Un nuevo estudio del cráneo del dodo aporta un mejor conocimiento del ave que fue erradicada por los humanos luego de haber sido descubierto

Tomografías de alta resolución aplicadas a algunos de los escasos cráneos conservados del dodo permitieron reconstruir digitalmente la cavidad que ocupaba su cerebro y estudiar por primera vez con mayor precisión cómo veía, olía, oía y utilizaba su gran pico. La investigación revela una combinación sensorial diferente de la de las palomas actuales y abre nuevas hipótesis sobre la vida cotidiana de esta especie desaparecida de la isla Mauricio.

Más de tres siglos después de su extinción, los huesos conservados del dodo todavía contienen información biológica que nunca había podido ser observada directamente. Un equipo internacional de investigadores utilizó tomografías computadas y reconstrucciones tridimensionales para examinar el interior de varios cráneos de Raphus cucullatus, el ave no voladora que habitó exclusivamente la isla Mauricio, en el océano Índico.

El trabajo, publicado el 5 de agosto de 2026 en el Zoological Journal of the Linnean Society, comparó al dodo y a su pariente cercano, el solitario de Rodrigues (Pezophaps solitaria), con 36 especies actuales de palomas y tórtolas. En total, los científicos analizaron mediante tomografía 57 especímenes, entre ellos tres cráneos de dodo; dos de los ejemplares preservaban las regiones necesarias para estudiar en detalle estructuras vinculadas con el olfato.

El resultado no permite saber exactamente qué pensaba un dodo. Sí permite algo quizá más interesante desde el punto de vista de su ecología: aproximarse a cómo recibía información del mundo que lo rodeaba.

El cerebro que ya no existe dejó su forma dentro del cráneo

Naturalmente, ningún cerebro de dodo sobrevivió desde el siglo XVII. Lo que sí permanece es la cavidad ósea que lo contenía.

En las aves, el cerebro ocupa una parte importante del interior del cráneo y deja una correspondencia suficientemente próxima con sus paredes como para que los paleontólogos puedan producir un endocasto, una reproducción tridimensional del espacio endocraneano. Los estudios actuales muestran que estos modelos son buenas aproximaciones a la forma general del cerebro y permiten medir determinadas regiones relacionadas con los sentidos.

Los investigadores escanearon los cráneos mediante microtomografía computada, convirtieron las imágenes en modelos digitales y reconstruyeron las cavidades internas. Después compararon matemáticamente esas estructuras con las de palomas y tórtolas actuales, teniendo en cuenta el parentesco evolutivo y el tamaño.

La comparación resulta particularmente útil porque el dodo pertenecía precisamente al orden Columbiformes. Su pariente vivo más próximo entre las especies utilizadas en el estudio es la paloma de Nicobar (Caloenas nicobarica).

Un cráneo muy diferente del de una paloma

Una de las primeras sorpresas aparece incluso antes de analizar los sentidos.

El neurocráneo del dodo presenta una forma elevada y abovedada, rodeada por una gruesa capa de hueso neumático. Esa suerte de estructura protectora alrededor del cerebro no aparece de la misma forma en las demás palomas estudiadas. Incluso el solitario de Rodrigues, también grande y no volador, tenía un cráneo de configuración muy distinta.

El eje cerebral también era menos curvado que el de las palomas actuales. Sin embargo, el tamaño relativo del telencéfalo —una región relacionada con numerosas funciones de integración y comportamiento— no difería significativamente del observado en otros columbiformes.

Es precisamente esta combinación la que interesa a los científicos: el dodo no era simplemente una paloma agrandada. Había desarrollado modificaciones anatómicas específicas después de evolucionar aislado en Mauricio.

El olfato pudo desempeñar un papel importante

Uno de los resultados más sugestivos afecta a los bulbos olfatorios, las estructuras cerebrales que reciben y procesan la primera información proveniente del olfato.

Cuando los investigadores promediaron los dos ejemplares de dodo en los que fue posible reconstruir esta región, los bulbos resultaron proporcionalmente mayores que los de los demás columbiformes. En comparación con la paloma de Nicobar, el promedio llegó a ser casi cuatro veces mayor en relación con el volumen cerebral.

