De las tortugas marinas utilizadas como accesorios para selfies a las pirámides escaladas ilegalmente y los animales salvajes manipulados para conseguir videos virales. Una sucesión de episodios en Asia, Oceanía y América Latina plantea preguntas sobre los límites de los creadores de contenido turístico, la responsabilidad de sus seguidores y las consecuencias que puede tener la búsqueda de popularidad digital sobre los lugares visitados.
Una tortuga marina sale del océano y avanza lentamente por una playa de Omán para depositar sus huevos. El proceso forma parte de un ciclo reproductivo que se repite desde hace millones de años y durante el cual el animal necesita tranquilidad. Pero, en lugar de observarla a distancia, dos turistas deciden sentarse sobre su caparazón y hacerse fotografías. Las imágenes terminan publicadas en redes sociales, donde se transforman en un contenido viral.
El episodio, difundido internacionalmente a comienzos de octubre de 2026, involucró al influencer ucraniano Vadym Oleynik y a su pareja, Olena Kravchenko. Según la información publicada por la revista francesa GEO, el incidente ocurrió en la región de Ras al Hadd, una de las principales zonas de nidificación de tortugas marinas de Omán. Las autoridades ambientales consideraron que la conducta infringía las normas de protección de la fauna y anunciaron medidas legales. El influencer posteriormente pidió disculpas y afirmó que desconocía las reglas.

Las fotografías provocaron indignación entre organizaciones ambientalistas y usuarios de redes sociales. Pero el episodio plantea una cuestión que excede el caso individual: ¿hasta dónde puede llegar una persona que convierte sus viajes en un espectáculo destinado a conseguir seguidores, visualizaciones e interacciones?
La pregunta adquiere especial relevancia porque los incidentes de este tipo no son excepcionales. En distintos destinos del mundo se han registrado creadores de contenido manipulando animales silvestres, ingresando en lugares prohibidos, utilizando sitios sagrados como escenarios provocadores y realizando acciones que afectan tanto al patrimonio natural como a las comunidades locales.
No todos los protagonistas de estos episodios son influencers profesionales ni está demostrado que cada infracción haya sido cometida exclusivamente para obtener popularidad. Sin embargo, los casos comparten un elemento: la fotografía o el video convierten una conducta cuestionable en un espectáculo que puede alcanzar a millones de personas y, en ocasiones, incentivar su imitación.

Animales utilizados como accesorios para conseguir visualizaciones
El caso de Omán recuerda una práctica extendida dentro del turismo de fauna: convertir animales vivos en accesorios para producir imágenes llamativas. La diferencia entre observar una especie en libertad y manipularla para una fotografía resulta esencial, pero no siempre es respetada por quienes buscan mostrar una experiencia extraordinaria.
En julio de 2025, la organización World Animal Protection denunció públicamente al influencer canadiense Colton Macaulay después de que difundiera un video en el que capturaba con las manos a un pequeño cocodrilo de agua dulce en el norte de Australia. Las imágenes mostraban al animal forcejeando mientras era sujetado por el cuello. La organización cuestionó la manipulación innecesaria del reptil y advirtió que presentar ese comportamiento como entretenimiento contribuye a normalizar prácticas peligrosas para los animales y las personas.

