Sophie Trinques, responsable de Promoción y Comunicación de Visit Limousin (Francia)

“El Limousin es una región para descubrir sin apuro, de castillo en castillo y de pueblo en pueblo”.

Patrimonio medieval, bosques, lagos, porcelana, cuero, gastronomía y sitios de memoria forman parte de una región francesa todavía poco conocida por el turismo latinoamericano. Sophie Trinques, responsable de Promoción y Comunicación de Visit Limousin, explica cuáles son los lugares imprescindibles de Haute-Vienne, cuánto tiempo conviene dedicarles y por qué el invierno puede ser también una buena época para viajar.

Para quien llega desde América Latina, Limoges suele asociarse inmediatamente con la porcelana. Sin embargo, la capital de Haute-Vienne puede funcionar también como punto de partida para explorar un territorio de castillos medievales, pequeños pueblos históricos, grandes extensiones de bosque y numerosos lagos, además de talleres donde continúan vivos algunos de los oficios que caracterizaron históricamente al Limousin.

En diálogo con nosotros, Sophie Trinques, responsable de Promoción y Comunicación de Visit Limousin, propone pensar la región como parte de un itinerario más amplio por Francia, pero reservarle tiempo suficiente para salir de la ciudad y descubrir un territorio donde patrimonio, naturaleza y gastronomía están estrechamente relacionados.

Para un viajero que llega desde lejos y conoce poco la región, ¿cuáles son los imprescindibles de Haute-Vienne?

Además de Limoges y su vínculo con la porcelana, tenemos un patrimonio muy importante relacionado con la historia medieval. Uno de los grandes recorridos es la Ruta de Ricardo Corazón de León, que reúne castillos y monumentos vinculados de distintas maneras con esta figura de la historia europea.

Uno de los lugares fundamentales es el castillo de Châlus-Chabrol, donde Ricardo Corazón de León libró su última batalla (la torre en la foto de apertura de esta entrevista). La ruta incluye castillos muy diferentes entre sí, pero también iglesias y otros elementos de patrimonio histórico. Es una buena manera de recorrer el territorio siguiendo un hilo conductor.

Hay también un lugar de enorme importancia histórica como Oradour-sur-Glane.

Sí. Oradour-sur-Glane es probablemente nuestro sitio de mayor reconocimiento internacional. Recibe alrededor de 300.000 visitantes por año, procedentes de todo el mundo.

Es un sitio de memoria relacionado con la masacre ocurrida allí durante la Segunda Guerra Mundial. Las ruinas del antiguo pueblo fueron conservadas y la visita tiene naturalmente una dimensión histórica y memorial muy fuerte. Es uno de esos lugares que forman parte de la historia europea y que atraen a visitantes de numerosos países.

¿Qué encuentra el viajero que quiere combinar ese patrimonio con naturaleza?

Haute-Vienne es realmente un gran terreno de juego para quienes disfrutan de la naturaleza. Los bosques cubren más de un tercio del departamento, una proporción importante dentro de Francia, y el agua es otro elemento muy presente.

Tenemos miles de lagos y cuerpos de agua repartidos por el territorio. Dos de los lugares más conocidos son el lago de Saint-Pardoux, a unos veinte kilómetros de Limoges, y el lago de Vassivière, algo más alejado.

En algunos sectores, especialmente alrededor de esos grandes lagos y de los bosques de coníferas, los paisajes pueden recordar incluso a Canadá. Es una imagen bastante diferente de la Francia que suele conocer primero el visitante extranjero.

La porcelana es el gran saber hacer asociado con Limoges. ¿Qué otros oficios tradicionales siguen vivos?

Una característica importante de la región es precisamente que estos saberes no pertenecen solamente al pasado. Continúan siendo actividades productivas.

Eso ocurre con la porcelana y con los esmaltes, pero también con el cuero. Recientemente abrió la Cité du Cuir, dedicada a explicar la tradición local del trabajo de la piel y particularmente de la guantería.

Allí se puede conocer la historia de ese oficio, pero al mismo tiempo comprobar que la producción continúa. Hay talleres, demostraciones y actividades que permiten observar cómo se trabaja actualmente.

Lo mismo ocurre con la porcelana: se pueden visitar fábricas y talleres en Limoges y sus alrededores, conocer las técnicas históricas pero también ver cómo nuevos diseñadores y creadores reinterpretan esos materiales.

Es decir que no se trata solamente de visitar museos industriales.

