SARS-CoV-2, viruela del simio, chikungunya, hantavirus, ébola… ¿Por qué se multiplican los brotes virales?

La fragilización de los ecosistemas, la intensificación de la ganadería, la urbanización, la globalización del comercio, los conflictos armados… Las causas del aumento de la frecuencia de los brotes virales son múltiples.

Las noticias sobre virus, por decirlo suavemente, muy intensas de las últimas semanas nos lo han recordado tristemente: nos enfrentamos con frecuencia a la aparición o reaparición de virus. ¿Por qué? ¿Cuáles son los factores que favorecen hoy en día la aparición (o reaparición) y la propagación de estos virus? Repasamos los principales factores implicados.

Desde la pandemia del SARS-CoV-2, que ha afectado a más de 700 millones de personas en todo el mundo y ha provocado alrededor de 7 millones de fallecimientos, los virus ocupan regularmente el primer plano. Chikungunya, viruela del simio, hantavirus, ébola, virus de Crimea-Congo… Estos nombres, que antes solo conocían los especialistas, han salido de las páginas de las publicaciones especializadas para ocupar los titulares de los medios de comunicación.

¿Por qué parece que los brotes virales son más frecuentes hoy en día que en el pasado? No hay una respuesta sencilla a esta pregunta, ya que un brote de este tipo es siempre el resultado de múltiples factores. Para que se produzca, debe darse una combinación perfecta entre varios elementos.

Desde el calentamiento global hasta los desplazamientos de población, pasando por los métodos de ganadería intensiva, las condiciones para que se produzca una «tormenta perfecta» viral no están escritas en piedra. Pero su diversidad debe animarnos a prepararnos para futuras pandemias. A continuación, te lo explicamos.

Emergencias recurrentes

En 2022, cuando la pandemia de COVID-19 aún no había terminado, la viruela del mono, ahora rebautizada como «mpox» por la Organización Mundial de la Salud (OMS), irrumpió con fuerza en el primer plano. Esta enfermedad viral, que antes se limitaba principalmente a las regiones de África Central y Occidental, salió inesperadamente de su zona habitual de circulación para propagarse rápidamente a escala mundial.

El virus del mpox, que se transmitió inicialmente a los seres humanos a través de animales —entre ellos, algunos roedores—, se propagó posteriormente con rapidez de persona a persona. Entre 2022 y 2023, se confirmaron cerca de 100 000 casos en más de 120 países.

Nuestra especie no ha sido la única afectada por los brotes de enfermedades infecciosas: ese mismo año, algunas enfermedades animales con un fuerte impacto sanitario y económico, como la dermatosis nodular bovina, también requirieron la puesta en marcha de programas de vigilancia y control a gran escala en Francia, y sumieron a numerosos agricultores en la confusión y la perplejidad.

El año 2026 no es una excepción, ni mucho menos… En mayo, el brote de hantavirus Andes a bordo del MV Hondius, o el brote de ébola en la República Democrática del Congo, nos recuerdan que estas amenazas están más presentes que nunca.

Los virus, maestros indiscutibles de la adaptación

Los términos «variante», «cepa» o «mutantes», que suelen utilizarse en el ámbito restringido de los laboratorios, se han extendido mucho más allá del círculo de los especialistas. Ilustran la extraordinaria capacidad de los virus para adaptarse a su entorno.

De hecho, los virus son capaces de evolucionar de varias maneras. Su genoma puede sufrir pequeñas modificaciones (a las que se denomina mutaciones; estas se producen cuando los virus se multiplican y, si algunas de ellas confieren una ventaja a su portador —permitiéndole, por ejemplo, contagiar más fácilmente a sus huéspedes—, este se ve favorecido). También pueden intercambiar fragmentos de material genético entre sí (estos intercambios se denominan recombinaciones). Por último, también pueden intercambiar segmentos mucho más largos, que corresponden a partes enteras de su material genético (en este caso se habla de reasortimientos).