Pero aquí aparece una cautela científica importante: los dos dodos presentan una diferencia considerable entre sí. En uno, los bulbos olfatorios representan aproximadamente el 3,44% del endocasto; en el ejemplar de Oxford, alrededor del 1,36%. Cuando se analizan individualmente, solo el primero se separa estadísticamente de las otras palomas. Por eso, los autores consideran que la evidencia de un olfato especialmente desarrollado es prometedora, pero todavía no concluyente.

Si efectivamente el dodo tenía mayores capacidades olfativas, estas podrían haber resultado útiles para localizar alimentos, orientarse o reconocer recursos dentro de los bosques de Mauricio. En las aves actuales, el tamaño relativo de los bulbos olfatorios suele relacionarse con la importancia que tiene el olfato durante la búsqueda de alimento.

Un gran pico conectado con un sistema sensorial complejo

El enorme pico del dodo constituye otra de las piezas fundamentales de la investigación.

Los científicos analizaron las aberturas del cráneo por donde pasaban diferentes ramas del nervio trigémino, encargado de transportar información táctil procedente de la cara y del pico.

Una de ellas, la rama oftálmica V1, es proporcionalmente mayor en el dodo que en los demás columbiformes estudiados. Esta rama proporciona sensibilidad al pico superior, las fosas nasales y otras zonas de la cabeza. Los investigadores plantean que su tamaño podría estar relacionado con la considerable superficie del enorme pico superior.

La interpretación requiere prudencia. Los huesos no permiten demostrar que el dodo poseyera un órgano táctil especializado comparable al de aves que exploran el suelo con el pico, como los kiwis. De hecho, otra rama del trigémino asociada con la parte inferior del pico no aparece particularmente desarrollada.

Por eso, el estudio no permite afirmar que el dodo utilizara el pico como una extraordinaria “sonda táctil”. Sí muestra que la sensibilidad de su enorme pico formaba parte de un sistema nervioso adaptado a una anatomía muy particular.

Su visión plantea una de las hipótesis más interesantes

Los ojos ofrecen otro conjunto de pistas.

Las órbitas del dodo eran alrededor de un 9% mayores, en relación con la longitud de la base del cráneo, que las de la paloma de Nicobar. A partir del anillo escleral preservado en el famoso ejemplar de Oxford, los investigadores estimaron una longitud ocular axial de unos 23 milímetros y una agudeza visual aproximada de 27 ciclos por grado.

Ese nivel sería comparable con el estimado para algunas aves actuales como arrendajos y grajos.

Sin embargo, otra estructura cuenta una historia diferente: los lóbulos ópticos del dodo eran proporcionalmente mucho menores. Ocupaban apenas alrededor del 0,88% del endocasto, frente al 2,47% observado en el solitario de Rodrigues, y eran más de 3,5 veces menores proporcionalmente que los de la paloma de Nicobar.

El tectum óptico asociado con esta región cerebral participa en el procesamiento del color, la luminosidad, el movimiento y la atención visual.

En este link, varias notas que hemos publicado sobre el dodo, los programas de de-extinción en curso.

¿El dodo también estaba activo al amanecer y al atardecer?

Esta combinación —ojos relativamente grandes y una región óptica cerebral reducida— llevó a los autores a proponer una posibilidad particularmente sugerente.

En algunas aves actuales, modificaciones semejantes aparecen en especies que no dependen exclusivamente de la luz intensa del día. Por esa razón, los investigadores plantean que el dodo podría no haber sido estrictamente diurno y haber extendido parte de su actividad hacia el amanecer y el crepúsculo.

La hipótesis encajaría ecológicamente con Mauricio. Moverse durante las horas de menor luminosidad podría haberle permitido evitar el calor más intenso del mediodía y reducir la competencia por los alimentos con otros grandes herbívoros de la isla, incluidas las tortugas gigantes.

Los propios investigadores subrayan que esta interpretación es especulativa. No existe un registro del comportamiento del animal suficientemente detallado como para comprobarla y los tejidos retinales desaparecieron hace siglos.

Pero convierte la anatomía craneana en una ventana inesperada hacia algo tan difícil de reconstruir como el horario cotidiano de una especie extinguida.

También podía percibir frecuencias especialmente bajas

El estudio incorporó otra dimensión sensorial poco investigada hasta ahora: el oído.

