Un sistema desarrollado por Aralt incorpora una varilla segmentada de fibra de carbono dentro del dobladillo superior de las banderas para evitar que se enrollen sobre el mástil o se deterioren con el viento. La solución ya es utilizada por municipios, clubes y empresas y abre una posibilidad adicional para ciudades y destinos turísticos, donde los símbolos nacionales y locales forman parte de la imagen urbana y de algunos de los sitios más fotografiados por los visitantes.
Una bandera argentina completamente enredada en el mástil de Plaza de Mayo, mientras un turista intentaba fotografiarla, terminó de convencer a Sebastián Galván de que había un problema que podía resolverse. No era la primera vez que lo veía: durante años había observado banderas enrolladas, rotas o deterioradas frente a edificios públicos, monumentos y embajadas. Pero aquella escena en uno de los espacios turísticos más reconocibles de Buenos Aires se convirtió en el punto de partida de Aralt, un emprendimiento argentino que desarrolló un sistema para mantener los paños desplegados sin impedir el movimiento natural producido por el viento.
La solución es relativamente sencilla en apariencia. Dentro del dobladillo superior de la bandera —una costura de entre tres y cinco centímetros presente habitualmente en estos paños— se incorpora una varilla segmentada de fibra de carbono que ocupa aproximadamente el 60% de su extensión. El 40% restante permanece libre, de manera que la bandera conserva su ondulación habitual.
El objetivo es que, una vez izada, permanezca visible y no termine enrollándose alrededor del mástil. El sistema también busca reducir el deterioro provocado por el viento y, en consecuencia, la necesidad de reemplazar con tanta frecuencia los paños expuestos a la intemperie.

De un hospital a Plaza de Mayo
La idea comenzó mucho antes de que existiera la empresa. Galván se encontraba internado en un hospital cuando escuchaba repetidamente, desde un segundo piso, el ruido metálico producido por un mástil que golpeaba contra un alambre. Cuando recuperó la movilidad pudo comprobar el origen: en la planta baja había una bandera completamente enredada, hasta el punto de que resultaba imposible identificarla.
La escena tuvo un impacto particular para alguien que había crecido con una fuerte valoración de los símbolos nacionales. Su padre, aunque no fue veterano, había vivido de cerca el conflicto de Malvinas, y esa historia familiar influyó en la importancia que Galván otorgaba a la bandera.
Con el tiempo empezó a observar el mismo fenómeno durante sus viajes a Buenos Aires para continuar su tratamiento. Lo encontraba frente a edificios de fuerte carga institucional y turística: la Casa Rosada, el Cabildo, embajadas y otros espacios públicos.
Finalmente llegó el episodio de Plaza de Mayo. Mientras caminaba con su esposa, Mariela, vio a un visitante que intentaba fotografiar la bandera argentina mientras el paño permanecía completamente enrollado en el mástil. A partir de allí decidió transformar esa observación recurrente en un proyecto.

