Viajes de realidad virtual: ¿sustituto del turismo real o imperativo ecológico?

Viajar por el mundo sin salir del salón de casa ya es posible gracias al turismo virtual. Pero, ¿son estas experiencias digitales un incentivo para viajar de verdad o podrían sustituirlo a largo plazo, sobre todo teniendo en cuenta las limitaciones ecológicas?

Hace exactamente treinta años, Nintendo lanzó el precursor de los auriculares de realidad virtual (RV), el Virtual Boy. Aunque el equipo fue un fracaso en su momento, tres décadas después estos auriculares están redefiniendo la forma de sectores enteros de la economía… como el turismo.

El turismo virtual se refiere a todas las experiencias turísticas realizadas a distancia, a través de medios digitales. La literatura económica y de gestión define el turismo virtual como “todas las actividades de las personas que, para aprender o divertirse, se sumergen en una realidad virtual (RV) con el fin de tener la ilusión de cambiar de lugar”. Este turismo desmaterializado contrasta con el turismo in situ, es decir, el desplazamiento físico sobre el terreno, con su parte de viaje, encuentros y sensaciones reales.

En 2020-2021, los confines y las restricciones han impedido viajar a millones de personas. Al no poder viajar, muchos han descubierto las visitas virtuales como forma de satisfacer su deseo de alejarse de todo. La demanda de estas experiencias se ha disparado. El Museo del Louvre registró más de 10 millones de visitas virtuales en sólo dos meses. Hoy en día, estas ofertas digitales siguen atrayendo usuarios, convirtiéndose en parte integrante del paisaje turístico. Queda una pregunta: ¿se ha convertido el turismo virtual en una opción seria para la sostenibilidad del turismo?

La llegada de una nueva ola de tecnologías digitales conocida como Industria 4. 0 a principios de la década de 2010 ha propiciado la aparición de aplicaciones serias de turismo virtual. Estas aplicaciones permiten, sin salir de la comodidad del salón de casa, viajar de forma inmersiva a diversas partes del mundo antes reservadas a los turistas “in situ”. Entonces surgió la pregunta: ¿hasta qué punto el turismo virtual sustituiría a las vacaciones reales?

Para muchos viajeros, la realidad virtual sigue siendo ante todo una forma seductora de descubrir un destino antes de ir en persona, una especie deaperitivo digital. Y esto funciona especialmente bien con las generaciones más jóvenes. En 2023, el 34% de los jóvenes de 16 a 24 años y el 35% de los de 25 a 34 años utilizaban la realidad virtual. Por otra parte, algunas circunstancias específicas -limitaciones ecológicas, limitaciones financieras o razones de seguridad- llevan a algunos usuarios a considerar la realidad virtual como sustituto de los viajes reales.

El costo de los equipos

Todavía estamos lejos de confundir el turismo virtual con el turismo real. La realidad virtual, aunque sea inmersiva, sigue careciendo de las sensaciones físicas y los encuentros espontáneos que conforman la riqueza de un viaje real. Ninguna simulación puede recrear plenamente las sensaciones reales, como los olores, los sabores y los encuentros espontáneos, los elementos esenciales que añaden encanto a unas vacaciones de verdad.

Otro hándicap actual es el coste de los equipos. En Europa, el Apple Vision Pro cuesta a partir de 3.999 euros. Estos costes, considerados prohibitivos, no permiten democratizar los usos. Sin embargo, los nuevos auriculares asociados a los smartphones, que ofrecen experiencias inmersivas de menor calidad, están llegando al mercado en gran número. Modelos autónomos como el Meta Quest 3 (foto), de unos 549 euros, o su versión más asequible, el Meta Quest 3S, de unos 329 euros, ya están haciendo la realidad virtual más accesible al gran público. Como ocurre con todas las tecnologías emergentes, los precios seguirán bajando.

Beneficio ecológico

Los verdaderos beneficios del turismo virtual son ecológicos y medioambientales. El turismo virtual se perfila como una opción sostenible para limitar el impacto ecológico del turismo. Un estudio reciente demuestra que el turismo virtual contribuye a alcanzar 12 de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y 42 de sus 169 metas (25%).

