Amenazas de mega incendios en la Amazonia debido a El Niño

La combinación de un episodio de El Niño excepcionalmente fuerte, menos precipitaciones, temperaturas superiores al promedio y una vegetación cada vez más vulnerable está aumentando el riesgo de incendios en la cuenca amazónica. En agosto, los focos de calor se multiplicaron y la superficie bajo condiciones secas se expandió. Un nuevo estudio publicado en Science señala que proteger los bosques que todavía permanecen en pie frente al fuego y la degradación puede ser más efectivo que concentrar los esfuerzos únicamente en la restauración.

La Amazonia atraviesa una nueva etapa de atención ambiental ante el avance de condiciones climáticas que favorecen la propagación del fuego. El escenario de 2026 tiene un factor adicional respecto de la temporada anterior: El Niño se está fortaleciendo rápidamente y los organismos meteorológicos internacionales anticipan un episodio excepcionalmente intenso durante los próximos meses. La Organización Meteorológica Mundial estima que la probabilidad de que el fenómeno persista hasta febrero de 2027 es cercana al 100%, mientras que el Centro de Predicciones Climáticas de la NOAA calcula una probabilidad superior al 90% de un El Niño muy fuerte durante el otoño e invierno del hemisferio norte.

Los primeros indicadores regionales muestran por qué el escenario genera preocupación. El boletín de monitoreo de la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica (OTCA) correspondiente a agosto registró una expansión de las condiciones secas: de las 32 subcuencas analizadas, 18 presentaron condiciones secas, frente a seis en julio. La precipitación media descendió de aproximadamente 90 a 55 milímetros y la temperatura media se ubicó 1,36 °C por encima de la climatología. En paralelo, los focos de calor pasaron de 2.757 en julio a 12.123 en agosto.

El Niño vuelve a colocar a la Amazonia bajo presión

La relación entre El Niño y el riesgo de incendios no significa que el fenómeno climático, por sí solo, provoque los fuegos. Su efecto consiste en modificar las condiciones ambientales que determinan qué tan seca está la vegetación y qué facilidad existe para que un incendio se propague. La propia OTCA había advertido en mayo que un nuevo episodio podía favorecer sequías severas, niveles fluviales más bajos y una mayor propagación de incendios en la región.

La evolución observada durante 2026 refuerza esa preocupación. Para septiembre, los indicadores del Pacífico ecuatorial muestran un El Niño ya consolidado. Según el informe de septiembre de la NOAA, la anomalía de temperatura superficial del mar en la región Niño 3.4 alcanzó +1,8 °C en agosto, mientras que otras áreas del Pacífico ecuatorial oriental registraron anomalías superiores a +3 °C. El IRI, por su parte, registró un índice Niño 3.4 semanal de +3 °C a mediados de septiembre y señala que los 22 modelos utilizados en su pronóstico mantienen un escenario de El Niño muy fuerte durante el período de mayor actividad del fenómeno.

En la Amazonia, estas condiciones se combinan con un problema estructural: un bosque degradado o fragmentado pierde parte de su capacidad de conservar humedad y se vuelve más vulnerable al fuego. La investigación publicada en Communications Earth & Environment en junio señala que las sequías más frecuentes e intensas, junto con la degradación y fragmentación de los bosques, reducen la humedad disponible y pueden favorecer incendios que penetran incluso en áreas de bosque que anteriormente tenían una mayor protección frente al fuego.

El antecedente de 2024

La comparación con 2024 resulta inevitable, aunque las cifras no deben trasladarse automáticamente de una temporada a otra. Aquel año fue excepcional: un estudio difundido en 2026 señala que 15,6 millones de hectáreas se quemaron en la Amazonia brasileña durante 2024, de las cuales el 43% correspondió a vegetación forestal. Fue una de las temporadas de fuego más graves registradas en el bioma.

En cambio, 2025 mostró que las condiciones meteorológicas y las medidas de prevención pueden modificar sustancialmente el comportamiento del fuego. Una investigación publicada este año concluyó que la actividad de incendios estuvo muy por debajo del rango observado entre 2001 y 2023, y vinculó ese resultado no solamente con las condiciones climáticas sino también con una mayor preparación institucional, restricciones a las quemas y fortalecimiento de las brigadas.

Por eso, no resulta preciso afirmar que 2026 ya haya igualado la devastación de 2024. Lo que muestran los datos disponibles a fines de septiembre es otra cosa: las condiciones ambientales se están deteriorando y el número de focos de calor aumentó considerablemente en agosto, mientras El Niño continúa intensificándose. El riesgo de una temporada severa es, por lo tanto, un escenario de prevención y no una cifra de superficie quemada que pueda darse por anticipada.

