El Paleontólogo Porteño: diez crónicas de paleontología en la Ciudad de Buenos Aires propone una mirada original sobre la capital argentina: la de una ciudad construida sobre millones de años de historia natural. Con textos de Federico Agnolín y Horacio Padula, el libro recorre fósiles urbanos, megafauna extinta, cambios del paisaje y hallazgos bajo calles, subtes y edificios.
Buenos Aires suele contarse a partir de su fundación, de sus edificios o de sus barrios. El Paleontólogo Porteño, en cambio, propone empezar mucho antes: cuando donde hoy hay avenidas, subterráneos y plazas existían desiertos fríos, pulsos marinos, grandes ríos y una fauna extinta de dimensiones desmesuradas. Ese es el mérito principal del libro de Federico Agnolín y Horacio Padula: convertir a la paleontología urbana en una narración accesible, curiosa y profundamente porteña.
Publicado por la Dirección General de Patrimonio, Museos y Casco Histórico del Gobierno de la Ciudad en 2026, el volumen no busca ser un tratado técnico ni un catálogo exhaustivo. Sus propios autores lo aclaran en las páginas finales: la apuesta consiste en contar diez historias de hallazgos paleontológicos ocurridos en la ciudad para abrir nuevas formas de mirar el territorio. Esa decisión le da al libro un tono híbrido especialmente eficaz: combina divulgación científica, crónica urbana, historia cultural y ensayo sobre el paisaje.

Como libro de divulgación, El Paleontólogo Porteño tiene una virtud difícil de lograr: vuelve fascinante un tema que, en manos menos hábiles, podría haberse vuelto demasiado técnico o escolar. Lo consigue porque parte de una premisa narrativa muy eficaz: la ciudad no es solamente una superficie habitable, sino una acumulación de mundos anteriores.
En clave periodística, podría decirse que el libro redescubre Buenos Aires como noticia geológica permanente. Cada obra, cada excavación y cada piedra urbana son leídas como restos de una historia más larga que la política, la arquitectura o la vida social. Esa perspectiva no solo enriquece la divulgación científica: también modifica la manera de mirar la ciudad.
No es un manual, ni pretende serlo. Es, más bien, una invitación a sospechar que bajo el asfalto porteño todavía late una fauna extinguida, una costa perdida y una memoria natural que pocas veces entra en el relato urbano. Y justamente por eso su lectura resulta tan estimulante.
Un libro que amplía la idea de patrimonio
Uno de los aportes más interesantes del volumen es su punto de partida conceptual: el patrimonio porteño no se limita a lo construido, sino que también incluye aquello que quedó preservado bajo el suelo de la ciudad. En ese sentido, el libro funciona como una expansión de la noción clásica de patrimonio urbano, incorporando fósiles, sedimentos, huellas ambientales y procesos geológicos al relato de Buenos Aires.
Esa mirada se sostiene además con una prosa que, como señala el prólogo de Eduardo P. Tonni, logra ser simple sin perder rigor científico. No hay voluntad de deslumbrar con jerga, sino de seducir con historias: fósiles que aparecen en excavaciones, gliptodontes incrustados en túneles, mastodontes hallados bajo obras, restos marinos escondidos en la piedra de fachadas y veredas, y hasta vínculos entre fósiles, mitos y vida cotidiana.
De las Toscas del Río de la Plata a la era del hielo porteña
El índice ya muestra el recorrido narrativo del libro: desde Las Toscas del Río de la Plata y La Era del Hielo en el Río de la Plata, hasta capítulos como Fósiles subterráneos: Buenos Aires se vuelve metrópoli, Haciendo prehistoria en la Manzana de las Luces, Las idas y vueltas del mar: el Obelisco bajo el agua y Cómo hacer paleontología desde el jardín y la verdulería. Esa diversidad temática confirma que la intención no es hablar solo de huesos fósiles, sino de la ciudad como una gran superposición de tiempos.

Entre los capítulos más fuertes aparece el dedicado a las Toscas del Río de la Plata, presentadas como uno de los yacimientos paleontológicos más importantes que tuvo Buenos Aires entre el siglo XIX y mediados del XX. Allí, explican los autores, se encontraron restos de grandes mamíferos del Ensenadense, junto con evidencias de antiguos ambientes semidesérticos y húmedos alternados. El libro rescata además el valor histórico de ese borde costero hoy casi desaparecido por rellenos y urbanización.
El capítulo sobre la Era del Hielo es otro de los ejes más atractivos. Allí el libro reconstruye una Buenos Aires radicalmente distinta: más fría, más seca, más alejada de la costa actual y habitada por megamamíferos pampeanos. La ciudad aparece entonces como parte de un paisaje comparable, en ciertos momentos, a sectores de la Patagonia, con gliptodontes, perezosos gigantes, mastodontes y otros grandes herbívoros.
La ciudad como yacimiento: subtes, edificios y barrios
Uno de los mayores encantos del libro está en su capacidad para mostrar que la paleontología no sucede solo en sitios remotos, sino también en plena trama urbana. Las excavaciones del Mercado de Abasto, los edificios Kavanagh y Comega, las obras de subte o refacciones en barrios como Floresta, San Telmo y Puerto Madero aparecen como escenarios de hallazgos tan inesperados como elocuentes.
Esa línea alcanza uno de sus momentos más notables en el capítulo sobre fósiles subterráneos, donde se recuerda el hallazgo de un mastodonte en 1931 durante obras en la terminal Alem de la línea B y la aparición posterior de restos de gliptodontes en ampliaciones de las líneas D y B. El efecto narrativo es potente: el lector entiende que bajo la ciudad moderna persiste otra ciudad, mucho más antigua, hecha de sedimentos, huesos y climas desaparecidos.

Ciencia, paisaje y cultura
Otro acierto del libro es que no reduce la paleontología a una serie de hallazgos aislados. Todo el tiempo conecta fósiles con procesos geológicos, transformaciones del relieve, cambios del mar y redes fluviales. Un buen ejemplo es el capítulo sobre ríos y arroyos porteños, donde los autores vinculan la historia paleontológica con el paisaje actual de la ciudad, sus desniveles y sus cursos de agua entubados.
También resulta valioso que el volumen incorpore capítulos como Gentiles y fósiles o Cómo hacer paleontología desde el jardín y la verdulería, que amplían el foco y sugieren que la lectura del pasado profundo no depende únicamente de excavaciones espectaculares. El mensaje final del libro va exactamente en esa dirección: todavía hoy existe paleontología en Buenos Aires, y para empezar a descubrirla alcanza con observar árboles, piedras, calles y materiales urbanos con otros ojos.
Las ilustraciones de esta nota fueron extraídas del libro.
El libro El Paleontólogo Porteño se puede descargar sin cargo haciendo clic aquí.








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