Por estas razones, en el mundo de los seres vivos, los virus son, con diferencia, los organismos que evolucionan más rápidamente. Mutan, de media, entre 100 y 10 000 veces más rápido que las bacterias, unas 1 000 veces más rápido que los parásitos y hasta 100 000 veces más rápido que nuestras propias células. Una lucha profundamente desigual en la carrera de la evolución, de la que los virus salen claramente victoriosos.

Virus en su mayoría discretos

La mayoría de las veces, los virus circulan de forma discreta, a menudo sin provocar siquiera síntomas. Esta propagación silenciosa se produce con mayor frecuencia en los reservorios animales.

El problema surge cuando estos animales, a los que se puede considerar «portadores asintomáticos», entran en contacto con otra especie sensible a estos virus «silenciosos». En ese caso, el virus puede provocar síntomas más o menos graves y propagarse, hasta provocar una epizootia entre los animales o una epidemia entre los seres humanos.

Actualmente se estima que tres cuartas partes de los virus emergentes que causan enfermedades en los seres humanos proceden de los animales. Las enfermedades que provocan en el ser humano se denominan «zoonosis».

Y ahí es precisamente donde radica el quid de la cuestión: este encuentro, aparentemente inusual, entre un animal reservorio portador de un virus con un potencial devastador y el ser humano, se está volviendo cada vez más frecuente.

¿Cuál es la causa principal? La intervención del ser humano en el medio ambiente. Al transformar profundamente la naturaleza, modificamos las condiciones de propagación de los agentes infecciosos a escala mundial.

Ecosistemas vulnerables

Aunque los virus sean los protagonistas de la aparición de nuevas cepas, somos nosotros quienes escribimos el guion. La deforestación y la fragmentación de los ecosistemas, como en la Amazonía, África Central o el sudeste asiático, destruyen los hábitats naturales de los animales, lo que les obliga a acercarse a las zonas habitadas. Esta proximidad genera condiciones especialmente favorables para la transmisión de virus.

Estos cambios dan lugar a lo que se conoce como «puntos calientes» («hot spots» en inglés) de transmisión, en los que los animales salvajes, los animales domésticos y los seres humanos interactúan con mayor frecuencia. Estos intercambios facilitan el paso de los virus de una especie animal a otra y, potencialmente, al ser humano, eliminando las barreras naturales que confinaban a los virus dentro de una especie animal concreta.

La aparición del peligroso virus Nipah, responsable de graves síndromes neurológicos que pueden provocar la muerte de las personas infectadas, ilustra perfectamente este fenómeno. Este virus se detectó por primera vez en Malasia en 1998. En este país, la transformación de los bosques ha acercado a los murciélagos a las explotaciones porcinas, así como a los seres humanos que se ocupaban de ellas. Esta nueva situación ha permitido que el virus supere varias barreras de especie sucesivas, hasta provocar casos en seres humanos.

De manera similar, los brotes de ébola en África Central están estrechamente relacionados con la alteración de los ecosistemas forestales y con el aumento de los contactos entre la fauna silvestre —en particular, los murciélagos frugívoros, que se consideran los reservorios del virus— y las poblaciones humanas. La aparición y la reciente propagación del virus del Ébola Bundibugyo en la República Democrática del Congo se inscriben en este contexto. En regiones donde la deforestación, la explotación de los recursos naturales y los desplazamientos de población modifican profundamente los ecosistemas, su fragmentación favorece un mayor número de interacciones entre especies y aumenta las probabilidades de que se supere la barrera de las especies.

Los cambios en la biodiversidad también pueden favorecer la aparición de virus. De hecho, una biodiversidad variada puede limitar la propagación de las enfermedades, al « diluir » los agentes patógenos entre numerosas especies con mayor o menor capacidad para transmitirlos.

Por el contrario, la pérdida de diversidad de especies que hemos observado en los últimos años puede facilitar la transmisión de agentes infecciosos al eliminar este efecto de dilución y favorecer así el predominio de especies especialmente eficaces a la hora de transmitir dichos patógenos.