La controversia no se limita a cocodrilos y tortugas. En Estados Unidos, PETA ha denunciado al creador de contenido Michael Holston, conocido como The Real Tarzann (foto de derecha), por publicaciones que incluyen interacciones invasivas con animales salvajes, entre ellas la manipulación de cocodrilos. La organización sostiene que utilizar esas situaciones para generar videos espectaculares puede incentivar conductas de maltrato disfrazadas de educación ambiental. Se trata de denuncias de la entidad animalista, que deben distinguirse de posibles resoluciones judiciales.
Existe evidencia científica que respalda la preocupación general. Una investigación publicada en noviembre de 2024 en Science of the Total Environment, titulada Liked to death: the impacts of social media and photography on biodiversity, examinó cómo las redes sociales y la búsqueda de fotografías pueden perturbar a los animales silvestres. Los autores identificaron efectos directos, como interrupciones de la alimentación y de la reproducción, e indirectos, como el aumento del riesgo de transmisión de enfermedades y la exposición al tráfico de fauna.
Estos antecedentes muestran por qué incluso un contacto aparentemente breve puede tener consecuencias. El impacto no depende únicamente de la fuerza ejercida sobre el animal, sino también del momento biológico en que se produce la interacción, del estrés provocado y de la posibilidad de que otros visitantes intenten reproducir la escena.
América Latina: cuando la selva se transforma en un estudio fotográfico
La Amazonía ofrece uno de los ejemplos más documentados del problema. En 2017, World Animal Protection investigó actividades turísticas en Manaos, Brasil, y Puerto Alegría, Perú, y encontró prácticas de explotación de fauna silvestre destinadas a proporcionar fotografías a los visitantes.
La investigación describió situaciones en las que perezosos, caimanes, anacondas y otras especies eran extraídos de sus ambientes naturales y manipulados para permitir selfies. En algunos casos, los perezosos permanecían atados a árboles y eran sometidos a un contacto continuo con turistas. La organización documentó también problemas graves de supervivencia de los ejemplares utilizados en estas actividades.

Aunque estas prácticas no se originaron necesariamente en los influencers, las redes sociales contribuyen a promocionar y sostener la demanda de experiencias fotográficas con animales. Una imagen de un visitante abrazando a un perezoso puede parecer inocente para quien la observa, pero no muestra necesariamente cómo fue capturado el ejemplar, en qué condiciones vive ni qué sucede cuando termina la sesión.
La misma lógica puede afectar a otros animales emblemáticos de América Latina. El valor comercial deja de estar en la observación respetuosa de la fauna y pasa a depender de la posibilidad de tocarla, sostenerla o producir una imagen extraordinaria.
El problema es que, cuando una experiencia se vuelve popular, otros viajeros pueden intentar repetirla. De esta manera, un contenido aparentemente individual contribuye a construir una demanda turística que multiplica la presión sobre los animales.
Brasil: un búfalo convertido en espectáculo para redes sociales
Un caso ocurrido en julio de 2026 en la isla de Marajó, en el estado brasileño de Pará, incorporó otra dimensión al debate: la utilización de elementos culturalmente significativos de una región como material para producir contenido provocador.
La influencer Lia Mendonça publicó un video junto al cantante MC Daniel y otros creadores digitales en el que mostraban la preparación de un búfalo entero asado. La grabación incluía una escena en la que trasladaban el animal muerto por el agua antes de cocinarlo. Las imágenes provocaron críticas porque el búfalo ocupa un lugar importante en la economía, la identidad y las tradiciones de Marajó.
El episodio generó reacciones divididas. Algunos defendieron la producción como una expresión de la gastronomía regional, mientras que otros cuestionaron la escenificación del animal y su utilización como espectáculo. La Municipalidad de Soure negó haber autorizado o apoyado la grabación. Mendonça retiró el video y se disculpó con quienes se sintieron ofendidos.
El caso exige distinguir entre la práctica cultural de criar y consumir carne de búfalo —que forma parte de la vida económica y alimentaria de la región— y la decisión de convertir un animal muerto en protagonista de una puesta en escena concebida para generar repercusión digital. No hay fundamentos para equiparar automáticamente ese video con el maltrato de una tortuga viva durante su reproducción.
Sin embargo, el debate permite preguntarse si los creadores de contenido tienen derecho a presentar cualquier elemento de una cultura local como material humorístico o provocador sin considerar cómo lo interpretan las comunidades que viven allí.
Bali: cuando los lugares sagrados se convierten en escenarios de provocación
En Indonesia, las tensiones entre influencers y comunidades locales alcanzaron una dimensión particularmente visible en 2022 y 2023. La isla de Bali, donde el turismo internacional convive con una cultura de fuerte tradición hinduista, fue escenario de varios incidentes protagonizados por visitantes extranjeros que utilizaron espacios sagrados como fondos para fotografías y videos provocadores.
Uno de los casos más conocidos fue el de la influencer rusa Alina Fazleeva, que en 2022 publicó imágenes en las que aparecía desnuda junto a un árbol considerado sagrado. El episodio generó críticas entre los habitantes de la isla, llevó a la realización de una ceremonia de purificación y terminó con la deportación de la visitante.
En 2023, otra ciudadana rusa, Luiza Kosykh, fue detenida y deportada después de publicar una fotografía en la que aparecía desnuda frente a un árbol de gran valor religioso para la comunidad. Según su explicación, desconocía el significado espiritual del lugar.
Los episodios fueron documentados por The Guardian, que también informó sobre las críticas de residentes balineses a otros comportamientos, como las fotografías inapropiadas en templos y la conducción peligrosa de motocicletas para generar videos.