Una solución basada en fibra de carbono
Galván no provenía de la ingeniería ni del diseño industrial, por lo que el desarrollo se realizó mediante sucesivas pruebas y con el apoyo de personas con conocimientos técnicos y jurídicos.
Los primeros prototipos no funcionaron como esperaban. Algunos materiales no resistían la lluvia; otros perdían su forma cuando aumentaba la intensidad del viento. La búsqueda terminó conduciendo a la fibra de carbono, un material liviano y resistente que podía incorporarse a la estructura de la bandera sin convertirla en un elemento rígido.
El desafío estaba precisamente allí: impedir que el paño se enrollara sin eliminar aquello que define visualmente a una bandera, su movimiento.
Por eso la varilla no ocupa todo el ancho. El segmento libre permite que el extremo continúe ondeando mientras la parte superior mantiene la tela suficientemente extendida.
De los municipios a los atractivos turísticos
Aralt ya colocó entre 55 y 70 banderas en municipios, empresas y clubes, además de realizar piezas de gran formato. Una de ellas alcanza 8,28 metros de ancho y más de cinco metros de alto y fue instalada en un monumento de Buenos Aires.
Los modelos más pequeños, de unos 90 centímetros y aptos por ejemplo para balcones, parten de valores aproximados de entre 25.000 y 30.000 pesos, mientras que el precio aumenta de acuerdo con las dimensiones y las condiciones de uso.
Para los municipios, una de las posibles ventajas está relacionada con los costos de mantenimiento. En lugares expuestos a vientos fuertes o tormentas, los paños convencionales pueden deteriorarse rápidamente y requieren reemplazos periódicos.
Pero la innovación tiene además una dimensión vinculada con el turismo que va más allá del ahorro.
Las banderas forman parte del paisaje visual de plazas, edificios históricos, costaneras, accesos urbanos, monumentos, centros cívicos y miradores. También aparecen de manera constante en fotografías y videos realizados por turistas y utilizados posteriormente en redes sociales.
Una bandera correctamente desplegada frente a un edificio emblemático puede parecer un detalle menor, pero interviene en la percepción general de un espacio público y en su representación fotográfica.
La bandera como parte de la identidad de un destino
En algunos lugares argentinos, la relación entre bandera y turismo es todavía más directa.
El Monumento Nacional a la Bandera de Rosario, por ejemplo, tiene en el símbolo patrio el centro mismo de su significado y constituye uno de los principales atractivos urbanos de la ciudad. Plaza de Mayo, por su parte, reúne algunos de los edificios más fotografiados de Buenos Aires y concentra ceremonias, visitas guiadas y recorridos históricos.

Lo mismo sucede, en otra escala, en municipios turísticos donde una bandera nacional, provincial o local preside el acceso a una ciudad, una plaza principal o un paseo costero.
En esos casos, mantener el paño visible no constituye únicamente una cuestión protocolar. Puede formar parte del cuidado de la imagen del destino.
La posibilidad de adaptar el sistema a diferentes tamaños abre también un campo para banderas provinciales, municipales e institucionales. Esto podría resultar especialmente útil en localidades que utilizan sus símbolos como parte de su identidad visual y de sus estrategias de promoción.

Un desarrollo con potencial para destinos ventosos
La solución puede adquirir particular interés en regiones argentinas donde el viento es una característica permanente del paisaje.
Patagonia es el ejemplo más evidente, pero también existen áreas costeras y zonas de montaña donde las condiciones meteorológicas aceleran el desgaste de las banderas tradicionales. Allí, un sistema pensado para evitar el enrollamiento y prolongar la vida útil del paño podría tener aplicaciones en centros de visitantes, monumentos, edificios públicos, puestos fronterizos, parques y accesos turísticos.
Su utilización no necesariamente tendría que limitarse a banderas argentinas. En los destinos internacionales o fronterizos, los mástiles suelen exhibir conjuntamente símbolos provinciales, municipales o de otros países.
Para Aralt, el próximo paso podría precisamente superar las fronteras nacionales.
De las escuelas rurales a otros países
Entre los objetivos de Galván se encuentra exportar el sistema hacia países limítrofes y ampliar su llegada a instituciones educativas y clubes de barrio, incluidos aquellos ubicados en zonas rurales.
La escuela tiene un significado particular dentro del proyecto porque la bandera continúa teniendo allí una presencia cotidiana que excede ampliamente su función decorativa.
Pero Galván también conserva tres lugares especialmente simbólicos a los que le gustaría llegar con su invento: la Casa Rosada, el Monumento Nacional a la Bandera de Rosario y, como aficionado al fútbol, la sede de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA).
Los dos primeros muestran además hasta qué punto una solución concebida inicialmente para resolver un inconveniente práctico puede conectarse con el turismo. Son espacios visitados y fotografiados por cientos de miles de personas, donde las banderas forman parte inseparable de la escena.
El proyecto de Aralt nació precisamente de observar una de esas fotografías que no podía tomarse como se esperaba. Su propuesta consiste ahora en corregir ese pequeño detalle del paisaje: conseguir que, incluso cuando el viento es parte del destino, la bandera pueda seguir viéndose como fue concebida.








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