¿Y si una de las mejores experiencias de un viaje estuviera en un supermercado, una estación de tren suburbano o un café de barrio y no frente al monumento que todos fotografían? El tiny tourism propone reducir la escala del viaje y prestar atención a la vida cotidiana de los destinos. Surgido como respuesta a la saturación turística y a los itinerarios uniformados por las redes sociales, el concepto no plantea necesariamente abandonar los grandes atractivos, sino dejar espacio para aquello que normalmente queda fuera de las guías.
Hay una escena que se repite en casi cualquier ciudad turística: los visitantes llegan al mismo mirador, buscan el mismo ángulo para la fotografía, comen en los mismos restaurantes recomendados en TikTok y siguen hacia la próxima parada marcada como must see. A veces incluso viajan miles de kilómetros para reproducir exactamente el itinerario que hicieron otros miles de personas antes.
El tiny tourism, o “turismo de lo pequeño”, aparece en 2026 como reacción a esa manera de viajar.
El término fue desarrollado por It’s Nice That Insights en su Tiny Tourist Report, publicado en abril. La propuesta consiste en cambiar el foco: en lugar de perseguir solamente grandes monumentos y experiencias espectaculares, observar aquellos detalles aparentemente insignificantes que muestran cómo funciona realmente un lugar.
Eso puede significar entrar a un supermercado para descubrir qué compra la gente, recorrer una farmacia, tomar un tren suburbano sin un atractivo famoso al final de la línea, mirar las casas de un barrio, buscar una librería usada, sentarse en una plaza o prestar atención a los carteles, jardines, envases, vidrieras y costumbres que normalmente pasan desapercibidos.
El viaje deja entonces de ser exclusivamente una sucesión de cosas que hay que “ver” y se convierte también en una práctica de observación.

Contra el viaje diseñado por el algoritmo
El concepto aparece en un contexto particular. Las redes sociales democratizaron la recomendación turística, pero también consiguieron que determinados lugares pasaran de ser casi desconocidos a recibir multitudes en cuestión de días.
It’s Nice That utiliza ejemplos extremos. En 2023, una tradicional celebración navideña comunitaria de Columbia Road, en Londres, se volvió viral en TikTok: una actividad que normalmente reunía algunos centenares de personas recibió unos 7.000 visitantes en una sola noche y los organizadores terminaron cancelando las siguientes jornadas por razones de seguridad.
El informe también recuerda el caso de Fujikawaguchiko, en Japón, donde las autoridades instalaron una barrera para impedir una fotografía viral del monte Fuji después de que la concentración de visitantes generara problemas en el vecindario, y el de la pequeña estación de esquí italiana de Roccaraso, desbordada por miles de excursionistas después de difundirse en TikTok.
La crítica del tiny tourism no se dirige tanto a que las personas descubran nuevos lugares como al mecanismo que puede producir concentraciones repentinas.
El algoritmo premia aquello que genera interacción, no necesariamente aquello que puede soportar miles de visitantes.
Y existe otra consecuencia: la uniformización del viaje.
Una cafetería, un mirador o un plato que se vuelve viral termina incorporándose al mismo circuito reproducido una y otra vez por viajeros que llegan buscando exactamente la misma experiencia.
El supermercado puede decir mucho sobre un país
Uno de los ejemplos más sencillos del tiny tourism es también uno de los placeres secretos de muchos viajeros: entrar a un supermercado extranjero.
No hace falta encontrar nada extraordinario. Justamente ahí está la idea.
Mirar qué variedades de yogur hay en Japón, qué ocupa las góndolas de una tienda francesa, qué productos congelados compran los suecos o qué sabores de papas fritas aparecen en Irlanda puede aportar pequeñas informaciones sobre alimentación, precios, hábitos cotidianos e incluso diseño.
Lo mismo ocurre con mercados barriales, panaderías, ferreterías, kioscos o negocios de segunda mano.
Son espacios que no fueron creados para representar una imagen del destino ante los turistas. Por eso pueden ofrecer algo que cada vez resulta más difícil encontrar en las zonas hiperfrecuentadas: cotidianidad sin escenografía.
Según Liz Gorny, responsable de It’s Nice That Insights y una de las impulsoras del concepto, al conversar sobre viajes las personas muchas veces terminan recordando precisamente esas experiencias: un café inesperado o algo extraño encontrado en una tienda de alimentos, más que algunos de los puntos obligatorios del itinerario.
No es exactamente slow tourism
El tiny tourism tiene puntos de contacto con otras tendencias, pero no son equivalentes. El slow travel propone disminuir el ritmo: pasar más tiempo en un destino, reducir traslados y profundizar la experiencia. El tiny tourism cambia, sobre todo, la escala de atención.
Se puede practicar incluso durante un fin de semana. La idea es dejar de considerar que lo memorable tiene que ser necesariamente monumental.
Tampoco consiste en buscar permanentemente “lugares secretos”. De hecho, esa obsesión puede reproducir exactamente el problema que intenta resolver: descubrir una cafetería “que nadie conoce”, publicarla ante millones de seguidores y convertirla en la próxima atracción saturada.
It’s Nice That plantea que una recomendación viral con cientos de miles de visualizaciones puede terminar comportándose más como una instrucción colectiva para desplazarse que como una verdadera recomendación personal.
Dublin puso el concepto a prueba
La BBC decidió llevar la idea a la práctica en Dublin. El experimento incluyó actividades deliberadamente ordinarias: tiendas de segunda mano, supermercados, transporte suburbano y experiencias utilizadas habitualmente por residentes.
Una de las mejores resultó ser tomar el DART hacia Sandycove y acercarse a Forty Foot, una tradicional zona de baño marítimo utilizada por los dublineses. Pero la conclusión fue menos radical que la teoría.
Después de varios días evitando los grandes atractivos, la periodista terminó visitando Trinity College. Su sensación era que excluir deliberadamente los clásicos también podía empobrecer la experiencia: conocer Dublin sin algunos de sus grandes espacios culturales era, en su comparación, parecido a comer únicamente acompañamientos sin llegar nunca al plato principal.
De allí surgía una alternativa más pragmática: algo parecido a un “medium tourism”.
Ver aquello que verdaderamente interesa, aunque sea famoso, y reservar después algunas horas o días para alejarse de la lista.
Entonces, ¿hay que dejar de visitar el Coliseo o la Torre Eiffel?
No necesariamente. Una interpretación excesivamente literal convertiría el tiny tourism en otra lista de reglas: ahora estaría prohibido ir donde van los turistas. Y eso contiene una contradicción.
El Coliseo explica una parte fundamental de Roma, la Alhambra de Granada no deja de tener valor porque reciba millones de personas y viajar a París sin contemplar Notre-Dame simplemente para demostrar que uno “viaja como un local” puede convertirse en otra pose.
El valor de la tendencia está menos en qué se visita que en cómo se utiliza el tiempo.
Un viajero puede conocer el Louvre por la mañana y tomar después un autobús hacia un barrio sin monumentos célebres. Puede fotografiar Sagrada Familia y luego comprar frutas en un mercado utilizado por vecinos. Puede visitar Westminster y dedicar la tarde a caminar sin rumbo fijo por un parque. No hay incompatibilidad.

