Argentavis magnificens: fue la mayor ave voladora de la historia de la tierra y vivió entre las pampas y los Andes

Hace unos seis millones de años, un ave de alrededor de 70 kilos sobrevolaba las llanuras y estribaciones andinas de lo que hoy es Argentina. Argentavis magnificens podía alcanzar dimensiones comparables con las de una avioneta pequeña y probablemente dependía de corrientes térmicas y vientos de montaña para mantenerse en el aire. Sus fósiles, descubiertos en La Pampa y registrados también en Buenos Aires y Catamarca, convirtieron a esta especie en uno de los grandes iconos de la paleontología argentina.

Hubo una época en la que mirar el cielo sobre las actuales llanuras argentinas podía significar encontrarse con una silueta difícil de imaginar hoy: un ave de decenas de kilos, alas de varios metros de extremo a extremo y capacidad para recorrer enormes extensiones prácticamente sin aletear.

Era Argentavis magnificens, literalmente “ave argentina magnífica”, una especie que vivió hacia finales del Mioceno y que durante décadas fue presentada como el ave voladora más grande conocida por la ciencia.

El título necesita actualmente una pequeña precisión. El descubrimiento posterior de Pelagornis sandersi, un ave marina fósil descrita en 2014, aportó estimaciones de envergadura de hasta unos 6,4 metros en los cálculos más conservadores y potencialmente más de siete metros según otros métodos. Argentavis, en cambio, continúa siendo una de las mayores aves capaces de volar conocidas y probablemente la más pesada entre ellas, con estimaciones cercanas a los 70 kilos.

La corrección no le quita espectacularidad. Todo lo contrario: el interrogante que Argentavis planteó a los paleontólogos sigue siendo extraordinario. ¿Cómo podía un animal de semejante masa despegar y mantenerse en el aire?

Un ave casi del tamaño de una avioneta

Las reconstrucciones clásicas atribuyeron a Argentavis una masa de aproximadamente 70 a 72 kilos y una envergadura próxima a los siete metros. Estudios anteriores habían planteado incluso un rango de seis a ocho metros. Investigaciones posteriores, basadas específicamente en los huesos alares conservados, sugirieron que algunas estimaciones históricas podían ser demasiado altas y situaron la envergadura probable en cifras algo menores.

Esa incertidumbre tiene una razón sencilla: no existe un esqueleto completo de Argentavis.

Los fósiles conocidos son fragmentarios. El ejemplar tipo comprende partes del cráneo, huesos de las alas y extremidades, entre otros restos. A partir de ellos, los investigadores reconstruyen las dimensiones comparándolos con otras aves fósiles y actuales.

Aun utilizando las estimaciones más conservadoras, se trataba de un animal excepcional. Su cuerpo pudo medir alrededor de tres metros o más desde el pico hasta la cola y su altura en tierra se acercaría a la de una persona adulta.

Para tener una referencia actual, el cóndor andino, uno de los mayores planeadores terrestres vivos, alcanza alrededor de tres metros de envergadura. Argentavis era considerablemente más pesado y tenía unas alas mucho mayores.

El descubrimiento comenzó en La Pampa

La historia científica de la especie está estrechamente vinculada con la paleontología argentina. El ejemplar sobre el que se describió Argentavis magnificens fue encontrado en Salinas Grandes de Hidalgo, provincia de La Pampa, por los paleontólogos Rosendo Pascual y Eduardo Tonni. Kenneth Campbell y Tonni publicaron formalmente la nueva especie en 1980.

Los depósitos corresponden al Mioceno tardío. Investigaciones posteriores permitieron reconocer restos atribuibles a la especie en otros sitios de Argentina, incluidos sectores de Buenos Aires y Catamarca. Una revisión reciente del registro fósil argentino menciona ejemplares procedentes de la Formación Cerro Azul en La Pampa y depósitos contemporáneos próximos a Carhué, además de registros en la Formación Andalhualá, en el valle de Santa María, Catamarca.

Eso permite imaginar un territorio bastante amplio ocupado por estos gigantes, desde las planicies pampeanas hasta ambientes próximos a las estribaciones andinas.

Hace seis millones de años, Argentina era distinta

Argentavis vivió aproximadamente hace seis millones de años, cuando el paisaje y el clima de esta parte de Sudamérica no eran exactamente los actuales.

Los estudios aerodinámicos sugieren que el ambiente habría resultado particularmente favorable para un gran planeador: extensas superficies abiertas, temperaturas capaces de generar importantes corrientes térmicas y zonas próximas a los Andes donde el viento podía ascender al encontrar las laderas.

