Cabo Vírgenes: dónde está la ciudad española que quedó desaparecida durante cuatro siglos en el extremo de la Patagonia

A pocos kilómetros del faro, la pingüinera y el kilómetro 0 de la Ruta 40, Cabo Vírgenes conserva las huellas de Nombre de Jesús, fundada por Pedro Sarmiento de Gamboa en 1584 para controlar el estrecho de Magallanes. Las excavaciones arqueológicas realizadas entre 2003 y 2006 localizaron su cementerio, restos de la iglesia, una moneda de ocho reales y evidencias de la alimentación y la salud de sus habitantes. A 21 años de la campaña decisiva de 2005, el sitio permite reconstruir una de las historias más dramáticas de la colonización española de la Patagonia.

Quien llega actualmente a Cabo Vírgenes, unos 130 kilómetros al sudeste de Río Gallegos, suele hacerlo por razones muy diferentes de las que llevaron hasta allí a más de 300 personas a fines del siglo XVI. Hoy el viaje conduce hacia una de las mayores colonias argentinas de pingüinos de Magallanes, el faro inaugurado en 1904, el célebre cartel del kilómetro 0 de la Ruta Nacional 40 y un paisaje de estepa que termina frente a la entrada oriental del estrecho de Magallanes. Pero a pocos kilómetros de esos atractivos permanece otro Cabo Vírgenes, casi invisible: bajo el suelo se encuentran las evidencias de Nombre de Jesús, el primer asentamiento colonizador establecido por España en la Patagonia.

En 2026 se cumplen 21 años de una de las campañas arqueológicas fundamentales para reconstruir aquella historia. En realidad, el descubrimiento no ocurrió de una sola vez en 2005. Existían antecedentes desde mediados del siglo XX: el padre Manuel Jesús Molina había localizado restos en 1954 y una investigación naval volvió sobre el Valle de las Fuentes en 1975. El terreno fue declarado Lugar Histórico Nacional en 1976. Lo que hicieron las excavaciones sistemáticas iniciadas en 2003 y ampliadas en 2005 y 2006 fue algo más preciso: confirmar arqueológicamente la ubicación del poblado, localizar su cementerio y relacionar objetos encontrados bajo tierra con el propio relato escrito por Pedro Sarmiento de Gamboa cuatro siglos antes.

Una ciudad para cerrar el estrecho de Magallanes

Para entender por qué España intentó fundar una ciudad en aquel extremo ventoso del continente hay que mirar el mapa político del siglo XVI.

El estrecho de Magallanes era una ruta estratégica hacia el Pacífico. Después de que Francis Drake atravesara el paso y atacara posesiones y embarcaciones españolas sobre la costa americana del Pacífico, la Corona de Felipe II decidió reforzar el control de la región. El proyecto contemplaba levantar dos enclaves fortificados y, en su concepción original, controlar físicamente la angostura mediante defensas situadas en ambas márgenes.

La expedición partió de Sanlúcar de Barrameda el 9 de diciembre de 1581 con 23 naves. El viaje fue desastroso prácticamente desde el comienzo: naufragios, averías, enfermedades, deserciones, temporales y disputas internas fueron reduciendo una empresa inicialmente enorme. Después de más de dos años, alrededor de 340 o 350 personas consiguieron alcanzar la entrada atlántica del estrecho en febrero de 1584. Entre ellas había soldados, marineros y colonos, pero también religiosos, mujeres y niños.

El desembarco comenzó el 5 de febrero. Seis días después, el 11 de febrero de 1584, Sarmiento de Gamboa fundó la Ciudad del Nombre de Jesús en un lugar bautizado como Valle de las Fuentes, debido a la disponibilidad de agua dulce.

El emplazamiento no era casual. En un territorio donde conseguir agua potable condicionaba cualquier posibilidad de supervivencia, aquellas vertientes convertían al pequeño valle en uno de los pocos sitios razonables para establecerse.

Dos ciudades separadas por más de 200 kilómetros

Nombre de Jesús era solamente una parte del proyecto. Aproximadamente un mes después, Sarmiento salió con 94 hombres y recorrió a pie más de 200 kilómetros hacia el oeste para establecer una segunda población en la margen del estrecho, en territorio actualmente chileno.

Allí nació Rey Don Felipe, el asentamiento que más tarde sería conocido como Puerto del Hambre o Port Famine.

Sobre el papel, las dos poblaciones debían consolidar la presencia española en una de las principales rutas marítimas de la época. En la práctica, estaban extraordinariamente aisladas, mal abastecidas y expuestas a un ambiente que los recién llegados apenas conocían.

Sarmiento dejó el estrecho a fines de mayo de 1584 en busca de ayuda. Intentó organizar socorros desde Río de Janeiro y posteriormente emprendió el viaje hacia España, pero fue capturado por ingleses y llevado prisionero. Más tarde volvió a ser apresado en Francia y recién pudo regresar a España en 1590. Mientras tanto, sus poblaciones del estrecho prácticamente quedaron sin contacto con el mundo del que dependían para abastecerse.

