De Chubut a Brasil: la sorprendente ruta migratoria de las ballenas jorobadas

La identificación de ejemplares observados en las costas de Chubut y del estado brasileño de San Pablo permitió reconstruir parte de una extensa ruta migratoria por el Atlántico Sudoccidental. Los registros muestran cómo la recuperación de las ballenas jorobadas está modificando sus áreas de alimentación y reproducción.

Las ballenas jorobadas recorren cada año miles de kilómetros entre las regiones australes donde encuentran alimento y las aguas cálidas en las que se reproducen y nacen sus crías. Aunque los principales extremos de estas migraciones son conocidos, durante décadas gran parte del recorrido permaneció oculto por la dificultad de seguir a los animales en mar abierto.

El cruce de fotografías, observaciones costeras y datos satelitales comenzó a completar ese mapa. Registros obtenidos en el Parque Provincial Patagonia Azul, sobre el litoral de Chubut, fueron vinculados con avistamientos realizados en Ilhabela y otras áreas costeras del estado brasileño de San Pablo.

Las coincidencias demuestran que algunos ejemplares utilizan distintos puntos del Atlántico Sudoccidental a lo largo de un mismo ciclo migratorio. También revelan que las ballenas no se limitan a desplazarse entre la Antártida y las principales áreas reproductivas, sino que aprovechan zonas intermedias para descansar, alimentarse o permanecer durante varias semanasñ

Una huella única en la cola

Una de las principales herramientas para reconstruir estos desplazamientos es la fotoidentificación. La cara inferior de la aleta caudal de cada ballena presenta manchas, formas y cicatrices particulares, comparables con una huella digital.

Cuando una jorobada se sumerge, suele levantar la cola sobre la superficie. Ese movimiento permite obtener imágenes que luego son incorporadas a catálogos regionales e internacionales. Al comparar las fotografías, los investigadores pueden saber si un ejemplar observado en Chubut fue registrado previamente en Brasil, Tierra del Fuego, la Antártida u otra región del océano.

La técnica tiene un costo relativamente bajo y permite incorporar imágenes tomadas no solo por equipos científicos, sino también por navegantes, fotógrafos, guías y observadores de fauna. Esa participación amplía la cobertura territorial y convierte a la ciencia ciudadana en una herramienta relevante para estudiar animales que recorren enormes distancias.

La información obtenida mediante fotografías se complementa con censos, biopsias y transmisores satelitales. Estos métodos permiten calcular la cantidad de animales presentes, analizar su estado sanitario y seguir algunos desplazamientos con mayor precisión.

En enero, la colocación de dispositivos de telemetría permitió comprobar que varios ejemplares permanecieron durante al menos un mes en la zona central de Chubut. Uno de ellos viajó posteriormente hacia las islas Orcadas del Sur, donde continuó alimentándose en aguas cercanas a la Antártida.

Chubut, una nueva área de alimentación

Hasta hace pocos años, la función de las costas chubutenses dentro de la migración de las jorobadas era poco conocida. Los registros recientes indican que una parte importante de la población del Atlántico Sudoccidental utiliza esas aguas durante aproximadamente seis meses al año.

La disponibilidad de alimento, la configuración del litoral y la existencia de sectores protegidos convierten a la región en un espacio favorable para la permanencia de los cetáceos. En distintos momentos del año también pueden encontrarse allí otras especies de ballenas, lo que muestra la relevancia ecológica del área.

El catálogo elaborado en Patagonia Azul reúne alrededor de 250 jorobadas identificadas. La comparación con otras bases de datos permitió encontrar ejemplares también observados en el Canal de Beagle, la Península Antártica, las Orcadas del Sur y el litoral brasileño.

Diez coincidencias fueron establecidas entre fotografías tomadas en el Golfo San Jorge y Camarones y registros obtenidos en Brasil. Cada una de ellas aporta información sobre los tiempos, las escalas y las rutas utilizadas durante los desplazamientos.

El regreso de las jorobadas a San Pablo

En el extremo norte de esta conexión, los avistamientos frente a las costas de San Pablo aumentaron de manera marcada durante la última década. En Ilhabela, un programa de seguimiento iniciado en 2004 pasó varios años sin registrar ballenas jorobadas.

La situación comenzó a cambiar en 2016, cuando los ejemplares empezaron a aparecer con mayor frecuencia. Desde entonces, la cantidad de observaciones creció de forma sostenida hasta alcanzar 836 animales durante la última temporada relevada.

El fenómeno está relacionado con la recuperación de la población del Atlántico Sudoccidental, que había sido reducida drásticamente por la caza comercial desarrollada durante varios siglos. Las estimaciones actuales indican que esta población ya supera los 30.000 individuos.

A medida que aumenta el número de ballenas, también se amplían las zonas utilizadas para alimentarse, reproducirse y desplazarse. Algunas áreas abandonadas o poco frecuentadas durante el período de menor población comenzaron a ser ocupadas nuevamente.

El catálogo brasileño ya contiene más de 900 ejemplares identificados y sirvió como base para numerosos trabajos académicos. La comparación con registros argentinos permite comprobar que las aguas de San Pablo y Chubut forman parte de una misma red ecológica, aunque se encuentren separadas por miles de kilómetros.

Ballenas jóvenes y nuevas estrategias de alimentación

Los ejemplares juveniles tienen un papel destacado en esta expansión. Al contar con menores reservas energéticas que los adultos, pueden tener más dificultades para realizar migraciones prolongadas sin alimentarse.

Esta necesidad ayudaría a explicar por qué algunas ballenas buscan alimento tanto en la Patagonia como en sectores próximos a las aguas tropicales de Brasil. En lugar de limitarse a viajar directamente entre las zonas reproductivas y las áreas antárticas, incorporan nuevos puntos de alimentación a lo largo del recorrido.

El cambio de comportamiento también puede estar vinculado con la recuperación de la especie. Una población más numerosa genera mayor competencia por los recursos y favorece la exploración de espacios que anteriormente eran utilizados por pocos individuos.

Estos movimientos muestran que las rutas migratorias no son corredores rígidos. Las ballenas pueden modificar sus trayectos de acuerdo con la edad, la disponibilidad de alimento, las condiciones ambientales y la densidad de la población.

El desafío de proteger una ruta continental

La recuperación de las jorobadas plantea nuevos desafíos de conservación. Frente a la costa de San Pablo, los cetáceos comparten el espacio con miles de embarcaciones comerciales, pesqueras, deportivas y turísticas.

El incremento de los avistamientos obliga a reforzar las medidas destinadas a evitar colisiones, perturbaciones y acercamientos inadecuados. También vuelve necesario coordinar los sistemas de monitoreo entre los países recorridos por las ballenas.

Las áreas marinas protegidas cumplen una función central porque resguardan sectores utilizados para la alimentación, el descanso y el desplazamiento. La protección de un punto aislado, sin embargo, resulta insuficiente para una especie capaz de atravesar gran parte del Atlántico Sur durante un mismo año.

Los registros compartidos entre Chubut y Brasil muestran que la conservación debe pensarse a escala regional. Las condiciones ambientales de la Patagonia pueden afectar a animales que meses después aparecerán frente a las costas brasileñas, del mismo modo que los riesgos presentes en las aguas tropicales pueden tener consecuencias sobre las poblaciones observadas en el sur.

Cada nueva fotografía incorporada a los catálogos ayuda a completar el recorrido. El seguimiento colaborativo permite conocer dónde permanecen las ballenas, qué rutas eligen y cómo una especie en recuperación vuelve a ocupar territorios que había perdido después de siglos de explotación.