Exactamente. Son saberes vivos que queremos transmitir. Hay jóvenes creadores que trabajan con ellos y que, en algunos casos, rompen deliberadamente con los códigos tradicionales.

Eso es interesante porque permite comprender que la porcelana, el esmalte o el cuero no son simplemente recuerdos de una época industrial. Continúan evolucionando.

Y son oficios muy identificados con Limoges y con el Limousin; difícilmente se encuentran en otros lugares con esta concentración.

¿Cuántos días recomendaría reservar para conocer Limoges y sus alrededores?

Una semana permite hacer un recorrido bastante completo. Se pueden dedicar tres o cuatro buenas jornadas a Limoges porque existe mucho patrimonio: museos, Bellas Artes, porcelana y todos los lugares de los que ya hemos hablado.

Después conviene salir de la ciudad y hacer un poco de école buissonnière, como decimos en francés: desviarse, recorrer caminos secundarios, ir de castillo en castillo y de pueblo en pueblo.

Se puede conocer, por ejemplo, Saint-Léonard-de-Noblat, con su iglesia vinculada al patrimonio mundial de la UNESCO, o Le Dorat, distinguida como Petite Cité de Caractère, un sello francés que reconoce pequeños núcleos urbanos particularmente bien conservados.

Ese tiempo permite conocer Limoges, pero también comprender mejor el territorio que la rodea.

Leer nuestra nota sobre Saint-Léonard-de-Noblat haciendo clic aquí.

Para los argentinos, chilenos o uruguayos hay una particularidad: sus vacaciones de verano coinciden con el invierno francés. ¿Vale la pena viajar a Limousin en enero o febrero?

Sí. Puede parecer una temporada más complicada, pero tenemos la ventaja de que muchos de nuestros principales lugares culturales permanecen abiertos durante todo el año.

En Limoges se puede visitar el Museo de Bellas Artes y ver obras de Renoir, recorrer el Museo Nacional Adrien Dubouché, dedicado a la porcelana, y fuera de la ciudad existen otros espacios abiertos durante el invierno, como la Cité du Cuir.

Por lo tanto, buena parte del turismo cultural que se realiza en verano también puede hacerse en invierno.

¿Y para quien quiera salir al aire libre?

—También tenemos experiencias de naturaleza. Por ejemplo, se pueden hacer paseos con perros de trineo por el bosque, incluso sin nieve, porque en esta zona no tenemos nevadas abundantes.

Y el invierno puede tener una atmósfera muy especial: los bosques, la bruma, los pequeños alojamientos rurales y algunos castillos donde es posible dormir.

Imaginar una estadía en un château del Limousin, con la niebla de invierno y el bosque alrededor, puede ser una experiencia en sí misma.

Además está la temporada de los hongos, muy importantes en nuestra gastronomía. Con un poco de suerte, el viajero puede terminar el día con una omelette de hongos junto al fuego.

¿La gastronomía puede convertirse también en una experiencia participativa?

—Sí. Hay chefs que ofrecen actividades y es posible realizar talleres de cocina, visitar mercados y aprender a reconocer los productos.

En Limoges, por ejemplo, se puede ir a Les Halles, conocer a especialistas y aprender sobre los ingredientes regionales.

Nuestra gastronomía no se define necesariamente por un único plato emblemático. Está muy vinculada a la calidad del producto.

¿Cuáles serían esos productos que un visitante debería probar?

La carne bovina Limousine es una de las grandes referencias. Se puede aprender a identificar los diferentes cortes y conocer mejor el producto.

Tenemos también carnes y producciones con reconocimientos de origen, además de la manzana del Limousin, que tiene denominación protegida, pequeños frutos rojos y, naturalmente, la castaña.

Con la castaña se prepara, por ejemplo, el Pascalain, un fondant de castaña y chocolate. Es además un producto sin gluten.

La castaña forma parte profundamente de nuestra identidad, no solamente gastronómica.

¿También existe una tradición artesanal alrededor del castaño?

Sí. En la zona de Châlus existe todo un saber hacer relacionado con el castaño y con el trabajo de su madera.

Tradicionalmente estaban los feuillardiers, trabajadores especializados que aprovechaban tanto las castañas como la madera. Esa tradición continúa a través de muebles y objetos y también de diseñadores contemporáneos que trabajan el castaño desde una perspectiva diferente.

Es otro ejemplo de esos conocimientos muy vinculados al territorio que intentamos conservar y actualizar.