Brasil, Bolivia y el resto de la cuenca

Brasil concentra una parte sustancial de la Amazonia y cuenta con sistemas de monitoreo satelital que permiten seguir diariamente los focos de calor y las cicatrices de las quemas. El programa Queimadas del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) mantiene actualizado el mapa de riesgo de fuego y clasifica las áreas según categorías que van de mínimo a crítico.

Los datos regionales también muestran que el problema trasciende las fronteras brasileñas. El boletín de la OTCA analiza la totalidad de la cuenca y registra la evolución de los focos de calor tanto en áreas protegidas como en territorios indígenas. En julio, por ejemplo, de los 2.757 focos detectados, 364 se encontraban dentro de áreas naturales protegidas y 542 en territorios indígenas.

La dimensión transfronteriza resulta especialmente importante porque el humo no respeta límites políticos. Los incendios amazónicos pueden generar contaminación atmosférica y transportar material particulado a grandes distancias, mientras que la reducción de las lluvias y de los niveles de los ríos también afecta la navegación, el abastecimiento y la movilidad de las comunidades que dependen de las vías fluviales.

Una investigación de Science cambia el foco de la restauración a la prevención

En este contexto adquiere especial relevancia un estudio publicado el 17 de septiembre de 2026 en Science, realizado por investigadores del Reino Unido, Brasil, Suecia y Australia. El trabajo comparó distintas estrategias de conservación en más de tres millones de hectáreas de las regiones de Santarém y Paragominas, en Pará, utilizando imágenes satelitales, información de campo y modelos de biodiversidad.

La conclusión no es que la restauración de bosques degradados carezca de utilidad. Por el contrario, los investigadores encontraron beneficios importantes en terrenos donde buena parte del bosque original ya había desaparecido. Pero, al comparar costos y resultados, evitar los daños provocados por incendios y tala selectiva en los bosques que todavía existen produjo los mayores beneficios para la biodiversidad y resultados casi tan importantes como evitar la deforestación cuando se analiza la conservación del carbono.

La investigación plantea así una cuestión particularmente relevante para 2026: restaurar una superficie mientras otras áreas de bosque maduro continúan degradándose por incendios puede limitar considerablemente los resultados de las políticas de conservación. Los autores proponen integrar prevención de incendios, control de la deforestación y restauración en lugar de tratarlos como políticas independientes.

El fuego no es solamente un fenómeno climático

Otro elemento central es el origen de las quemas. En buena parte de la Amazonia, el fuego está asociado a actividades humanas, particularmente a procesos de transformación de la tierra. Cuando existe humedad suficiente, una quema puede mantenerse relativamente controlada; bajo condiciones de sequedad extrema, en cambio, aumenta el riesgo de que las llamas alcancen áreas forestales.

La investigación científica publicada este año señala precisamente que la interacción entre sequías, degradación, fragmentación y fuentes de ignición humanas está modificando el régimen de incendios amazónico. Algunos fuegos que anteriormente permanecían confinados a zonas de borde pueden avanzar hacia áreas de bosque más conservadas.

Por eso, la prevención no se limita a apagar incendios una vez iniciados. Incluye reducir las fuentes de ignición durante los períodos de mayor peligro, mejorar el monitoreo satelital, fortalecer las brigadas locales, proteger territorios indígenas y áreas protegidas y establecer mecanismos de respuesta rápida cuando aparecen los primeros focos.

Qué significa para quienes viajan a la Amazonia

La situación también tiene una dimensión turística. La Amazonia es un destino asociado a navegación fluvial, observación de fauna, experiencias de naturaleza y visitas a comunidades, actividades que dependen directamente de las condiciones ambientales. Un período de sequía extrema puede modificar niveles de los ríos, accesibilidad, recorridos y programación de excursiones, mientras que los episodios de humo pueden afectar la calidad del aire y la visibilidad.

Esto no significa que toda la Amazonia esté cerrada al turismo ni que un viajero deba asumir que las condiciones son iguales en todos los países o destinos. La cuenca es enorme y las condiciones varían considerablemente de una zona a otra. Para quienes tengan previsto viajar durante los próximos meses, resulta conveniente consultar antes de partir los avisos meteorológicos y ambientales de las autoridades locales y confirmar con los operadores las condiciones de navegación, accesibilidad y calidad del aire.

El desafío de 2026, en definitiva, combina un factor climático excepcional —el fortalecimiento de El Niño— con vulnerabilidades acumuladas y actividades humanas que aumentan la exposición al fuego. Los datos de agosto ya muestran una señal concreta de deterioro de las condiciones ambientales, pero todavía no permiten afirmar que la Amazonia esté repitiendo la superficie quemada de 2024. La diferencia entre una temporada crítica y una catástrofe regional dependerá, en buena medida, de cuánto puedan anticiparse y contenerse las igniciones durante los meses de mayor riesgo.