Francia presentó como una operación “sin precedentes” un complejo de ocio financiado por Arabia Saudita cerca de París, con una inversión proyectada de 6.000 millones de euros. Pero el anuncio tiene vacíos importantes: no existe todavía licencia para utilizar Dragon Ball, no hay fecha de apertura, faltan permisos, estudios ambientales y definiciones sobre transporte y suelo. El episodio revela además una transformación más profunda: fondos y grupos de Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos ya poseen hoteles emblemáticos y participan cada vez más en activos turísticos franceses.
“Algo nunca visto desde Disneyland París”. Con esa comparación, Emmanuel Macron convirtió en pocas horas un protocolo de entendimiento con Arabia Saudita en uno de los mayores anuncios turísticos de Francia de las últimas décadas. El proyecto prevé desarrollar cerca de Cergy-Pontoise, unos 30 kilómetros al noroeste de París, un complejo de ocio que combinaría parques temáticos, hoteles, cultura, deporte y entretenimiento, con una inversión total estimada en 6.000 millones de euros y una expectativa oficial de 22.000 puestos de trabajo.
Sin embargo, dos días después de la presentación, la distancia entre el anuncio político y el proyecto efectivamente asegurado empezó a hacerse evidente. El parque que concentró casi toda la atención —presentado públicamente como dedicado a Dragon Ball— todavía no tiene autorización de los titulares japoneses de la franquicia. Tampoco existe fecha de apertura, no se conocen las temáticas de los otros parques, el esquema financiero completo permanece sin publicar y las obras ni siquiera atravesaron las principales instancias urbanísticas y ambientales.
Más que un parque confirmado, lo que Francia y Arabia Saudita tienen por ahora es una ambición de inversión. La diferencia es importante, especialmente porque el episodio permite observar otro fenómeno que viene desarrollándose de manera mucho más silenciosa: el creciente peso del capital soberano del Golfo en algunos de los activos más visibles del turismo francés.

Lo que firmó Francia no es exactamente lo que se anunció
La primera señal aparece leyendo el documento oficial de la Presidencia francesa. La declaración conjunta del 25 de agosto no confirma un parque Dragon Ball. Ni siquiera establece de manera definitiva la construcción de tres parques.
El texto señala que ambos países reciben favorablemente la “ambición” de Qiddiya Investment Company de desarrollar en Cergy-Pontoise “una gran destinación integrada” de ocio, hotelería, cultura y deporte. Agrega que los planes actuales contemplan “hasta tres grandes atracciones principales”, hoteles y otras experiencias, con aproximadamente 6.000 millones de euros de inversión “durante todo el ciclo de desarrollo”.
La formulación es considerablemente más cautelosa que la comunicación política posterior. El proyecto existe, Qiddiya está involucrada y la cifra de inversión fue anunciada, pero el acuerdo todavía se encuentra en una etapa preliminar.
La mayor diferencia está en Dragon Ball. El nombre de la franquicia japonesa no aparece en la declaración conjunta entre Francia y Arabia Saudita. Sin embargo, la presidenta de Île-de-France, Valérie Pécresse, llegó a afirmar públicamente: “Son Goku tendrá su parque”, mientras la cobertura internacional convirtió rápidamente esa posibilidad en un proyecto prácticamente cerrado.
Lo que fue Mirapolis en los años 1980 al momento de su lanzamiento:



El problema central: Francia anunció una marca que todavía no puede utilizar
La investigación publicada por Le Monde reveló el obstáculo más serio: Qiddiya no había obtenido al momento del anuncio la licencia necesaria para utilizar los personajes y la marca Dragon Ball en Francia.
No es un trámite menor. Los derechos relacionados con la obra creada por Akira Toriyama involucran a distintas compañías japonesas. La propia Toei Animation identifica los copyrights de Dragon Ball, Dragon Ball Z y Dragon Ball Super con Bird Studio, Shueisha y Toei Animation, mientras otras actividades comerciales de la franquicia involucran también a compañías como Bandai Namco.
Qiddiya sí consiguió anteriormente derechos para desarrollar un gigantesco parque Dragon Ball en Arabia Saudita, pero ese acuerdo no concede automáticamente autorización para reproducir el concepto en Europa. Cada territorio requiere acuerdos específicos.
La paradoja es considerable: Francia consiguió inversor antes de conseguir personaje. Y una comunicación destinada a generar impacto internacional podría incluso complicar la negociación, porque los propietarios japoneses de los derechos fueron confrontados públicamente con un proyecto presentado como prácticamente decidido antes de haber otorgado su consentimiento. Le Monde señala precisamente que esa comunicación prematura podría ser interpretada como una forma de colocarlos ante un hecho consumado.