Esas condiciones probablemente fueron decisivas para la supervivencia de un ave que había llevado el tamaño corporal casi hasta los límites físicos del vuelo.

Porque Argentavis tenía un problema: sus músculos no parecían suficientemente potentes como para mantener durante mucho tiempo un vuelo impulsado exclusivamente por el aleteo.

Cómo podía volar un animal de 70 kilos

En 2007, un equipo encabezado por Sankar Chatterjee publicó en Proceedings of the National Academy of Sciences uno de los estudios más completos sobre la aerodinámica de Argentavis.

Los investigadores utilizaron modelos informáticos de vuelo y concluyeron que el ave probablemente era incapaz de sostener durante largo tiempo un vuelo activo basado en el aleteo. La potencia necesaria habría sido varias veces superior a la que podían generar sus músculos de vuelo. La solución estaba en la atmósfera.

Como ocurre actualmente con cóndores y buitres, Argentavis habría utilizado corrientes de aire ascendentes para ganar altura y después planeado largas distancias casi sin gasto energético.

Sobre las llanuras podía ascender girando dentro de columnas de aire caliente —las corrientes térmicas— y desplazarse después hasta encontrar la siguiente. Cerca de los Andes podía aprovechar el aire elevado por las pendientes.

Los cálculos del estudio arrojaron una velocidad de crucero próxima a 67 kilómetros por hora y un ángulo de planeo de apenas unos tres grados, características propias de un planeador altamente eficiente.

En ese sentido, este animal gigantesco se parecía menos a un águila batiendo las alas que a un enorme planeador biológico utilizando la energía de la atmósfera.

El momento más difícil: despegar

Mantenerse en el aire quizá no haya sido el mayor problema de Argentavis. El verdadero desafío era llegar hasta allí.

Un ave moderna relativamente pesada puede correr y batir vigorosamente las alas hasta alcanzar velocidad suficiente. Para un animal de alrededor de 70 kilos, ese procedimiento resultaba mucho más complicado.

Los modelos aerodinámicos indican que Argentavis podría haber necesitado una pendiente, un punto elevado o viento de frente para despegar. Lanzarse desde una ladera y utilizar inmediatamente una corriente ascendente sería una estrategia especialmente eficaz.

En terreno abierto también pudo correr cuesta abajo hasta alcanzar la velocidad necesaria.

Esto ayuda además a entender su distribución. Las grandes alas eran excelentes para espacios abiertos, pero habrían convertido a un bosque cerrado en un ambiente prácticamente imposible de atravesar volando.

¿Era un buitre gigante o un depredador?

Aquí la imagen científica es menos segura. Durante mucho tiempo se interpretó a Argentavis principalmente como un gran carroñero, ecológicamente comparable con un cóndor. Un estudio publicado en Ameghiniana en 2003 estimó que un individuo podía disponer de un territorio de búsqueda de alimento superior a los 500 kilómetros cuadrados y necesitaba consumir varios kilos de carne diariamente. Sus autores concluyeron que estas características encajaban mejor con un animal que recorría enormes distancias buscando cadáveres.

Otros trabajos, sin embargo, plantearon una imagen diferente. La morfología del cráneo y el pico llevó a algunos investigadores a proponer que los teratornítidos podían ser depredadores activos, capaces de capturar animales vivos. El estudio aerodinámico de 2007 favorecía esta interpretación para Argentavis.

Investigaciones más recientes sobre su endocráneo agregaron otro elemento al debate. Una reconstrucción mediante tomografías encontró características comparables con las de cóndores, pero también un importante desarrollo de regiones cerebrales relacionadas con el procesamiento visual, más próximo al observado en aves predadoras activas. Los autores interpretan que Argentavis podría haber dependido de la visión para buscar presas en mayor medida que un carroñero exclusivo.

La conclusión más prudente es que su dieta continúa siendo objeto de discusión. Probablemente aprovechaba carroña siempre que estaba disponible y es posible que también capturara animales vivos.

Un pico enorme para pequeños y medianos animales

El cráneo reconstruido de Argentavis superaba el medio metro de longitud y terminaba en un pico poderoso.

Entre sus posibles presas se han propuesto pequeños mamíferos y crías de animales mayores que compartían los ecosistemas sudamericanos del Mioceno.

No estaba solo en esos paisajes. Sudamérica albergaba entonces una fauna muy distinta de la actual, que incluía grandes mamíferos autóctonos y las llamadas aves del terror o fororracos, enormes aves terrestres carnívoras incapaces de volar.