En otro incidente, un creador conocido como Dream Chaser Traveler provocó indignación al sentarse sobre una estructura sagrada del templo Pura Teratai Bang, en Bedugul. Posteriormente retiró la publicación y pidió disculpas.
La cuestión central no es que un visitante deba compartir las creencias religiosas de la comunidad que lo recibe. El problema surge cuando ignora deliberadamente las normas de acceso y respeto o utiliza un espacio de culto como escenario para conseguir una imagen que probablemente no podría producir en su propio país sin recibir cuestionamientos.
La libertad creativa del turista entra entonces en conflicto con el derecho de la población local a preservar el significado de sus espacios religiosos y culturales.
México: las pirámides como escenario para videos millonarios
En México, el patrimonio arqueológico también se convirtió en protagonista de controversias vinculadas con las redes sociales.
En mayo de 2025, el popular youtuber estadounidense MrBeast publicó un video sobre su recorrido por antiguos templos y pirámides de Yucatán y Campeche. La producción generó una controversia con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), que sostuvo que la empresa vinculada con el creador había excedido los permisos concedidos para filmar.
Según informó Reuters, las autoridades mexicanas iniciaron acciones contra la productora Full Circle Media por presuntas irregularidades en el uso comercial de las imágenes. El INAH aclaró que había autorizado determinadas grabaciones, pero cuestionó la monetización y otras condiciones de la producción.
El caso revela una tensión particular: cuando un creador cuenta con una audiencia de cientos de millones de seguidores, cualquier sitio patrimonial puede adquirir un enorme valor comercial. El riesgo es que monumentos arqueológicos, templos y paisajes históricos sean tratados como escenografías disponibles para producir contenido, sin que sus responsables puedan establecer plenamente las condiciones de utilización.
En Chichén Itzá, el problema también aparece con turistas que suben ilegalmente a la pirámide de Kukulcán para fotografiarse o filmarse. En enero y septiembre de 2025 se registraron nuevos incidentes que terminaron con intervenciones de seguridad. En uno de ellos, un visitante extranjero cruzó las barreras, ascendió varios escalones y posó para una fotografía pese a las advertencias del público.
No está demostrado que todos estos visitantes buscaran obtener seguidores. Pero la presencia de cámaras y la posterior circulación de los videos muestran cómo una infracción patrimonial puede adquirir notoriedad digital y, potencialmente, incentivar nuevos comportamientos similares.
Perú y Argentina: la exposición digital de conductas dañinas
En junio de 2024, un turista fue expulsado de Machu Picchu después de ser sorprendido orinando dentro del sitio arqueológico. El incidente fue grabado, difundido en TikTok y denunciado públicamente por otros visitantes. Los guías intervinieron para retirar al responsable. No hay datos suficientes para describirlo como influencer, pero el episodio refleja otra forma de desprecio hacia el patrimonio cultural.