Sustituir un vuelo de larga distancia por un viaje en realidad virtual representa una ganancia evidente: la ausencia de desplazamientos físicos supone una huella de carbono prácticamente nula en comparación con el turismo tradicional. Por ejemplo, según la Agencia Francesa para la Transición Ecológica (Ademe), un solo vuelo de ida y vuelta de París a Nueva York genera unas 1,7 toneladas de CO₂ por pasajero, lo que equivale a las emisiones medias anuales de un francés por calentar su casa.

Entre enero y abril de 2020, la reducción mundial de emisiones deCO2 alcanzó unos 1.749 millones de toneladas, un 14,3% menos que en 2019. Esto se debe principalmente al sector del transporte (58%). En Venecia, el repentino cese del tráfico turístico ha hecho que el agua esté excepcionalmente clara, lo que ha permitido volver a ver peces en los canales.

Un ejemplo de turismo virtual: Machu Picchu

El turismo virtual se perfila como una vía para un turismo más sostenible y una respuesta práctica al turismo excesivo en lugares populares o frágiles como Machu Picchu (Perú), Pompeya (Italia) o la Torre Eiffel de París. A partir de 2021, la UNESCO ha puesto en marcha visitas virtuales inmersivas a Machu Picchu para desviar parte del público, aliviar las infraestructuras locales y preservar este emblemático lugar.

Estos viajes virtuales democratizan el acceso a lugares remotos o de difícil acceso. Personas con movilidad reducida(el 16% de la población mundial, según la Organización Mundial de la Salud), familias con un presupuesto modesto o personas mayores que ya no pueden coger el avión, pueden descubrir el mundo desde casa. Esta mayor accesibilidad, unida a la ausencia de costes de transporte y alojamiento, hace del turismo virtual una opción mucho más económica para el viajero medio. Esta dimensión social está aún por explorar.

Visita virtual previa al viaje

Las agencias de viajes han ido incorporando visitas inmersivas a sus vacaciones, y las aerolíneas han experimentado con la realidad virtual a bordo para entretener a sus pasajeros. Desde hace varios años, la aerolínea alemana Lufthansa ofrece auriculares de realidad virtual en sus salas de aeropuerto, lo que permite a los pasajeros explorar virtualmente sus futuros destinos antes de embarcar.

Para la mayoría, lo virtual no sustituye a los viajes físicos, sino que los complementa. Ya en 2016, el Club Med ofrecía visitas inmersivas a sus villas en las Maldivas (océano Índico). También han surgido iniciativas económicas. Katie Wignall, guía londinense, ha ofrecido visitas interactivas que han permitido a cientos de participantes descubrir lugares emblemáticos de la capital británica, como el Palacio de Buckingham, o barrios poco conocidos, desde sus propias casas.

A fin de cuentas, ¿deben enfrentarse el turismo virtual y el turismo in situ? Más que rivales, pueden considerarse formas complementarias, destinadas a coexistir.

Las experiencias digitales ofrecen una visión valiosa, una forma de aprender, preparar o prolongar un viaje. También permiten viajar de una manera diferente, más respetuosa con el medio ambiente o más accesible para quienes no pueden desplazarse. Por otra parte, el viaje físico sigue siendo una aspiración muy arraigada para muchas personas: descubrir un paisaje lejano con sus propios ojos, sentir el ambiente de una ciudad, entrar en contacto directo con otra cultura… algo que los viajes virtuales no emulan del todo.

Los rápidos avances de la inteligencia artificial (IA) podrían cambiar todo esto. Agentes inteligentes capaces de crear experiencias virtuales a medida, inmersivas y dinámicas están acercando poco a poco lo virtual a lo real, ofreciendo sensaciones sin precedentes. Pero estos avances también plantean una cuestión más profunda: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a confiar nuestro deseo de evasión a los mundos digitales generados por IA?

Foto de apertura: En 2021, la Unesco introducirá visitas virtuales inmersivas a museos y lugares turísticos patrimoniales, con el objetivo de aliviar la presión sobre las infraestructuras locales y preservarlas.