La explicación principal es geográfica y hay que buscarla en los oceános australes. El IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, o Intergovernmental Panel on Climate Change en inglés) señala que una de las razones de la relativamente menor velocidad de calentamiento de las altas latitudes del hemisferio sur es el afloramiento de aguas profundas antárticas, que favorece una importante absorción de calor por parte del océano Austral. Estudios recientes también muestran que este océano ha tenido un papel particularmente importante en la incorporación del exceso de calor del sistema climático.

La situación es diferente en Europa. El continente tiene una gran superficie terrestre y además está próximo al Ártico, donde funciona una de las retroalimentaciones más fuertes del sistema climático: al disminuir la nieve y el hielo, superficies que reflejan una gran cantidad de radiación solar son reemplazadas por superficies más oscuras que absorben más energía. Este fenómeno, conocido como amplificación ártica, acelera el calentamiento. Según Copernicus, Europa es actualmente el continente que se calienta más rápidamente: desde mediados de la década de 1990, su temperatura aumentó aproximadamente 0,56 °C por década, más del doble del promedio mundial para ese período.

También intervienen los cambios en la circulación atmosférica y la reducción de la contaminación por aerosoles. Durante décadas, ciertos aerosoles emitidos fundamentalmente en el hemisferio norte contribuyeron a compensar parcialmente el calentamiento provocado por los gases de efecto invernadero. Al reducirse algunas de esas emisiones contaminantes, disminuyó también ese efecto de enfriamiento. Copernicus identifica estos factores, junto con la pérdida de nieve y los cambios en la circulación atmosférica, entre las razones que explican la rapidez del calentamiento europeo.

Una diferencia importante: temperatura media no significa ausencia de extremos

Una de las claves para interpretar correctamente estos datos es no confundir una menor tasa promedio de calentamiento con un clima estable. Argentina puede registrar una tendencia térmica inferior a la de Europa y, al mismo tiempo, experimentar olas de calor extraordinarias.

En 2025, el SMN registró dos olas de calor importantes. La primera, entre el 29 de enero y el 12 de febrero, afectó principalmente al NOA, Cuyo y el norte del Litoral. La segunda se extendió entre febrero y comienzos de marzo y llegó a superar los 40 °C en numerosas localidades. Rivadavia, en Salta, alcanzó los 46,5 °C el 4 de febrero, la temperatura máxima más elevada del año en el país.

El ejemplo más contundente de que un planeta más cálido no elimina los episodios fríos se produjo también en 2025. Entre fines de junio y comienzos de julio, una masa de aire polar provocó una ola de frío que afectó alrededor del 65% de las estaciones meteorológicas del país. Buenos Aires llegó a -1,9 °C, mientras Trelew registró -13,2 °C y Puerto Madryn -11,6 °C. La existencia de estos episodios no contradice la tendencia climática de largo plazo: el tiempo meteorológico continúa teniendo una gran variabilidad sobre un clima que se está calentando.

El norte: más calor y mayor estrés hídrico

El norte argentino es una de las regiones donde el cambio climático puede traducirse con mayor claridad en estrés térmico e hídrico. El aumento de las temperaturas incrementa la evaporación y la demanda de agua de los ecosistemas, mientras que los cambios en el régimen de precipitaciones pueden prolongar los períodos secos.

La reducción de las heladas constituye otro cambio significativo. En las últimas décadas disminuyó la cantidad de días con temperaturas bajo cero en buena parte del territorio, con cambios particularmente marcados en Cuyo, el NOA y el norte de la Patagonia. Esto puede generar algunos efectos favorables para determinadas actividades productivas, pero también aumenta la exposición a olas de calor y modifica los ciclos de especies, cultivos y ecosistemas.

Cuyo y los Andes: el problema del agua

En Mendoza, San Juan y otros territorios cordilleranos, el principal riesgo climático no es solamente el calor sino su relación con el agua. El aumento de las temperaturas modifica la acumulación y el derretimiento de la nieve, mientras el retroceso de los glaciares afecta una de las reservas estratégicas de agua dulce de los Andes.

El IPCC estima que los glaciares de los Andes han perdido entre 30% y más de 50% de su superficie desde la década de 1980, con consecuencias sobre los recursos hídricos, los ecosistemas y las actividades económicas. En los Andes del sur, además, se encuentran algunas de las tasas de pérdida de masa glaciar más elevadas del mundo.

Para Argentina, esto tiene una consecuencia especialmente relevante porque los glaciares no son solamente un atractivo paisajístico. Alimentan cuencas hidrográficas utilizadas para consumo, agricultura, generación de energía y turismo. El propio Estado argentino los identifica como reservas estratégicas de agua y como un recurso fundamental para las economías regionales.

Litoral, región pampeana y Buenos Aires: cuando llueve demasiado

El cambio climático argentino tampoco puede explicarse solamente como una historia de sequías. En el centro y este del país se observa una combinación más compleja: períodos secos que pueden alternarse con precipitaciones extremadamente intensas.

El IPCC identifica en el sudeste de Sudamérica una tendencia robusta al incremento de las precipitaciones y de los eventos de lluvia intensa. La OMM también señala que el sur de Brasil, Uruguay y el norte argentino han experimentado aumentos de las precipitaciones anuales y una mayor frecuencia de crecidas.