Hambre, enfermedades y una adaptación que no alcanzó

Durante mucho tiempo, la historia del desastre se conoció fundamentalmente a través de documentos. La arqueología agregó posteriormente otra dimensión: permitió estudiar qué comieron aquellos habitantes y cuál era su estado de salud.

Los análisis zooarqueológicos realizados sobre restos recuperados en Nombre de Jesús muestran que los colonos intentaron aprovechar una amplia variedad de recursos locales. Consumieron aves silvestres, guanacos, pinnípedos y mariscos. Los restos de animales domésticos europeos son, en comparación, muy escasos. Los investigadores interpretan ese cambio como una rápida sustitución del modelo alimentario que habían llevado desde Europa por los recursos disponibles en Patagonia. No alcanzó.

El ambiente requería un aporte calórico elevado y la disponibilidad de vegetales era limitada. De Nigris y Senatore concluyeron que, aunque los habitantes ampliaron sus fuentes de alimento, esa respuesta no fue suficiente para garantizar la supervivencia.

Los propios esqueletos aportaron evidencias todavía más directas.

Cinco personas enterradas junto a la iglesia

Las excavaciones sistemáticas (foto de la izquierda) comenzaron en 2003 dentro del proyecto Vida y Muerte en el Estrecho de Magallanes, dirigido por María Ximena Senatore. Los primeros sondeos revelaron restos humanos y llevaron a ampliar el área excavada en las campañas de 2005 y 2006. Finalmente fueron recuperados cinco esqueletos completos.

Cuatro pertenecían a adultos muy jóvenes: tres hombres y una mujer, con edades estimadas entre 18 y 26 años. El quinto correspondía a un niño de entre 10 y 12 años. Los cuerpos aparecieron ordenados de manera homogénea, con la cabeza hacia el noreste. Al menos uno tenía los brazos cruzados sobre el tórax en una posición inequívocamente cristiana.

La disposición permitió interpretar aquel sector como el cementerio del poblado. Además, las excavaciones encontraron alineaciones de ladrillos de adobe, compatibles con estructuras construidas sobre los entierros.

La relación entre cementerio e iglesia era especialmente significativa: en la España del siglo XVI era habitual realizar inhumaciones en espacios religiosos. Pero un conjunto de objetos permitió ir mucho más lejos.

Una moneda que coincidía con un relato de 1584

Encima del entierro de uno de los hombres apareció una asociación extraordinaria: una moneda española de plata de ocho reales, dos planchas metálicas, piedras y fragmentos de una botija de cerámica española.

Los arqueólogos compararon el descubrimiento con la narración de Sarmiento de Gamboa sobre la fundación de Nombre de Jesús. Los objetos coincidían con los que el navegante había descrito como parte del ritual fundacional y de la colocación de los cimientos de la iglesia. Estudios posteriores identificaron la moneda como una pieza acuñada en Sevilla, con símbolos correspondientes al reinado de Felipe II.

La estratigrafía agregó un dato inesperado: el cuerpo estaba debajo de los objetos del ritual.

Eso significa que la persona había sido enterrada antes de que se depositaran los elementos fundacionales. Los investigadores consideran, por ello, que podría tratarse de uno de los primeros fallecidos de Nombre de Jesús, muerto prácticamente en el momento mismo de creación del asentamiento.

La arqueología encontraba así algo que los documentos no habían contado: Sarmiento describió minuciosamente la ceremonia, pero no mencionó que hubiera un muerto enterrado bajo ese espacio.

Lo que los huesos contaron sobre los viajeros

El estado de los esqueletos permitió reconstruir otra parte de la experiencia.

Los análisis paleopatológicos encontraron numerosos indicios de estrés metabólico y nutricional. Tres de los cuatro adultos estudiados mostraban niveles de mineralización ósea compatibles con osteopenia, algo especialmente llamativo porque eran personas de entre 18 y 24 años. En algunos casos, los valores se aproximaban a los observados en individuos de más de 50 años en otras poblaciones históricas europeas.

También aparecieron hipoplasias del esmalte dental y otras marcas asociadas con períodos de estrés fisiológico.

Sin embargo, el cuadro requiere una interpretación cuidadosa. Algunas lesiones comenzaron durante la infancia, por lo que necesariamente eran anteriores a la llegada a Patagonia. Otras pudieron desarrollarse durante los casi tres años que duró la accidentada expedición desde Europa y algunas probablemente se agravaron durante la estadía en el estrecho.

La historia que surge de los cuerpos es, por tanto, más compleja que la de colonos saludables que llegaron a un territorio inhóspito y comenzaron allí a padecer hambre. Algunos ya habían atravesado períodos de malnutrición antes de fundar la ciudad.

Los sedimentos asociados con uno de los cuerpos revelaron además huevos de Trichuris trichiura, un parásito intestinal conocido también en contextos europeos de la época y capaz de agravar deficiencias nutricionales.

¿Había una persona indígena en el cementerio?

Uno de los descubrimientos abrió una pregunta todavía más amplia sobre las relaciones entre los recién llegados y las poblaciones originarias.