La escena resultante debió ser singular: grandes predadores terrestres desplazándose por las llanuras mientras, cientos de metros por encima, Argentavis recorría el territorio aprovechando las térmicas.

Una reproducción extraordinariamente lenta

Un animal tan grande tenía otra limitación: reproducirse rápidamente era prácticamente imposible.

Los investigadores Paul Palmqvist y Sergio Vizcaíno utilizaron relaciones observadas en grandes aves actuales para estimar su ciclo vital. Sus cálculos sugieren una reproducción muy lenta, posiblemente alrededor de un huevo cada uno o dos años, con un huevo que podía superar el kilogramo.

También propusieron períodos prolongados de incubación y crianza y una maduración extremadamente tardía. El plumaje adulto podría haberse alcanzado recién alrededor de los doce años.

Son estimaciones y no observaciones directas —no se conocen nidos de Argentavis que permitan reconstruir su reproducción—, pero muestran las consecuencias biológicas de alcanzar semejante tamaño.

Una población con pocos descendientes solo podía mantenerse si la mortalidad adulta era muy baja.

En otras palabras, un Argentavis que alcanzaba la edad adulta probablemente tenía pocos enemigos naturales.

¿Fue realmente el ave voladora más grande que existió?

Durante más de treinta años, así apareció en gran parte de la literatura científica.

El panorama cambió en 2014 con la descripción detallada de Pelagornis sandersi, un ave oceánica que vivió unos 25 millones de años atrás. Sus alas han sido estimadas entre aproximadamente 6,1 y 7,4 metros, dependiendo del método utilizado.

El mismo estudio recalculó las dimensiones de Argentavis a partir de sus elementos alares y obtuvo valores menores que algunas reconstrucciones históricas.

Por eso hoy resulta más correcto decir que Argentavis magnificens fue una de las mayores aves voladoras conocidas, probablemente una de las más pesadas —si no la más pesada— capaces de volar.

Además existe otro límite importante en cualquier comparación: los gigantescos pterosaurios como Quetzalcoatlus tuvieron dimensiones todavía mayores, pero no eran aves. Eran reptiles voladores pertenecientes a una rama evolutiva completamente diferente.

El gigante también forma parte del paisaje turístico de La Pampa

La historia de Argentavis tiene una conexión poco conocida con un lugar que todavía puede recorrerse.

El sitio tipo se encuentra en Salinas Grandes de Hidalgo, en La Pampa. El portal turístico oficial argentino incluye actualmente las salinas dentro de las experiencias provinciales y recuerda expresamente que allí fueron encontrados fósiles de Argentavis magnificens.

El escenario ayuda a visualizar algo de la escala que necesitaba el animal: enormes horizontes abiertos, cielo dominante y kilómetros de llanura.

Los fósiles originales forman parte de las colecciones científicas del Museo de La Plata, institución a la que pertenece el ejemplar tipo identificado como MLP 65-VII-29-49. El museo mantiene además salas de paleontología y un circuito denominado “Gigantes del museo”, dedicado a especies de grandes dimensiones.

El Museo de La Plata funciona actualmente de miércoles a domingos de 10 a 18, con ingreso hasta las 17.30, en Paseo del Bosque s/n, La Plata. La entrada general es gratuita.

Un límite biológico convertido en fósil

Argentavis resulta fascinante no solamente porque fuera enorme.

Su interés científico está en haber llevado el cuerpo de un ave voladora hasta una frontera extrema. Cada kilo adicional aumentaba la energía necesaria para despegar y aletear, pero las enormes alas le permitían aprovechar de manera extraordinariamente eficiente el movimiento del aire.

La evolución encontró una solución que recuerda sorprendentemente a la aeronáutica moderna: dejar de producir toda la energía necesaria para volar y utilizar la que ya existe en la atmósfera.

Hace unos seis millones de años, sobre territorios que hoy pertenecen a La Pampa, Buenos Aires y el noroeste argentino, una de las mayores aves que conoció el planeta ascendía probablemente en círculos hasta encontrar suficiente altura y después recorría kilómetros con las alas prácticamente inmóviles.

Sus huesos son fragmentarios y todavía existen preguntas sobre su tamaño exacto, su alimentación e incluso algunos detalles de su modo de vida. Pero hay algo que el registro fósil permite afirmar con bastante seguridad: durante el Mioceno, los cielos argentinos estuvieron ocupados por un ave voladora de dimensiones que no volverían a repetirse entre las especies terrestres actuales.