De Robinson Crusoe y La isla del tesoro a Papelucho, Perla Suez y nuevas voces latinoamericanas, la literatura infantil y juvenil utiliza el viaje para enseñar a observar, imaginar territorios y comprender otras culturas. Para el turismo, estos relatos también pueden funcionar como una primera aproximación emocional a un destino.
El viaje ocupa un lugar particular en la literatura infantil y juvenil. A veces supone atravesar mares, recorrer países o internarse en territorios desconocidos; otras, apenas consiste en salir de casa, imaginar un lugar lejano o transformar un paisaje cotidiano en un territorio de aventura. En todos los casos, el desplazamiento permite modificar la relación del protagonista con el mundo y, al mismo tiempo, ofrece al lector una forma de conocer lugares a los que quizás todavía no ha viajado.
La tradición viene de lejos. Robinson Crusoe, publicado por Daniel Defoe en 1719, instaló una de las grandes matrices de la literatura de aventuras: el personaje que llega a un territorio desconocido y debe aprender a relacionarse con él. De esa tradición surgieron numerosas “robinsonnades”, mientras que La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, introdujo otra variante decisiva al poner a un adolescente, Jim Hawkins, en el centro de una aventura de viajes, piratas y descubrimientos. A ellos se sumaron Tom Sawyer, de Mark Twain, y La vuelta al mundo en ochenta días, de Jules Verne, entre muchos otros títulos que convirtieron el desplazamiento en una herramienta narrativa y educativa.

Un mapa que se construye leyendo
Una de las claves está en que el viaje literario no necesita reproducir exactamente una experiencia turística. Puede ser real, histórico, imaginario o incluso completamente fantástico. Lo importante es que obliga al lector a construir mentalmente un espacio: imaginar distancias, paisajes, costumbres, sonidos, climas, formas de desplazamiento y relaciones entre los personajes y el territorio.
La geografía puede convertirse así en una experiencia narrativa. El concepto de “geografía experiencial” utilizado por especialistas en didáctica parte justamente de la relación entre conocimiento y experiencia personal. Las vacaciones, los desplazamientos cotidianos y las movilidades excepcionales pueden generar conocimientos que después se consolidan cuando el viajero los cuenta, los escribe o los representa. En el caso de los niños, escribir lo que observaron puede ser una manera de apropiarse de ese conocimiento.
Robinson Crusoe y Viernes en una ilustración clásica:

El proceso también funciona en sentido inverso. Un niño puede conocer un territorio primero a través de un libro y recién años después llegar físicamente a ese lugar. La literatura le habrá proporcionado, entretanto, una primera imagen mental. No será necesariamente una imagen exacta ni objetiva, pero sí una referencia emocional desde la cual podrá mirar el destino cuando finalmente lo visite.
Para el turismo, esta dimensión resulta especialmente interesante. Antes de comprar un pasaje, elegir un hotel o recorrer un museo, muchas personas ya tienen una representación de un lugar construida a través de novelas, cuentos, películas, ilustraciones y relatos familiares. En el caso de los lectores jóvenes, esa relación puede comenzar mucho antes de que exista la posibilidad concreta de viajar.

De Stevenson a los chicos que escriben
Robert Louis Stevenson es un ejemplo particularmente significativo. Antes de convertirse en autor de La isla del tesoro, Stevenson escribió durante su infancia diarios y textos vinculados con sus viajes. Entre los nueve y los doce años registró observaciones sobre lugares que visitaba, desde París y la Costa Azul hasta castillos escoceses y museos londinenses.
El ejercicio tenía algo que excedía la memoria de las vacaciones: observar y poner por escrito. El futuro escritor comenzó así a entrenar algunas de las herramientas que después serían centrales en su literatura: describir espacios, seleccionar detalles, construir atmósferas y transformar una experiencia concreta en relato.
Algo similar ocurrió, aunque de manera diferente, con las hermanas Brontë. Durante su infancia y adolescencia construyeron mundos imaginarios propios, como Angria (abajo), dotados de geografía, clima, población y estructuras políticas. No necesitaban haber recorrido físicamente esos territorios para convertirlos en materia literaria. Los relatos y las noticias sobre las exploraciones en África contribuyeron a alimentar ese universo inventado.

El caso demuestra que el viaje literario puede comenzar antes del viaje real. La lectura proporciona materiales; la imaginación los reorganiza y la escritura los convierte en un mundo propio.
El viaje imaginario también cuenta
La literatura infantil argentina ofrece numerosos ejemplos de esta idea. En Clarita fue a la China, de Graciela Montes, el desplazamiento es fundamentalmente imaginario: la protagonista viaja a China a través del juego y de la imaginación. El propio catálogo de Loqueleo presenta el libro como una obra que explora la imaginación durante los primeros años y lo incluye dentro de la temática de viajes.
Aquí el destino no funciona como una guía turística. China es, sobre todo, la representación de aquello que está lejos, de lo desconocido y de aquello que puede ser inventado. El viaje se convierte en una operación de la imaginación: nombrar un lugar distante permite abrir una puerta hacia otros mundos.
En El viaje de un cuis muy gris, de la escritora cordobesa Perla Suez, el desplazamiento adquiere otra dimensión. El pequeño animal atraviesa caminos y se interna en un ambiente desconocido, enfrentándose a la lluvia, al monte y a posibles peligros. La obra fue publicada originalmente por Sudamericana y forma parte de la literatura infantil de la autora.