El individuo infantil presentaba incisivos con una morfología conocida como “dientes en pala”, característica de alta frecuencia en poblaciones indígenas americanas. Los primeros trabajos plantearon por eso la posibilidad de que pudiera tener origen americano y que Nombre de Jesús hubiera contado con un cementerio de composición diversa. Los propios investigadores advirtieron, sin embargo, que esa característica dental no bastaba para establecer el origen y que se necesitaban estudios genéticos para confirmarlo.

La hipótesis es importante porque permite desplazar el foco desde el relato tradicional de la expedición española hacia otro interrogante: cuáles fueron realmente las relaciones entre quienes llegaron de Europa y las sociedades que ya habitaban el extremo austral.

Los últimos sobrevivientes

Para enero de 1587, casi tres años después de la fundación, la experiencia colonial estaba terminada.

La expedición inglesa comandada por Thomas Cavendish encontró a un pequeño grupo de sobrevivientes. El soldado Tomé Hernández fue embarcado y su posterior declaración se convirtió en una de las principales fuentes sobre lo ocurrido.

Según su testimonio, en aquel momento permanecían con vida quince hombres y tres mujeres; los demás habían muerto de hambre y enfermedades. Las fuentes difieren en algunos detalles y recuentos, pero coinciden en que quedaban menos de veinte personas de los centenares que habían iniciado la empresa.

Hernández sobrevivió y pudo contar la historia. De quienes quedaron en las costas del estrecho apenas existen noticias posteriores.

De ciudad perdida a patrimonio arqueológico

La localización de Nombre de Jesús tampoco fue una aventura arqueológica repentina.

En 1954, el sacerdote y naturalista Manuel Jesús Molina había encontrado restos atribuidos al poblado. En diciembre de 1975, especialistas vinculados con estudios navales realizaron relevamientos en el Valle de las Fuentes y documentaron las vertientes y otros indicios. Un año después, el Estado nacional declaró el sitio Lugar Histórico Nacional.

Las investigaciones de 2003-2006 consiguieron finalmente establecer una correspondencia mucho más firme entre documentos, estructuras, enterratorios y objetos.

Por eso, hablar simplemente del “hallazgo de 2005” simplifica una historia científica más interesante: 2005 fue una campaña decisiva dentro de un proceso de búsqueda que había comenzado décadas antes y que la arqueología sistemática consiguió resolver entre 2003 y 2006.

Cabo Vírgenes: pingüinos, historia y el comienzo de la Ruta 40

El sitio arqueológico forma hoy parte de un territorio que concentra varios relatos diferentes de la Patagonia.

La Reserva Provincial Cabo Vírgenes, creada en 1986, protege 1.230 hectáreas de estepa y costa y tiene entre sus objetivos explícitos tanto la conservación del pingüino de Magallanes como la protección del patrimonio histórico-cultural.

Los últimos monitoreos difundidos por la provincia estiman en torno a 130.000 parejas reproductivas de pingüinos de Magallanes, lo que la mantiene entre las colonias de mayor tamaño de Argentina. Un estudio cuyos primeros resultados se difundieron en agosto de 2026 mostró además que los ejemplares monitoreados recorren para alimentarse zonas marinas que se extienden ampliamente más allá de los límites terrestres de la reserva.

A esto se suma el Faro Cabo Vírgenes, puesto en servicio el 15 de abril de 1904 y actualmente Monumento Histórico Nacional, y el kilómetro 0 de la Ruta 40, trasladado hasta este punto en 2004.

La provincia está intentando integrar cada vez más esos elementos en una misma narrativa turística. Cabo Vírgenes aparece en la nueva Ruta de los Faros, Navegantes y Corsarios, proyecto que busca poner en valor la historia marítima de la costa santacruceña junto con el patrimonio natural.

Un lugar donde la Patagonia cuenta muchas historias a la vez

Cabo Vírgenes suele ser presentado como un paisaje de extremos: el comienzo de una ruta de más de 5.000 kilómetros, una costa expuesta al viento, una gran colonia de pingüinos y una de las puertas del estrecho que transformó la navegación mundial.

Nombre de Jesús agrega otra dimensión.

Bajo un paisaje donde aparentemente no queda una ciudad, la arqueología encontró la organización de un cementerio, paredes de adobe, animales consumidos, cerámicas, metales y una moneda colocada durante una ceremonia realizada en febrero de 1584. Encontró también cinco personas muy jóvenes cuyos cuerpos permiten conocer algo que los documentos imperiales casi nunca registraban: qué significaba realmente vivir —y morir— dentro de aquel proyecto colonial.

A 21 años de la campaña de 2005, la importancia de Nombre de Jesús ya no radica solamente en ser el primer asentamiento español de la Patagonia. Su excepcionalidad está en otro punto: documentos escritos y evidencias arqueológicas pueden leerse juntos casi día por día dentro de un episodio que duró apenas unos años.

Para quien hoy viaja desde Río Gallegos buscando pingüinos, el faro o la fotografía junto al kilómetro 0, conocer esa historia modifica inevitablemente el paisaje. Cabo Vírgenes deja de ser únicamente el lugar donde comienza la Ruta 40: es también uno de los sitios donde puede leerse, enterrado bajo la estepa, uno de los primeros y más dramáticos intentos europeos de establecerse permanentemente en el extremo austral de América.