La longitud del conducto coclear óseo del dodo resulta aproximadamente 40% mayor, en proporción al tamaño del cráneo y del cerebro, que la de la paloma de Nicobar. A partir de relaciones conocidas entre anatomía y audición en aves actuales, los científicos estimaron que su máxima sensibilidad podría haberse situado alrededor de los 0,7 kilohertz.

Es una frecuencia baja para las aves, que normalmente presentan su mayor sensibilidad entre aproximadamente 1 y 5 kHz. El tamaño corporal del dodo podría haber estado relacionado con este desplazamiento hacia sonidos más graves.

No sabemos cómo sonaban sus vocalizaciones. Tampoco se conservan descripciones históricas suficientemente precisas para reconstruirlas. Pero su oído sugiere que parte de su paisaje acústico podría haberse desarrollado en frecuencias más bajas que las de muchas aves actuales.

Un animal construido para un ecosistema insular

Al reunir olfato, vista, tacto y oído aparece una imagen ecológica mucho más precisa.

El dodo evolucionó exclusivamente en Mauricio, sin equivalentes naturales fuera de aquella isla. No volaba, poseía un cuerpo grande, un pico extraordinariamente desarrollado y vivía en un ecosistema insular en el que las presiones evolutivas eran muy diferentes de las experimentadas por sus parientes continentales. La especie desapareció hacia finales del siglo XVII, después de la llegada humana y de profundas alteraciones del ecosistema.

La nueva investigación indica que esa larga evolución insular también dejó huellas en la manera en que procesaba el entorno.

El dodo parece haber desarrollado diferencias importantes respecto de las palomas actuales en el sistema visual, probablemente en el olfativo y en determinados componentes somatosensoriales. El solitario de Rodrigues, pese a estar estrechamente emparentado y ser igualmente incapaz de volar, conservaba en cambio un perfil sensorial mucho más parecido al de una paloma de gran tamaño.

La comparación demuestra hasta qué punto dos especies relacionadas pueden seguir caminos sensoriales diferentes cuando evolucionan aisladas en islas distintas.

Los museos como archivos biológicos del pasado

El estudio también plantea una cuestión más amplia que va mucho más allá del dodo.

Los ejemplares analizados llevan siglos conservados en colecciones científicas. Cuando fueron recolectados, nadie podía imaginar que algún día sería posible introducirlos virtualmente en un tomógrafo, reconstruir sus cavidades internas con precisión tridimensional y comparar estadísticamente las dimensiones de sus nervios y regiones cerebrales.

Los investigadores utilizaron especímenes conservados en instituciones como el Museo de Historia Natural de Dinamarca, el Museo de Historia Natural de la Universidad de Oxford y el Natural History Museum británico, además de decenas de aves actuales procedentes de colecciones internacionales.

El procedimiento es además no destructivo: permite estudiar piezas extremadamente raras sin cortarlas ni dañarlas.

Así, huesos conservados durante generaciones pasan a funcionar como auténticos archivos digitales de anatomía y comportamiento.

Lo que todavía falta saber

La investigación responde algunas preguntas, pero genera muchas otras.

¿Por qué dos individuos de dodo presentaban diferencias tan grandes en sus bulbos olfatorios? ¿Existían diferencias entre machos y hembras? ¿Qué alimentos buscaban utilizando el olfato? ¿Qué función desempeñaba exactamente su enorme pico? ¿Hasta qué punto estaba activo durante el crepúsculo? ¿Cómo eran sus vocalizaciones?

Con el material actualmente disponible, muchas de esas preguntas no pueden resolverse.

Pero el avance reside precisamente en haber pasado de descripciones generales a mediciones cuantitativas comparables. Los científicos ya no dependen únicamente de dibujos históricos o de la forma exterior de unos pocos huesos: pueden reconstruir virtualmente estructuras que desaparecieron hace más de tres siglos.

El dodo continúa siendo una especie parcialmente desconocida. Cada nueva tecnología aplicada a sus escasos restos conservados permite recuperar un fragmento más de su biología.

Esta vez, dos cavidades craneanas particularmente bien preservadas ayudaron a acercarse a una pregunta que parecía imposible de responder: cómo podía sentirse, olerse, verse y escucharse el mundo desde los sentidos de un dodo.