Takahē: el ave que Nueva Zelanda creyó extinta durante medio siglo y volvió a caminar en libertad

Grande, incapaz de volar y cubierta por un plumaje azul, turquesa y verde, el takahē parece salido de otro tiempo. Durante casi 50 años se lo consideró desaparecido, hasta que una expedición encabezada por el médico Geoffrey Orbell encontró ejemplares vivos en 1948, en un remoto valle de Fiordland. Hoy quedan poco más de 500 y Nueva Zelanda desarrolla uno de sus programas de conservación más emblemáticos para devolver esta extraordinaria ave a territorios donde llevaba generaciones ausente.

Hay animales cuya historia parece escrita como una novela de aventuras. El takahē de la Isla Sur (Porphyrio hochstetteri) pertenece a ese reducido grupo de especies que fueron dadas por extinguidas y, décadas después, reaparecieron vivas. En biología suelen llamarse “especies Lázaro”: organismos que vuelven a ser encontrados después de que se creyera que habían desaparecido.

El takahē es endémico de Nueva Zelanda y no se parece demasiado a la imagen habitual de un ave. Es pesado, de patas gruesas, alas pequeñas y un enorme pico rojo. No puede volar y se desplaza caminando entre pastizales y matorrales. El Departamento de Conservación neozelandés (DOC) lo define como el miembro viviente de mayor tamaño de la familia de los rállidos, el grupo al que pertenecen gallinetas y rascones. Un adulto puede pesar entre 2,3 y 3,8 kilos.

Su aspecto explica por qué muchas descripciones lo presentan como un “ave prehistórica”. La expresión funciona bien visualmente, aunque no significa que el animal haya permanecido sin cambios desde la prehistoria ni que sea literalmente un fósil viviente. Más preciso es decir que pertenece a una antigua historia evolutiva de Nueva Zelanda, un territorio donde, durante millones de años, numerosas aves evolucionaron prácticamente sin mamíferos terrestres depredadores.

Un ave azul y verde que perdió la capacidad de volar

El takahē resulta difícil de confundir cuando se lo observa de cerca. Tiene cabeza, cuello y pecho de un azul real muy oscuro; hombros azulados y un dorso que combina turquesas, verdes oliváceos e irisaciones. Las patas son rojas y extraordinariamente robustas, mientras que el grueso pico escarlata continúa hacia una placa frontal del mismo color. Aunque conserva alas, ya no le permiten volar: las utiliza principalmente durante el cortejo o en demostraciones de agresividad.

Su pariente visual más parecido es el pūkeko, la gallineta púrpura que puede verse con relativa facilidad en Nueva Zelanda. Pero el pūkeko es más esbelto y sí vuela; el takahē es considerablemente más macizo y presenta una gama de colores más intensa. Esa corpulencia constituye una adaptación a una vida enteramente terrestre.

En la naturaleza se alimenta sobre todo de las bases tiernas y ricas en almidón de gramíneas y juncos de montaña, además de semillas. Cuando la nieve cubre los pastizales puede refugiarse en zonas boscosas y consumir rizomas de helechos. Las parejas ocupan territorios extensos, que pueden variar enormemente según la disponibilidad de alimento.

El ritmo de reproducción tampoco ayuda a recuperar rápidamente la especie. Los takahē crían una sola vez al año y normalmente sacan adelante uno o dos polluelos. En estado silvestre pueden vivir entre 16 y 18 años, y en santuarios alcanzar aproximadamente los 20 o 22.

La desaparición que parecía definitiva

Los registros fósiles y arqueológicos muestran que el takahē estuvo en otro tiempo mucho más extendido por la Isla Sur. Los cambios naturales en el paisaje después de las glaciaciones redujeron parte de sus pastizales, pero el verdadero golpe llegó con la presencia humana y, especialmente, con la introducción de mamíferos.

Nueva Zelanda evolucionó durante millones de años prácticamente sin depredadores mamíferos terrestres. Muchas de sus aves perdieron la capacidad de volar porque simplemente no necesitaban escapar de ellos. Esa estrategia se convirtió en una enorme desventaja cuando llegaron ratas, gatos, armiños y otros animales capaces de atacar a adultos, huevos y polluelos.