Son ejemplos diferentes pero complementarios: en Montes, viajar puede ser una construcción imaginaria; en Suez, el recorrido físico permite explorar el entorno. En ambos casos, el territorio deja de ser un simple escenario y pasa a participar de la historia.
También se puede viajar para conocer una cultura
En Sudamérica, el viaje infantil y juvenil ofrece además una posibilidad particularmente relevante: acercar a los lectores a la diversidad cultural de sus propios países.
Un ejemplo chileno contemporáneo es Papelucho en vacaciones, de Marcela Paz. La historia lleva al personaje y a su familia hacia el sur de Chile, donde una aventura inesperada lo conduce a conocer paisajes, animales y aspectos de una cultura que no forman parte de su vida cotidiana. El Ministerio de Educación de Chile incorpora el libro a su Biblioteca Digital Escolar y lo clasifica dentro de literatura infantil, vacaciones y aventuras.
Más reciente es Me llamo Millaray, de Viviana Huiliñir Curío y Claudio Fuentes. La protagonista vive en Santiago y viaja con una amiga hasta Curarrehue para visitar a su familia. El recorrido se transforma en una aproximación al territorio, a la historia familiar y al pueblo mapuche. El proyecto combina literatura, información territorial, ilustración, mensajes de WhatsApp y un glosario en mapudungun. El libro recibió en 2023 la Medalla Colibrí de IBBY Chile, el Premio Municipal de Literatura de Santiago y reconocimientos del Ministerio de las Culturas.

En este tipo de obras, viajar no significa simplemente contemplar un paisaje. El territorio tiene habitantes, memoria, conflictos, lenguas y formas particulares de relacionarse con el espacio. Para los lectores jóvenes, el viaje puede convertirse entonces en una herramienta para comprender que un destino turístico no es únicamente una colección de atractivos, sino también un lugar vivido por comunidades.
La literatura infantil colombiana ofrece otro campo interesante. Un trabajo de Beatriz Helena Robledo publicado por el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República analiza precisamente los “territorios” de la literatura colombiana para niños y señala el crecimiento y la diversificación de la producción infantil y juvenil del país.
De la experiencia turística a la escritura
La relación entre viaje y escritura no termina en el libro que se lee. También puede comenzar en el propio lector.
Una excursión escolar, unas vacaciones familiares, una visita a otra ciudad o incluso un recorrido por un barrio desconocido pueden convertirse en material literario si se aprende a observarlos. ¿Qué recuerda un niño de un lugar? ¿Qué sonidos registra? ¿Qué le llama la atención? ¿Qué diferencia encuentra respecto de su vida cotidiana? ¿Qué personaje podría conocer allí? ¿Qué historia podría ocurrir en ese paisaje?
Esas preguntas transforman al viajero en narrador.
La experiencia también puede servir para enseñar que un relato de viaje no consiste en enumerar lugares visitados. La escritura selecciona, organiza, compara y construye una mirada. Dos personas pueden recorrer exactamente el mismo itinerario y producir relatos completamente diferentes porque cada una habrá observado aspectos distintos.
Esta dimensión es importante también para la formación de futuros escritores. El viaje proporciona situaciones, personajes, paisajes y conflictos, pero la literatura comienza cuando esos elementos dejan de ser solamente información y adquieren una organización narrativa.
El turismo que empieza en una biblioteca
Para el turismo, esta relación abre una perspectiva que va más allá de la promoción convencional de destinos. Un niño que conoce un lugar a través de una historia puede desarrollar una curiosidad que permanezca durante años. Un paisaje literario puede convertirse en un destino futuro; un personaje puede despertar interés por una región; una novela puede transformar un nombre geográfico desconocido en un lugar cargado de significado.
Esto explica también el potencial de las rutas literarias, las bibliotecas vinculadas al turismo, las casas de escritores, los museos literarios y las experiencias para familias que conectan una obra con el territorio donde transcurre. El lector llega al destino con una historia previa y, al mismo tiempo, el destino puede devolverle una lectura diferente del libro.
La literatura infantil ofrece además una ventaja: permite introducir el viaje antes de que exista la autonomía necesaria para realizarlo. Un niño puede recorrer el Mississippi con Tom Sawyer, una isla imaginaria con Jim Hawkins, el sur de Chile con Papelucho o un territorio mapuche con Millaray sin salir de su casa. Más tarde, algunos de esos lugares podrán convertirse en experiencias reales.
En ese sentido, el relato de viaje cumple una doble función. Enseña a los jóvenes a mirar el mundo y, al mismo tiempo, les enseña a construir mundos propios. El viaje puede ser geográfico, imaginario, familiar, histórico o interior. Lo que permanece en todos los casos es la posibilidad de salir, aunque sea por unas páginas, de aquello que se conoce.
Y quizás ahí esté una de las razones por las que el viaje continúa siendo un recurso tan fértil para la literatura infantil: antes de aprender a viajar por el mundo, muchos lectores aprenden a imaginarlo a través de los libros.








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