Las explotaciones ganaderas intensivas que favorecen la propagación de los virus

Lamentablemente, la promiscuidad no es exclusiva del ser humano. El aumento de la población mundial va acompañado también de un incremento significativo de las explotaciones ganaderas. Pollos, cerdos, vacas o incluso patos se crían, en ocasiones, en densidades muy elevadas en espacios reducidos.

A modo de ejemplo, la producción mundial de carne de aves de corral ha pasado de unos 9 millones de toneladas en 1961 a más de 130 millones de toneladas en la actualidad, mientras que más de la mitad de los cerdos se crían ahora en sistemas intensivos. Estas condiciones favorecen la rápida transmisión de los virus y su evolución. De este modo, estas explotaciones se convierten en auténticos focos de propagación de enfermedades.

Los cerdos, por ejemplo, pueden infectarse simultáneamente con varios virus de la gripe, lo que facilita la aparición de nuevas variantes. Este fenómeno provocó, entre otras cosas, la aparición del virus de la gripe H1N1 en 2009.

Ciudades que aceleran las epidemias

Más de la mitad de la población mundial vive actualmente en zonas urbanas, una cifra que no deja de aumentar. Las ciudades densamente pobladas, y en particular las grandes metrópolis, se han convertido en lugares propicios para la propagación de los virus.

La aglomeración en los medios de transporte, las escuelas o los lugares de trabajo multiplica los contactos cercanos. En algunos barrios superpoblados, las condiciones sanitarias agravan aún más estos riesgos.

La pandemia de COVID-19, al igual que las epidemias de dengue, ha puesto de manifiesto hasta qué punto las grandes metrópolis pueden actuar como aceleradores de las epidemias.

A modo de ejemplo, cabe citar el caso emblemático de Nueva Delhi, capital de la India y megalópolis de casi 30 millones de habitantes. La densidad de población, los flujos diarios de millones de viajeros en el transporte público y las deficiencias de las infraestructuras sanitarias conforman allí un caldo de cultivo ideal para la propagación de los virus. Consecuencia: la ciudad se ve afectada regularmente por epidemias de dengue. El virus circula allí a tal nivel que, según algunas estimaciones, entre el 40 % y el 50 % de la población, o incluso más según los barrios, habría sido infectada al menos una vez por el virus del dengue.

Durante la pandemia de COVID-19, Bombay, la capital económica de la India, y Nueva Delhi también figuraron entre los focos más afectados del país, lo que puso de manifiesto una vez más cómo la concentración urbana amplifica la velocidad y el alcance del contagio.

Prácticas humanitarias de riesgo

Algunas actividades humanas crean vías de transmisión directas entre especies. La caza denominada «de subsistencia», que todavía se practica en numerosas regiones de África y Asia, el comercio de animales salvajes o incluso diversas prácticas culturales exponen a los seres humanos a virus desconocidos.

Los mercados de animales vivos, donde se hacinan diferentes especies en condiciones sanitarias a menudo precarias, son lugares de alto riesgo de aparición de virus. Aunque aún no se ha podido esclarecer la secuencia exacta de la aparición del coronavirus SARS-CoV-2, responsable de la pandemia de COVID-19, se sospecha que el ya famoso mercado de animales vivos de Wuhan desempeñó un papel fundamental en ello…

A esto se suman ciertas prácticas culturales y religiosas, como los festivales o las ceremonias en las que se sacrifican y manipulan animales vivos, lo que crea otras tantas vías potenciales para la transmisión del virus. Las epidemias de ébola también han puesto de manifiesto el papel que desempeñan ciertos ritos funerarios tradicionales —que implican un contacto estrecho con los cuerpos de los fallecidos a causa de la enfermedad— en la propagación del virus dentro de las comunidades.

Los conflictos armados favorecen la propagación de los virus

Los virus también se aprovechan de las profundas divisiones de nuestras sociedades. Los conflictos armados, los desplazamientos masivos de población y las crisis humanitarias constituyen contextos especialmente propicios para la propagación de los agentes infecciosos.