A ello se sumaron la caza, la transformación del hábitat y la introducción de herbívoros como los ciervos, que compiten con los takahē por las mismas plantas. El declive fue tan fuerte que, después de los últimos registros del siglo XIX, la especie pasó a ser considerada extinta. El DOC señala que se la creyó desaparecida nuevamente desde 1898 hasta su espectacular redescubrimiento medio siglo más tarde.

Existe además una precisión taxonómica interesante. Nueva Zelanda tuvo dos especies de takahē. El de la Isla Sur es el Porphyrio hochstetteri que todavía vive; el takahē de la Isla Norte, conocido también como mōho (Porphyrio mantelli), sí se extinguió.

Geoffrey Orbell, el hombre que no creyó en la extinción

La historia cambió gracias a Geoffrey Orbell, un médico de Invercargill aficionado a la naturaleza y la caza. Desde joven se había interesado por el misterioso pájaro y nunca terminó de aceptar que hubiera desaparecido por completo.

Su atención se concentró en las Murchison Mountains, una región abrupta y aislada al oeste del lago Te Anau, dentro del actual Fiordland National Park. Durante una expedición en abril de 1948, Orbell escuchó un llamado desconocido y encontró grandes huellas de ave en la arena. Las midió y llegó a convencerse de que podían pertenecer precisamente al takahē.

Meses después regresó acompañado por Neil McCrostie, Rex Watson y Joan Telfer. El 20 de noviembre de 1948, el grupo entró en un claro de pastos altos y encontró finalmente aquello que buscaba: un ave de gran tamaño, pico rojo y plumaje azul y verde. Poco después apareció otra. Orbell llevaba una cámara cinematográfica y pudo registrar el descubrimiento. Los ejemplares fueron capturados temporalmente para ser examinados y luego liberados.

La noticia recorrió el mundo. Después de casi medio siglo sin pruebas concluyentes, el takahē estaba vivo.

Más de siete décadas después, el Museo de Nueva Zelanda Te Papa conserva y difundió aquellas imágenes en color, uno de los documentos históricos más extraordinarios de la conservación de fauna del país.

Un refugio accidental en las montañas

El aislamiento que hacía tan difíciles las expediciones a las Murchison Mountains había sido, paradójicamente, la salvación del takahē. La región reúne decenas de miles de hectáreas de montañas, valles, bosques de hayas y pastizales alpinos, con una presencia históricamente menor de algunos depredadores introducidos.

Todas las poblaciones actuales conocidas de takahē de la Isla Sur descienden de los animales que sobrevivieron en aquel refugio. Las Murchison siguen siendo su principal bastión y concentraban alrededor de 240 ejemplares según la estimación oficial de 2024.

El descubrimiento también puso en marcha lo que el DOC describe como el programa de recuperación de una especie amenazada más antiguo de Nueva Zelanda. Durante décadas se ensayaron incubación artificial, cría asistida, traslado de parejas a islas libres de depredadores y, posteriormente, reproducción más natural en centros especializados.

Uno de los episodios más curiosos ocurrió en el Burwood Takahē Centre, creado en 1985. Durante años, algunos polluelos fueron criados utilizando títeres con apariencia de takahē para reducir la impronta humana. Más adelante el programa abandonó ese sistema y pasó a favorecer que las propias parejas adultas incubaran y criaran a sus descendientes.

De unas pocas aves a más de 500

La recuperación ha sido lenta. En 2016 la población total volvió a superar los 300 individuos; en 2023 alcanzó los 500. El dato oficial más reciente del DOC, publicado en mayo de 2026, indica que existen algo más de 500 takahē y que la especie se mantiene clasificada en Nueva Zelanda como “Threatened – Nationally Vulnerable”, es decir, amenazada y nacionalmente vulnerable.

El número puede parecer alentador comparado con la situación del siglo XX, pero continúa siendo extremadamente pequeño. Un episodio ocurrido en 2007 muestra hasta qué punto la recuperación sigue siendo frágil: una proliferación de armiños redujo aproximadamente a la mitad la población de las Murchison Mountains.

Por eso, la estrategia actual no consiste solamente en aumentar el número total, sino en crear varias poblaciones silvestres capaces de mantenerse por sí mismas. Distribuir los ejemplares reduce el riesgo de que una catástrofe, una enfermedad o una invasión de depredadores destruya una proporción demasiado grande de la especie.

