Frente al Teatro Bolshói y a pocos minutos a pie de la Plaza Roja y el Kremlin, el Hotel Metropol es uno de los grandes sobrevivientes de la historia de Moscú. Inaugurado en 1905 como emblema del lujo de la Rusia imperial, fue fortaleza durante la Revolución, sede de organismos soviéticos, alojamiento de diplomáticos, escritores y corresponsales extranjeros y, un siglo después, escenario central de la novela Un caballero en Moscú, de Amor Towles, y de su adaptación televisiva con Ewan McGregor. La curiosidad es que el hotel de la serie no es el verdadero Metropol: fue reconstruido casi por completo en estudios de Inglaterra.
Hay hoteles que funcionan como escenario de la historia y otros que terminan convertidos en personajes. El Metropol de Moscú pertenece a las dos categorías. Su fachada Art Nouveau, su enorme cúpula de vidrio, sus salones, restaurantes, pasillos y habitaciones atravesaron la caída de los Romanov, la Revolución de 1917, el nacimiento de la Unión Soviética, el estalinismo, la Segunda Guerra Mundial y el final de la URSS. Y esa acumulación de épocas explica por qué Amor Towles encontró allí el espacio perfecto para encerrar durante más de tres décadas al protagonista de A Gentleman in Moscow, publicada en español como Un caballero en Moscú.
El edificio sigue funcionando actualmente como hotel cinco estrellas en el número 2 de Teatralny Proezd, frente al Bolshói. La Plaza Roja, el Kremlin, los grandes almacenes GUM y otros puntos centrales de Moscú se encuentran a pocos minutos caminando. Pero para los lectores de Towles, entrar en el Metropol significa algo más: aproximarse a uno de los casos más interesantes en los que un hotel real y su historia proporcionaron la arquitectura de una ficción.

Un palacio de las artes antes que un hotel
La historia comenzó a fines del siglo XIX con Savva Mamontov, empresario, mecenas y propietario de la primera compañía privada de ópera de Rusia. Su proyecto era mucho más ambicioso que construir un alojamiento de lujo. Imaginaba un verdadero “palacio de las artes”, con un teatro para unos 3.000 espectadores, galerías, restaurante y hotel, situado justamente frente al Bolshói.

El proyecto reunió arquitectura, pintura, escultura y artes decorativas. