Recibir a amigos nos ayuda a redescubrir nuestra propia ciudad

Vivir durante años en una ciudad no significa conocerla por completo. Una investigación realizada en Francia muestra que amigos y familiares que llegan de visita pueden cambiar la mirada de quienes los reciben, descubrir restaurantes, barrios, comercios y atractivos desconocidos e incluso transformar sus hábitos cotidianos. Es una dimensión poco visible del turismo: el visitante que termina guiando al residente.

Hay una situación bastante habitual cuando llegan amigos o familiares de otra ciudad: después de instalarse, uno de ellos muestra en el teléfono un restaurante, un museo, un mercado o un sendero y pregunta: “¿Conocés este lugar?”. La respuesta, no pocas veces, es negativa. Lo curioso es que ese sitio puede encontrarse a pocas cuadras de la casa de quien lleva años viviendo allí.

El fenómeno cuestiona una de las ideas más arraigadas sobre los viajes: que el residente conoce el destino y el turista necesita ser orientado. Una investigación realizada en Francia sobre los viajes destinados a visitar amigos y familiares muestra que esa relación también puede funcionar en sentido contrario. Los visitantes pueden convertirse en exploradores del territorio y terminar haciendo descubrir la ciudad a quienes viven en ella.

La explicación parece sencilla. Mientras el residente utiliza cotidianamente los mismos caminos, comercios y servicios, quien llega durante unos días dispone de tiempo y curiosidad para investigar. Busca qué hacer, consulta mapas, redes sociales, aplicaciones, recomendaciones gastronómicas y agendas culturales. Esa combinación puede revelar lugares que estaban prácticamente invisibles para el habitante local.

El turismo que ocurre dentro de una casa

Cuando pensamos en turismo solemos imaginar hoteles, alquileres temporarios, excursiones y atracciones. Sin embargo, existe una enorme cantidad de viajes que transcurren fuera de ese circuito tradicional: los desplazamientos para visitar familiares y amigos, conocidos internacionalmente dentro del sector turístico como VFR (Visiting Friends and Relatives).

Su dimensión es considerable. En Francia, por ejemplo, durante 2025 los residentes de la Francia metropolitana realizaron 206,7 millones de viajes por motivos personales y, en 99,9 millones de ellos, el alojamiento principal fue la casa de familiares o amigos. Es decir, prácticamente uno de cada dos viajes personales tuvo lugar fuera del alojamiento comercial tradicional.

La magnitud podría incluso ser mayor porque una persona puede viajar para encontrarse con amigos o familiares y, aun así, alojarse en un hotel, departamento turístico o camping.

Estos viajeros también consumen gastronomía, transporte, espectáculos, comercios y atractivos, aunque su comportamiento suele diferir del turista convencional. Una parte importante de la experiencia transcurre acompañada por quienes viven en el destino.

Y allí aparece una dinámica menos estudiada: el visitante no solamente aprende del anfitrión; el anfitrión también aprende del visitante.

Cuando dejamos de mirar nuestra propia ciudad

La rutina transforma nuestra relación con el espacio. Quien vive durante años en un mismo lugar suele repetir recorridos: el mismo supermercado, la misma panadería, determinados restaurantes, algunas plazas y los trayectos asociados con el trabajo o las obligaciones cotidianas.

En términos turísticos ocurre algo paradójico: podemos conocer perfectamente cómo funciona una ciudad y, al mismo tiempo, desconocer muchos de sus atractivos.

Un visitante tiene otra mirada. Antes de viajar probablemente haya buscado qué hacer durante el fin de semana, consultado reseñas o guardado recomendaciones. Puede interesarse por una exposición inaugurada recientemente, una cafetería escondida, un mirador, un barrio histórico o un mercado que su anfitrión nunca visitó.

La investigación francesa recoge precisamente esa experiencia. Algunos entrevistados explicaron que habían descubierto lugares situados muy cerca de la vivienda de sus amigos porque observaron el territorio con la curiosidad de alguien que está de viaje.

Esa mirada permite volver visible aquello que la repetición había vuelto cotidiano.

Amigos y familiares no producen el mismo efecto

El estudio identifica además diferencias interesantes según quién llega de visita.

Cuando se trata de familiares, especialmente dentro de relaciones consolidadas durante muchos años, existe una mayor tendencia a integrarse en las rutinas del hogar. Se frecuentan los comercios conocidos, se mantienen los horarios habituales y se repiten determinados restaurantes o actividades.

En esos casos, el visitante suele adaptarse.

Con los amigos ocurre con mayor frecuencia la situación contraria. Al existir menos rutinas heredadas, aparece más libertad para proponer experiencias: probar un restaurante recién abierto, caminar por otro barrio, visitar una exposición o descubrir un comercio.

Eso puede generar consecuencias que continúan después de que el visitante regresa a su casa.

Una de las participantes del estudio relató, por ejemplo, que durante una estadía con amigos en la localidad alsaciana de Munster compró productos en una charcutería que su anfitriona desconocía. Después de aquella visita, la residente comenzó a comprar regularmente allí.

Una experiencia turística de pocos días había cambiado un hábito de consumo local.

“Alineados” y “exploradores”: dos maneras de visitar

Los investigadores identificaron dos comportamientos principales.

Por un lado están los visitantes “alineados”, que se integran en las costumbres de quienes los reciben. Comen donde comen sus anfitriones, recorren sus lugares habituales y aceptan la programación propuesta.

En el extremo opuesto aparecen los “exploradores”. Investigan el destino por su cuenta, buscan experiencias nuevas y llegan con propuestas propias. Incluso pueden conocer mejor que el residente determinados segmentos de la oferta turística reciente.

No se trata de categorías permanentes. Una misma persona puede comportarse como exploradora cuando visita amigos y adaptarse completamente a las rutinas cuando regresa a la casa de sus padres.

La relación entre visitante y anfitrión resulta, por lo tanto, tan importante como el destino.

El residente también puede convertirse en turista

El fenómeno conecta con otra tendencia que viene ganando espacio en el turismo urbano: redescubrir la propia ciudad.

Recibir visitantes funciona muchas veces como la excusa necesaria para entrar finalmente en aquel museo frente al que se pasa todos los días, caminar por un barrio que nunca se visita o reservar una mesa en un restaurante que llevaba meses guardado entre los favoritos del teléfono.

También modifica temporalmente la percepción del tiempo. Durante una visita, el residente puede permitirse comportamientos asociados normalmente con las vacaciones: desayunar fuera, caminar sin un objetivo preciso, visitar una feria, detenerse a sacar fotografías o participar de una visita guiada.

Es una forma de turismo de proximidad que no necesariamente exige trasladarse cientos de kilómetros. A veces basta con cambiar la mirada sobre el lugar donde se vive.

Una oportunidad para los destinos turísticos

Esta dinámica también ofrece una pista interesante para quienes gestionan destinos. Durante décadas, buena parte de la comunicación turística estuvo orientada exclusivamente hacia quien todavía no había llegado.

Sin embargo, los residentes son intermediarios fundamentales de la experiencia turística.

Son quienes recomiendan restaurantes, explican cómo moverse, acompañan las visitas y deciden buena parte de las actividades cuando reciben familiares o amigos. Al mismo tiempo, pueden desconocer una parte significativa de la oferta de su propio destino.

Promover experiencias destinadas también al público local —nuevos circuitos, visitas guiadas, actividades culturales, rutas gastronómicas o propuestas de fin de semana— puede generar un efecto multiplicador: cada residente que descubre algo nuevo puede convertirse posteriormente en prescriptor frente a futuros visitantes.

El turismo de amigos y familiares recuerda así algo elemental que la vida cotidiana suele esconder: conocer un lugar y vivir en él no son exactamente la misma cosa.

A veces hace falta que alguien llegue desde lejos, abra un mapa y formule una pregunta aparentemente inocente —“¿conocés este lugar?”— para descubrir que todavía queda mucho por explorar a pocas cuadras de casa.