El regreso a territorios donde había desaparecido

En 2023 se produjo uno de los hitos más simbólicos del proyecto. Dieciocho takahē fueron liberados en Greenstone Station, en Upper Whakatipu, cerca de Queenstown, con el propósito de establecer una nueva población silvestre. Posteriormente se sumaron otros ejemplares y los primeros resultados mostraron aves saludables y reproducción exitosa.

En febrero de 2025 otros 18 fueron liberados en Rees Valley, ampliando el proyecto de recuperación en la región de Whakatipu. La decisión fue posible porque los primeros animales trasladados a Greenstone habían conseguido adaptarse y criar.

La expansión continuó en mayo de 2026, cuando ocho ejemplares fueron trasladados a Onetahua/Farewell Spit, en Golden Bay, después de construirse una barrera contra depredadores y reforzarse el control de especies invasoras. El lugar es además un espacio muy visitado, de modo que la presencia del takahē suma una nueva posibilidad de observación de fauna para quienes recorren esa zona.

No todos los experimentos funcionaron igual. El DOC decidió reducir su presencia en Gouland Downs, dentro del Kahurangi National Park, después de comprobar que la disponibilidad de alimento y el éxito reproductivo eran menores de lo esperado. Esa experiencia permitió mejorar los criterios utilizados posteriormente para elegir nuevos territorios.

Un tesoro para los maoríes

La recuperación del takahē no es solamente un proyecto de biodiversidad. Para Ngāi Tahu, el principal iwi maorí de gran parte de la Isla Sur, el ave es un taonga, una palabra que puede traducirse aproximadamente como tesoro o bien de enorme valor cultural y espiritual.

Ngāi Tahu participa junto con el Departamento de Conservación en su protección y ejerce el papel de kaitiaki, guardianes del animal y de su relación con el territorio. Las recientes reintroducciones fueron realizadas también sobre tierras vinculadas con las comunidades maoríes y recuperan una presencia del takahē que había desaparecido de esos paisajes durante generaciones.

Dónde puede verlo un viajero

Aunque encontrar un takahē verdaderamente silvestre sigue siendo algo excepcional, hoy existen más oportunidades que hace algunas décadas. El propio DOC mantiene una guía actualizada de lugares donde observarlos.

En estado silvestre pueden aparecer en las Murchison Mountains y, más recientemente, en sectores de Upper Whakatipu. En esta última región, existe la posibilidad de encontrarlos en recorridos como Greenstone and Caples Tracks, Rees-Dart y Routeburn, aunque nunca puede garantizarse un avistamiento.

Para una observación más accesible existen santuarios y reservas abiertas al público. Entre ellas figuran Zealandia, en Wellington; Te Anau Bird Sanctuary, junto al lago Te Anau; Orokonui Ecosanctuary, cerca de Dunedin; Auckland Zoo; Willowbank Wildlife Reserve, en Christchurch; Sanctuary Mountain Maungatautari; Kapiti Island y varias de las islas libres de depredadores del golfo de Hauraki, como Tiritiri Matangi y Motutapu. Desde 2026 también pueden verse en Pūponga Farm Park, junto a Farewell Spit.

En todos los casos hay una regla fundamental: mantener distancia, no alimentarlos y evitar cualquier comportamiento que pueda estresarlos. El DOC pide especial cuidado durante la temporada de reproducción y cuando hay polluelos.

El ave que tuvo una segunda oportunidad

Hay una imagen poderosa detrás de la historia del takahē. Durante cincuenta años, el mundo siguió adelante creyendo que ya no existía. Mientras tanto, unos pocos ejemplares continuaban caminando entre los pastizales de una cordillera remota, aislados del resto del planeta.

El descubrimiento de 1948 no significó que la especie estuviera salvada; simplemente ofreció una segunda oportunidad. Desde entonces hicieron falta décadas de control de depredadores, reproducción dirigida, manejo genético, restauración de hábitats y reintroducciones para conseguir que el número volviera a superar los 500 individuos.

Hoy todavía está amenazado. Pero por primera vez en mucho tiempo, la historia del takahē ya no consiste únicamente en impedir su desaparición. Nueva Zelanda intenta algo más ambicioso: devolverlo al paisaje del que había sido expulsado.