En la Argentina, un caso reciente muestra cómo las propias redes sociales también pueden convertirse en una fuente de pruebas. En septiembre de 2026, el santafesino Milton Espeche fue denunciado por presuntas infracciones relacionadas con la caza de aves protegidas en la zona de la Laguna Setúbal. El hombre había publicado fotografías y videos de sus actividades, que posteriormente fueron utilizados por organizaciones ambientalistas para impulsar las denuncias.
Según informó Infobae, el caso derivó en actuaciones administrativas y penales. Espeche argumentó que cazaba para alimentarse. Esta explicación y el estado de las investigaciones deben considerarse antes de atribuirle motivaciones vinculadas exclusivamente con la popularidad digital.
Estos ejemplos latinoamericanos comparten un rasgo con los episodios internacionales: las imágenes que inicialmente se presentan como entretenimiento o registro personal pueden convertirse en evidencia de conductas cuestionadas y generar consecuencias legales o administrativas.
Por qué algunos influencers cruzan los límites: el negocio de la provocación
El problema no puede explicarse únicamente por la falta de educación ambiental o el desconocimiento de las normas locales. La estructura económica de las redes sociales introduce incentivos que ayudan a comprender por qué determinados creadores producen contenidos cada vez más extremos.
Una fotografía convencional frente a un templo, una playa o un animal puede resultar menos novedosa que una escena en la que alguien desafía una prohibición, manipula una especie salvaje o actúa de manera provocadora. Las plataformas no recompensan necesariamente el valor ambiental o cultural de una publicación, sino que ofrecen visibilidad a contenidos capaces de generar atención e interacción.
En ese sistema, la indignación puede funcionar como un mecanismo de difusión. Los comentarios críticos, las discusiones y la circulación de un video para denunciarlo también pueden incrementar su alcance, aunque el efecto exacto depende de cada plataforma y de sus sistemas de recomendación.

La lógica puede resumirse en una secuencia:

El fenómeno también se relaciona con la competencia entre creadores. A medida que aumenta la cantidad de personas que producen contenido turístico, crece la presión por ofrecer algo diferente. Esa diferenciación puede expresarse mediante calidad narrativa, conocimiento y creatividad, pero también mediante provocaciones, transgresiones y desafíos a las normas.
La propia construcción de una identidad digital puede llevar a algunos influencers a interpretar el mundo como un conjunto de escenarios disponibles para su propia actuación. Los animales se convierten en accesorios, los residentes en personajes secundarios y los paisajes en fondos visuales que deben producir impacto inmediato.
De este modo, el problema no está exclusivamente en una persona que realiza una acción imprudente, sino también en un entorno que puede convertir esa acción en un producto de entretenimiento.
Imitación generada por las redes, cuando decenas y decenas de personas quieren sacar la misma fotos al mismo momento para sus seguidores:

Qué dice la investigación científica sobre el vandalismo de los influencers
La discusión ya comenzó a ser abordada por investigadores del sector turístico. En diciembre de 2025, el Journal of Hospitality and Tourism Management publicó un estudio titulado Unveiling the darkness beneath the bright facade: Travel influencers’ environmental vandalism.
El trabajo, desarrollado por Mengmeng Song, Rui Guo y Yuchen Wang, analizó cómo reaccionan los turistas ante comportamientos destructivos protagonizados por influencers de viajes. La investigación combinó grupos de discusión y experimentos basados en escenarios hipotéticos, con especial atención a las emociones morales que despiertan esas conductas.
Todo para una foto y un like: hasta con piezas de museo…