El riesgo de convertir la vida cotidiana en otra atracción
El tiny tourism tampoco está libre de problemas. Los barrios residenciales no son parques temáticos. Una pequeña cafetería puede no tener capacidad para recibir repentinamente a cientos de visitantes. Y convertir la “vida auténtica” de los residentes en espectáculo puede resultar tan invasivo como el turismo convencional. Incluso algunas recomendaciones aparentemente inocentes requieren cautela.
Durante su experiencia en Irlanda, la BBC cuestionó la sugerencia de llevarse piedras de playas como souvenir: retirar materiales naturales puede estar prohibido y generar impactos cuando lo realizan grandes cantidades de visitantes.
El principio debería ser el inverso: cuanto más pequeño y cotidiano es el lugar, más discreta tendría que ser la presencia del visitante.
Una oportunidad para destinos saturados
Para las oficinas de turismo, la tendencia tiene otra aplicación potencial: distribuir mejor los flujos.
Durante décadas, buena parte de la promoción turística se basó en mostrar cinco o diez imágenes icónicas. Esa estrategia concentra naturalmente a los visitantes en un número reducido de lugares.
El enfoque tiny permitiría comunicar otros elementos: comercios de barrio, mercados, artesanos, transporte público, parques, gastronomía cotidiana, pequeños museos y paseos secundarios.
Pero existe una condición. Si una oficina de turismo convierte inmediatamente cada rincón desconocido en “el nuevo secreto que tenés que descubrir antes que nadie”, vuelve a activar el mismo mecanismo.
El propio Tiny Tourist Report propone reducir el protagonismo de las panorámicas espectaculares y acercarse a los detalles y a las historias específicas de cada territorio.
También supone cambiar quién recomienda. Sam Blenkinsopp, cofundador de la plataforma cultural Trippin, plantea que las recomendaciones más interesantes pueden provenir de personas que producen cultura en el territorio —cocineros, diseñadores, músicos o artistas— y que viajar mejor implica también preguntarse dónde queda el dinero que gasta el visitante.
Cómo practicar tiny tourism
No hace falta contratar una excursión especial. De hecho, probablemente dejaría de ser tiny en cuanto existiera una excursión multitudinaria dedicada a practicarlo.
Puede comenzar simplemente dejando un espacio vacío en el itinerario.
Tomar un transporte público hasta una zona que despierte curiosidad. Entrar a una librería. Comprar el desayuno donde lo compran los vecinos. Visitar un mercado sin buscar necesariamente el puesto más famoso. Sentarse media hora en una plaza. Observar cómo cambia la ciudad después del horario laboral.
Y, especialmente, caminar sin que cada desplazamiento tenga que conducir a una atracción. La recompensa no está garantizada. Puede que no ocurra absolutamente nada. Esa es, justamente, una parte del concepto.
Viajar para recordar algo que no estaba previsto
Probablemente el tiny tourism no reemplace al turismo tradicional. Tampoco parece razonable que lo haga. Su interés reside en cuestionar una lógica bastante instalada: que un viaje exitoso se mide por la cantidad de lugares extraordinarios que consiguieron tacharse de una lista.
Frente a la presión de los algoritmos y la repetición de los mismos itinerarios, el turismo de lo pequeño reivindica la posibilidad de no optimizar cada minuto de vacaciones.
Quizá un viaje siga necesitando monumentos, museos y paisajes extraordinarios. Pero también puede necesitar una hora aparentemente perdida en un supermercado, una conversación sin importancia, una línea de tren elegida por curiosidad o una calle por la que nadie recomendó caminar.
Y tal vez ese detalle que no figuraba en ninguna guía termine siendo, años después, lo primero que se recuerda.








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