Las zonas anunciadas del futuro parque:

Tampoco hay fecha, permisos ni obras
La licencia japonesa no constituye la única incertidumbre. El acuerdo diplomático tampoco reemplaza las autorizaciones necesarias para construir un complejo de esa dimensión.
Antes del anuncio presidencial, el diputado del Val-d’Oise Aurélien Taché ya había presentado dos preguntas formales al Gobierno francés. Una reclamaba información sobre el montaje financiero, eventuales garantías públicas, beneficios fiscales, participación de las administraciones y contrapartidas exigidas al inversor saudí. La otra planteaba la necesidad de una evaluación ambiental independiente y de una consulta pública.
Las preocupaciones abarcan biodiversidad, consumo de tierras agrícolas y naturales, agua, energía y circulación vial. Y todavía no existe una fecha oficial de apertura.
Hay además un problema de escala. El antiguo Mirapolis se encuentra próximo a Cergy-le-Haut, terminal del RER A y de la línea L, pero la autopista A15 ya registra congestión en horas pico. Un complejo capaz de atraer decenas de miles de personas adicionales por día podría requerir inversiones ferroviarias, viales y de transporte público que no están incorporadas todavía a un plan público conocido.
También permanece abierta la cuestión habitacional. En los antiguos estacionamientos de Mirapolis viven actualmente entre 300 y 400 personas, instaladas allí desde hace años. Su futuro deberá resolverse si el desarrollo avanza.
El proyecto, por lo tanto, debe atravesar todavía negociaciones de propiedad intelectual, definición del suelo, estudios ambientales, participación pública, planificación urbana, infraestructura de transporte, permisos y construcción. La comparación inmediata con Disneyland París omite buena parte de ese recorrido.
Del petróleo al entretenimiento
La pregunta más interesante, sin embargo, comienza después de esas fallas. ¿Por qué una compañía vinculada al Estado saudí quiere construir parques temáticos en Francia?
Qiddiya forma parte de la transformación económica impulsada por Arabia Saudita para reducir su dependencia petrolera. Turismo, deporte, videojuegos, entretenimiento, hotelería y grandes eventos forman parte de los sectores utilizados para desarrollar nuevas fuentes de ingresos y posicionar internacionalmente al reino. Reuters encuadró precisamente la inversión francesa dentro de esa estrategia de diversificación.
La operación de Cergy introduciría una novedad. Hasta ahora, una parte importante del capital procedente del Golfo se había concentrado en activos turísticos considerados trofeos, especialmente hoteles de lujo. Qiddiya plantea algo diferente: participar desde el diseño en la creación de una nueva centralidad turística europea capaz de reunir parques, hoteles, gastronomía, deporte y entretenimiento.
Es decir, pasar de comprar patrimonio turístico existente a producir destinos.
Los palaces franceses ya cuentan otra historia
El proceso comenzó mucho antes. Francia conserva las marcas, el savoir-faire, los trabajadores, la regulación y el prestigio internacional de buena parte de su hotelería, pero la propiedad de algunos de sus establecimientos más emblemáticos dejó de ser francesa hace años.
En París, el Four Seasons George V pertenece a Kingdom Holding Company, grupo saudí que declara oficialmente la propiedad del hotel a través de su filial Kingdom 5-KR-35. El Hôtel de Crillon fue vendido por Starwood Capital a un miembro de la familia real saudí, según la propia historia institucional publicada por el establecimiento.
Qatar presenta una implantación todavía más estructurada. Katara Hospitality, compañía hotelera controlada desde Doha, enumera actualmente cuatro propiedades francesas dentro de su cartera: The Peninsula Paris, Le Royal Monceau–Raffles Paris, Maison Delano Paris y Carlton Cannes.
La situación llegó a generar lo que Le Monde denominó en junio la “paradoja de los palaces”: muchos de los establecimientos distinguidos oficialmente como máximas expresiones de la hotelería francesa pertenecen a inversores extranjeros. Entre los trece palaces parisinos de la lista 2026 aparecen propiedades de capital saudí y qatarí junto con propietarios alemanes, asiáticos, estadounidenses y grupos franceses.
Conviene hacer aquí una precisión: no todos esos capitales pueden agruparse bajo la expresión “mundo árabe”. Brunei, por ejemplo, es un sultanato del sudeste asiático, no un Estado árabe. El fenómeno que puede documentarse específicamente es el crecimiento de las inversiones procedentes de los Estados árabes del Golfo, fundamentalmente Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos.