Los autores encontraron que las acciones percibidas como vandalismo ambiental pueden generar rechazo y aumentar la disposición de los consumidores a participar en boicots. También observaron que los comportamientos cuestionables atribuidos a influencers con grandes audiencias provocaban, en las condiciones experimentales, reacciones de desprecio moral más intensas que los atribuidos a creadores pequeños.
El hallazgo es relevante porque contradice la idea de que cualquier polémica beneficia inevitablemente al creador. Una mayor visibilidad puede acompañarse de pérdida de credibilidad, rechazo de la audiencia y problemas de reputación.
El estudio también advierte que las empresas turísticas deben considerar el comportamiento de los influencers antes de contratarlos. Una marca puede obtener exposición mediante una campaña viral, pero también quedar asociada a conductas que afectan su reputación y sus compromisos ambientales.
Conviene señalar que estas conclusiones proceden de una investigación experimental y no permiten calcular cuánto dinero o cuántos seguidores pierde un creador concreto después de protagonizar una controversia.
La responsabilidad de los destinos, los operadores turísticos y las marcas
La conducta de los influencers no depende solamente de decisiones individuales. También intervienen las empresas que los contratan, los operadores que organizan experiencias, las autoridades que conceden permisos y las plataformas que distribuyen los contenidos.
El caso de Omán es ilustrativo. Según el artículo de GEO aportado, los visitantes habrían estado acompañados por personas vinculadas con actividades de vigilancia ambiental. Si esa información se confirma, surge una pregunta adicional sobre el papel de quienes debían garantizar que los animales no fueran perturbados.
Algo similar ocurre con los establecimientos que ofrecen fotografías con fauna silvestre o con los organizadores de excursiones que permiten acceder a zonas restringidas para satisfacer pedidos de visitantes interesados en producir contenidos exclusivos.
Las autoridades de los destinos pueden establecer reglas, supervisar actividades y aplicar sanciones, pero también necesitan informar correctamente a quienes llegan. Un ejemplo es el Parque Nacional Galápagos, en Ecuador, que prohíbe los vuelos recreativos y turísticos de drones en sus áreas protegidas y establece autorizaciones específicas para proyectos de filmación y fotografía. El objetivo es evitar perturbaciones a la fauna y proteger ecosistemas vulnerables.
Las empresas que trabajan con influencers, por su parte, pueden incorporar cláusulas ambientales y culturales en sus contratos, exigir el cumplimiento de las regulaciones locales y suspender colaboraciones cuando existen infracciones verificadas. Este enfoque desplaza parte de la responsabilidad desde el creador hacia quienes financian y se benefician de su actividad.
¿Cómo manifestar el desacuerdo sin hacer más famoso al responsable?
Una de las dificultades de estas controversias es que la reacción pública puede contribuir a amplificar precisamente aquello que pretende condenar. Compartir repetidamente el video original, etiquetar al responsable o generar discusiones interminables en su perfil puede aumentar la circulación del contenido.
No existe una respuesta universal, pero sí medidas que permiten transformar la indignación en acciones más concretas.
Denunciar la publicación dentro de la plataforma. Utilizar los mecanismos de reporte por maltrato animal, promoción de actividades peligrosas, daño ambiental o incumplimiento de normas, según corresponda. Conviene describir el hecho con precisión y no atribuir infracciones que no estén comprobadas.
Evitar compartir innecesariamente el video original. Para informar o cuestionar un comportamiento, puede ser preferible difundir una nota periodística, una explicación de una organización ambiental o un comunicado oficial. Así se informa sin dirigir automáticamente nuevas visitas al perfil del protagonista.
Comunicar el hecho a las autoridades competentes. Ante un posible delito o una infracción ambiental, es más útil enviar la evidencia a guardaparques, autoridades de fauna, organismos de patrimonio o entidades policiales que limitarse a expresar indignación en comentarios públicos. Se deben conservar los enlaces, fechas y capturas pertinentes sin modificar el material.
Pedir explicaciones a patrocinadores y organizadores. Cuando un creador participa en una campaña comercial identificable, es razonable consultar a las empresas involucradas sobre sus políticas de bienestar animal, conservación y respeto cultural. Esto resulta más eficaz si el reclamo es verificable y específico.
Dar visibilidad a alternativas responsables. Seguir y difundir el trabajo de guías locales, científicos, fotógrafos de naturaleza y comunicadores que respeten los ecosistemas puede contribuir a modificar qué clase de contenidos turísticos reciben reconocimiento.
