Las orquídeas con cara de mono, estrellas de Internet, están al borde de la extinción.

Tras su singular apariencia, que les ha valido fama mundial en las redes sociales, las orquídeas Dracula —apodadas «orquídeas con cara de mono»— se encuentran en realidad al borde de la extinción. Una evaluación internacional presenta un panorama alarmante, pero existen vías para invertir la tendencia.

Por Diogo Veríssimo, Research Fellow in Conservation Marketing, University of Oxford; Amy Hinsley, Senior Research Fellow, Oxford Martin Programme on the Wildlife Trade, University of Oxford y Luis Baquero, Researcher, Orchid Ecology, Universidad de las Américas (Ecuador)

Parecen pequeños monos que surgen de la niebla. Conocidas por los científicos como Dracula, estas «orquídeas con cara de mono» se han convertido en auténticas celebridades en Internet. Millones de personas han compartido sus fotos, fascinadas por estas flores que parecen sonreír, fruncir el ceño o hacer muecas. Pero detrás de este encanto viral se esconde una realidad mucho más sombría: la mayoría de estas especies se encuentran hoy en día al borde de la extinción.

Una nueva evaluación mundial ha revelado por primera vez el estado de conservación de todas las orquídeas Dracula conocidas. El resultado es alarmante: de las 133 especies estudiadas, casi 7 de cada 10 están en peligro de extinción.

Muchas solo sobreviven en pequeños fragmentos de bosque, a veces en uno o dos lugares únicamente. Algunas solo se conocen a través de plantas cultivadas. Es posible que sus poblaciones silvestres ya hayan desaparecido. Estas orquídeas crecen principalmente en los bosques nubosos andinos de Colombia y Ecuador, que se encuentran entre los ecosistemas más ricos en biodiversidad, pero también los más amenazados del planeta. Su supervivencia depende de condiciones frescas y húmedas, a altitudes medias y altas, donde una niebla constante envuelve los árboles.

Desgraciadamente, estas mismas laderas están siendo rápidamente despejadas para dar paso a pastos para el ganado, cultivos como el aguacate y la ampliación de carreteras y proyectos mineros, actividades que amenazan directamente a varias especies de Dracula (como la Dracula terborchii). A medida que los bosques se reducen y fragmentan, estas orquídeas pierden los microclimas —las condiciones específicas de temperatura, luz y humedad— de los que depende su supervivencia.

Otro peligro proviene de la fascinación que despiertan estas plantas raras y carismáticas. Las orquídeas son apreciadas por sus flores desde hace siglos. El comercio europeo comenzó en el siglo XIX, cuando la «fiebre de las orquídeas» entusiasmó a los coleccionistas adinerados y provocó una explosión de recolecciones en las zonas tropicales.

Hoy en día, esta fascinación perdura, alimentada por Internet. Muchos aficionados y productores profesionales intercambian plantas cultivadas de forma responsable, pero algunos siguen buscando orquídeas silvestres, y las especies de Dracula no son una excepción. Para una planta cuyas poblaciones a veces solo cuentan con unas pocas decenas de ejemplares, una sola expedición de recolección puede resultar desastrosa.

Convertir su popularidad un medio de protección

En el noroeste de los Andes ecuatorianos, una zona bautizada como «Reserva Drácula» alberga una de las mayores concentraciones mundiales de estas orquídeas. La reserva acoge al menos diez especies de Dracula, cinco de las cuales no existen en ningún otro lugar del planeta. Pero las amenazas se acercan. La deforestación relacionada con la agricultura, la minería ilegal e incluso la presencia de grupos armados ponen ahora en peligro al personal de la reserva y a las comunidades circundantes.

Los defensores locales del medio ambiente de la Fundación EcoMinga, que gestionan esta zona, describen la situación como «urgente». Entre sus propuestas figuran el refuerzo de la vigilancia por parte de la comunidad, el apoyo a la agricultura sostenible y el desarrollo del ecoturismo, con el fin de generar ingresos gracias a la protección —en lugar de la destrucción— del bosque.

Orchidée Dracula
Orchidée Dracula. Leela Mei/Shutterstock

Cuando se observan estas flores de cerca, es fácil comprender la fascinación que ejercen. Su nombre, Dracula, no hace referencia al personaje vampiro, sino que proviene del latín «pequeño dragón», debido a sus largos sépalos en forma de colmillos, unas estructuras que se asemejan a pétalos y protegen la flor en desarrollo.

Su extraño aspecto sorprendió a los botánicos del siglo XIX, que al principio creyeron que se trataba de un engaño. Más tarde, a medida que se descubrían nuevas especies, se observó que muchas se parecían a primates diminutos, de ahí su apodo de «orquídeas con cara de mono». A veces se las compara con los pandas del mundo de las orquídeas: carismáticas, fácilmente reconocibles, pero también gravemente amenazadas.

La nueva evaluación ha sido realizada por un equipo de botánicos de Colombia y Ecuador, en colaboración con varias organizaciones internacionales, entre ellas la Universidad de Oxford y el Grupo de Especialistas en Orquídeas de la Comisión de Supervivencia de Especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Por fin se ha colmado una importante laguna.

Se basa en datos de herbarios (muestras de plantas secas recogidas por botánicos), observaciones sobre el terreno y conocimientos locales, con el fin de cartografiar el área de distribución de cada especie y estimar el estado de los bosques restantes. Los resultados confirman lo que muchos especialistas sospechaban desde hacía tiempo: las especies de Dracula están en grave peligro.

Une forêt de nuage
Las orquídeas Dracula crecen en los bosques nubosos de América Central. Ondrej Prosicky/Shutterstock

A pesar de este sombrío panorama, hay motivos para la esperanza. La «Reserva Drácula» y otras zonas protegidas constituyen refugios esenciales, que ofrecen cobijo no solo a las orquídeas, sino también a ranas, monos y una gran variedad de otras especies. Las organizaciones locales colaboran con las comunidades para promover la agricultura sostenible, desarrollar el ecoturismo y recompensar los esfuerzos de protección mediante pagos por servicios ecosistémicos. Se trata de iniciativas modestas en comparación con la magnitud del desafío, pero que demuestran que existen soluciones, siempre y cuando el mundo se interese por ellas.

También existe la oportunidad de convertir esta popularidad en protección. La misma notoriedad en línea que alimenta la demanda de estas orquídeas podría contribuir a financiar su conservación. Si las publicaciones virales sobre estas «flores sonrientes» se acompañaran de información sobre su origen y la amenaza que se cierne sobre ellas, podrían ayudar a cambiar los comportamientos y recordar la necesidad de evitar la recolección excesiva.

Del mismo modo que el panda se ha convertido en un símbolo de la protección de la fauna, las orquídeas con cara de mono podrían encarnar la conservación de las plantas, recordándonos que la biodiversidad no se limita a los animales. El hecho de que las generaciones futuras puedan seguir encontrando estas caras en el bosque, y no solo en sus redes sociales, depende ahora de nuestras acciones.

Esta nota fue preparada por The Conversation.