El año 2025 ofreció un ejemplo particularmente claro. Bahía Blanca recibió 289,5 milímetros de lluvia entre las 5 y las 15 horas del 7 de marzo, un episodio que provocó inundaciones, pérdidas humanas y graves daños materiales. El SMN estimó para un evento de esa magnitud un período de recurrencia superior a cien años.

Esto plantea un desafío para ciudades, rutas, aeropuertos, sistemas de drenaje y destinos turísticos: no alcanza con saber si un territorio será, en promedio, más húmedo o más seco. La intensidad y concentración de las lluvias pueden ser tan importantes como el volumen anual.

Patagonia: una región especialmente vulnerable

La Patagonia es otro de los territorios donde resulta necesario abandonar la idea de que “menos calentamiento que Europa” significa menor riesgo. El IPCC advierte que el sur de Sudamérica enfrentará un aumento de los extremos cálidos, una disminución de los extremos fríos y mayores riesgos asociados con sequías, incendios y pérdida de nieve y hielo.

Los datos más recientes muestran además una situación delicada. En 2025, el noroeste de la Patagonia atravesó condiciones de sequía leve a moderada durante buena parte del año, mientras que el invierno fue particularmente seco. En el oeste patagónico, la precipitación invernal quedó entre 200 y 300 milímetros por debajo de los valores normales en amplias zonas.

La situación se hizo visible durante el verano de 2026, cuando incendios forestales afectaron extensas áreas de Chubut y otras zonas de la Patagonia andina. Un estudio de atribución realizado por World Weather Attribution, con participación de investigadores del CONICET, concluyó que el cambio climático provocado por actividades humanas hizo aproximadamente 2,5 veces más probable el tipo de condiciones meteorológicas —calor, sequedad y viento— que favorecieron esos incendios.

El impacto alcanza directamente al turismo. El fuego afectó bosques nativos, áreas protegidas, comunidades y destinos que concentran buena parte de sus visitantes durante el verano. El problema no se limita a la interrupción temporal de una temporada: la pérdida de bosques, paisajes, biodiversidad y servicios ecosistémicos puede comprometer el atractivo turístico de un territorio durante décadas.

¿Qué significa todo esto para el turismo argentino?

El cambio climático está modificando algunos de los activos naturales sobre los cuales se construye la oferta turística argentina. El turismo de nieve enfrenta temporadas potencialmente más variables y una dependencia creciente de las condiciones meteorológicas; los glaciares retroceden mientras aumenta la presión sobre los recursos hídricos; los incendios afectan destinos de montaña y áreas protegidas; las lluvias extremas pueden interrumpir rutas y servicios; y las olas de calor pueden modificar la experiencia de quienes visitan ciudades y destinos naturales durante el verano.

En el caso de los centros de nieve, el desafío no consiste simplemente en determinar si habrá “menos nieve”. El aumento de temperatura puede desplazar la cota de nieve, reducir la duración de la temporada y volver más irregular la disponibilidad del recurso. En 2025, por ejemplo, el SMN registró escasez de nieve en Cuyo y Patagonia, mientras que en 2026 el comportamiento de El Niño favoreció nuevamente la expectativa de mayores nevadas en sectores cordilleranos. Esto muestra hasta qué punto la variabilidad natural continúa superpuesta a una tendencia climática de largo plazo.

También habrá que adaptar la planificación turística. Senderos, parques nacionales, rutas escénicas y actividades al aire libre deberán incorporar cada vez más información sobre riesgo de incendios, calor extremo, tormentas y cambios en las condiciones de los caminos. En áreas glaciares y cordilleranas, la seguridad también deberá considerar modificaciones en los cuerpos de hielo, lagos y terrenos asociados al retroceso glaciar.

Un Cono Sur menos recalentado, pero no inmune

La comparación internacional deja entonces una conclusión que puede parecer paradójica: Argentina y buena parte del Cono Sur se están calentando menos rápidamente que Europa, pero eso no significa que estén fuera de la crisis climática.

La OMM estima que Sudamérica registró entre 1991 y 2025 una tendencia de calentamiento de aproximadamente 0,26 °C por década, mientras que Europa alcanzó alrededor de 0,56 °C por década desde mediados de los años noventa. Son períodos y metodologías regionales que no deben compararse como si fueran idénticos, pero la diferencia coincide con el conocimiento físico del sistema climático: los océanos dominantes del hemisferio sur amortiguan parte del calentamiento, mientras Europa combina una mayor superficie continental, proximidad al Ártico, pérdida de nieve y hielo y modificaciones atmosféricas que favorecen una aceleración térmica.

Pero el promedio hemisférico puede ocultar realidades locales muy diferentes. En Argentina hay regiones que se calientan con intensidad, otras que enfrentan más sequía y otras donde aumenta la lluvia extrema. Y fenómenos como los incendios de la Patagonia de 2026 muestran que incluso una región con una tasa de calentamiento inferior a la europea puede experimentar transformaciones profundas.

La pregunta, por lo tanto, no es si Argentina será un territorio “fresco” dentro de un mundo más cálido. La evidencia indica que no. La cuestión relevante es cómo se distribuirán el calor, el agua, la nieve, los incendios y los eventos extremos dentro del país, y qué capacidad tendrá cada región para adaptarse a esos cambios.