En estas situaciones, los sistemas sanitarios se deterioran, el diagnóstico se complica, los programas de vacunación se ven afectados o incluso interrumpidos, y el acceso a los tratamientos se vuelve limitado o irregular. Además, la inseguridad alimentaria y la malnutrición debilitan el organismo y favorecen la propagación de enfermedades, mientras que la aplicación de medidas de prevención y control de infecciones resulta difícil, o incluso imposible. El conjunto de estos factores crea condiciones propicias para la aparición o reaparición de epidemias que, en ocasiones, se consideraban controladas.

La actual propagación del virus del Ébola en Ituri, al este de la República Democrática del Congo, ilustra claramente esta dinámica. Esta región, caracterizada por una inseguridad crónica derivada de los conflictos armados, los desplazamientos repetidos de la población y un acceso limitado a las infraestructuras sanitarias, constituye un terreno especialmente propicio para la persistencia y la propagación del virus.

La globalización acelera las epidemias

Antiguamente, las epidemias tardaban meses, o incluso años, en propagarse al ritmo de los transportes terrestres o marítimos. Hoy en día, la velocidad de propagación de las epidemias se ha vuelto vertiginosa: ¡un virus puede dar la vuelta al mundo en menos de 24 horas!

La principal razón de esta rápida propagación de los virus radica en la intensificación del tráfico aéreo en los últimos años, que favorece el flujo de mercancías, animales y personas. A ello se suman hoy en día otros factores relacionados con la movilidad, en particular el desarrollo masivo de las redes ferroviarias de alta velocidad.

Por ejemplo, la rápida expansión de la red de trenes de alta velocidad en China ha modificado profundamente las dinámicas del tráfico interno, facilitando los desplazamientos masivos de población. Esto ocurre, sobre todo, durante los desplazamientos estacionales, relacionados especialmente con las grandes fiestas tradicionales, como el Año Nuevo chino, que dan lugar a desplazamientos masivos de población a escala nacional.

La pandemia de COVID-19 ha puesto de manifiesto esta aceleración sin precedentes, ya que, en apenas 6 a 8 semanas, el virus se ha propagado por varios continentes. En menos de 12 semanas, la OMS declaró una pandemia mundial. Ya sabemos lo que pasó después: el virus se ha propagado a más de 180 países…

Cambio climático: el punto de inflexión

Si bien todos los factores mencionados anteriormente desempeñan un papel importante, es probable que el factor que más acelera las epidemias sea el cambio climático. Este, que está estrechamente relacionado con las actividades humanas, actúa como un potente motor de la aparición y reaparición de enfermedades virales.

Este fenómeno no se limita únicamente al aumento continuo de las temperaturas que hemos observado en los últimos años, sino que también abarca la intensificación de los fenómenos extremos (sequías, inundaciones, olas de calor, tormentas…), así como importantes alteraciones en los ecosistemas.

Las sequías, por ejemplo, empujan a muchos animales a acercarse a las zonas habitadas en busca de agua y alimento, mientras que las fuertes lluvias y las inundaciones favorecen la proliferación de roedores al aumentar los recursos disponibles y empujarlos hacia las zonas habitadas, lo que incrementa, en particular, el riesgo de transmisión de virus como los hantavirus.

Del mismo modo, el aumento de las temperaturas y de los episodios de lluvias intensas en Francia ha favorecido la proliferación de los mosquitos tigre, lo que ha contribuido a una propagación sin precedentes del chikungunya en 2026, incluso en zonas donde antes rara vez se detectaba.

En conclusión, un brote viral es un fenómeno complejo que nunca depende de un único factor, sino más bien de la convergencia de múltiples elementos: un virus capaz de transmitirse eficazmente que entra en contacto con el ser humano, una población vulnerable, sistemas sanitarios frágiles, una elevada movilidad humana, condiciones climáticas favorables…

Es esta combinación explosiva, más que las características del propio virus, la que convierte una infección local en una epidemia o una pandemia. Por lo tanto, la aparición de un virus depende de un equilibrio complejo y muy difícil de prever.

Lo que sí es cierto, sin embargo, es que las condiciones actuales son especialmente propicias para el inicio de la era de los virus emergentes. Es probable que en los últimos años solo hayamos visto los primeros indicios…

Esta nota fue preparada por The Conversation.