Qatar prepara otros 10.000 millones
La tendencia tampoco se limita a adquisiciones realizadas hace una década. Durante la visita de Estado del emir Tamim bin Hamad Al Thani a París en 2024, Qatar se comprometió a movilizar 10.000 millones de euros en inversiones francesas hasta 2030.
El acuerdo firmado con Francia menciona expresamente, entre otros sectores, hotelería e industrias culturales y creativas, además de inteligencia artificial, salud, transición energética, semiconductores y aeroespacial.
Emiratos Árabes Unidos también amplió su presencia. En el marco de Choose France 2025, Abu Dhabi Investment Authority anunció su participación en European Camping Group, uno de los mayores actores europeos del camping y las vacaciones al aire libre, dentro de una operación valorada en unos 600 millones de euros.
Ese dato resulta particularmente significativo porque muestra que el capital del Golfo ya no se limita a los palaces de París o Cannes. Empieza a alcanzar segmentos turísticos de mayor escala, desde campings y resorts hasta entretenimiento, infraestructura y tecnología vinculada con la experiencia del visitante.
Más de 30.000 millones del Golfo en Francia
El movimiento forma parte de una estrategia financiera mucho mayor. La Dirección General del Tesoro francés estimó recientemente que los fondos soberanos del Golfo invirtieron más de 30.000 millones de euros en Francia desde 2005, aunque esa cifra comprende numerosos sectores y no solamente turismo.
Además, el Qatar Investment Authority posee activos inmobiliarios emblemáticos en Francia y, según el Tesoro, exposición a aproximadamente 20% de los inmuebles de los Champs-Élysées. La geografía del poder inversor comienza así a superponerse con algunos de los escenarios más simbólicos del turismo francés: grandes hoteles, avenidas comerciales, ocio, deporte y ahora potencialmente parques temáticos.
El proyecto saudí de Cergy lleva esa tendencia un paso más adelante porque no propone solamente poseer un edificio. Su concepto integrado contempla entretenimiento, hoteles, cultura y deporte bajo el desarrollo de una empresa vinculada al fondo soberano saudí.
¿Puede hablarse de “control” del turismo francés?
Todavía no en sentido general. Sería exagerado concluir que los países del Golfo controlan el turismo de Francia, una industria enormemente diversificada que incluye decenas de miles de hoteles, restaurantes, campings, operadores, museos, monumentos, estaciones de esquí y empresas de transporte.
Además, Europa continúa siendo ampliamente la principal fuente de inversión extranjera en Francia: 72% de los proyectos internacionales registrados en 2025 tuvieron origen europeo, según Business France.
Lo que sí puede observarse es una concentración creciente del capital del Golfo en activos de gran valor simbólico y turístico, donde la propiedad proporciona capacidad de decisión económica a largo plazo. Un hotel-palacio puede ser operado por Four Seasons, Raffles o Peninsula y conservar empleados, proveedores y gastronomía francesa, pero quien controla el activo inmobiliario y asume las grandes decisiones de inversión puede encontrarse en Riad o Doha.
Esa distinción es fundamental. Francia no está perdiendo jurídicamente su soberanía turística, pero una parte de sus activos turísticos de mayor prestigio está siendo financiada o poseída por capital extranjero y, dentro de ese universo, los fondos y grupos vinculados con Estados del Golfo ocupan un lugar cada vez más visible.
El verdadero cambio: de comprar hoteles a diseñar la experiencia turística
Por eso el proyecto de Cergy merece ser observado incluso si nunca llega a construirse tal como fue anunciado. Su importancia excede a Dragon Ball.
Durante años, el capital del Golfo entró al turismo europeo principalmente mediante la adquisición de inmuebles de lujo. Ahora puede avanzar hacia una segunda etapa: financiar y concebir directamente destinos, atracciones, eventos y productos de entretenimiento capaces de ordenar flujos turísticos completos.
El anuncio francés quiso demostrar capacidad para atraer una inversión de 6.000 millones de euros. Paradójicamente, terminó mostrando también hasta qué punto necesita todavía completar las condiciones básicas para concretarla: conseguir la propiedad intelectual japonesa, resolver el suelo, escuchar al territorio, definir transportes, obtener permisos y explicar el modelo financiero.
Por ahora, Son Goku no tiene asegurado un parque en París. Lo que sí está mucho más consolidado es otra realidad: los fondos del Golfo dejaron hace tiempo de ser simples clientes de la hotelería y el lujo franceses. Son propietarios, socios e inversores y, si Cergy finalmente avanza, también podrán convertirse en desarrolladores de uno de los mayores polos de entretenimiento turístico creados en Francia desde Disneyland París.









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