También es importante evitar amenazas, insultos, campañas de hostigamiento y divulgación de datos personales. Esas conductas no reparan el daño ambiental, pueden perjudicar a personas ajenas al incidente y desviar la atención del comportamiento que originó la controversia.
Qué puede decir un usuario ante una publicación de este tipo
La respuesta pública puede ser firme sin convertirse en una agresión personal. Un comentario breve que identifique la conducta, explique su posible impacto y solicite una rectificación puede ser más útil que un intercambio prolongado de insultos.
Esta publicación muestra una interacción que puede perjudicar a un animal silvestre y promover su imitación. Los animales no son accesorios para fotografías ni videos. Sería importante retirar el contenido, explicar por qué la conducta es inapropiada y difundir las recomendaciones de las organizaciones que protegen esta especie. Viajar también implica respetar la fauna y los lugares que visitamos.
En casos relacionados con comunidades locales o lugares sagrados, conviene escuchar primero a sus representantes. No corresponde que los visitantes extranjeros definan unilateralmente qué resulta ofensivo o aceptable para una cultura que no es la propia.
¿Hasta dónde debería llegar la libertad creativa?
La libertad de expresión y la creatividad son componentes legítimos de la producción audiovisual. Un influencer puede recurrir al humor, la ironía, la exageración o la provocación para contar sus experiencias, pero esas formas de expresión no eliminan las responsabilidades derivadas de sus actos.
Hay una diferencia sustancial entre realizar una parodia sobre una experiencia turística y alterar deliberadamente el comportamiento de un animal, dañar un monumento o ingresar sin autorización a un espacio culturalmente protegido. En el primer caso, la provocación se desarrolla en el terreno de la representación; en el segundo, puede producir consecuencias materiales sobre otros seres vivos, personas o bienes colectivos.
El argumento de que una acción se realizó solamente para divertir tampoco resuelve el problema. Un animal estresado durante la reproducción, una estructura arqueológica deteriorada o una comunidad que considera profanado su lugar sagrado no dejan de experimentar las consecuencias porque el autor haya presentado el episodio como una broma.
La responsabilidad adquiere una dimensión adicional cuando la persona tiene una audiencia importante. Un creador con cientos de miles o millones de seguidores no solamente registra una experiencia: también ofrece modelos de comportamiento que otras personas pueden considerar aceptables o dignos de imitación.
Por eso, la cuestión no es cuánto puede arriesgar un influencer para producir contenido, sino qué derecho tiene a trasladar ese riesgo a los animales, los ecosistemas, el patrimonio o las comunidades que utiliza como escenario.
Un nuevo desafío para el turismo: dejar de premiar la transgresión
La popularidad de los creadores digitales transformó la manera en que se descubren y promocionan los destinos. Muchos influencers realizan aportes valiosos al difundir lugares poco conocidos, apoyar emprendimientos locales y acercar conocimientos sobre naturaleza, historia y culturas diferentes. El problema aparece cuando la competencia por conseguir atención convierte la transgresión en una estrategia de visibilidad.
Los casos documentados muestran distintos niveles de gravedad: desde infracciones a las normas de visita y conflictos culturales hasta posibles situaciones de maltrato animal y daños al patrimonio. No todos deben equipararse ni merecen las mismas consecuencias. Pero juntos permiten identificar una tensión entre la producción comercial de contenido y el respeto por los lugares que hacen posible ese contenido.
Las redes sociales pueden contribuir a esa tensión, pero también ofrecer herramientas de control público. Videos que buscan conseguir seguidores terminan, en ocasiones, proporcionando evidencia para denuncias ambientales, sanciones administrativas o debates sobre las responsabilidades de las empresas turísticas.
El caso de la tortuga de Omán resume esa contradicción. Una escena concebida para mostrar una experiencia extraordinaria terminó exponiendo una conducta cuestionada por las autoridades ambientales y por defensores de la fauna. Su repercusión abre una oportunidad para explicar por qué las tortugas necesitan tranquilidad durante la nidificación y por qué observar animales silvestres implica mantener distancia.
El desafío para viajeros, destinos y plataformas consiste en impedir que la indignación se agote en unos días de comentarios. Las respuestas con mayores posibilidades de producir cambios son aquellas que contribuyen a establecer normas claras, exigir responsabilidades proporcionadas y dar visibilidad a otras formas de viajar.
El mejor contenido turístico no necesita convertir al lugar visitado, a sus habitantes o a sus animales en víctimas del espectáculo.









Deja un comentario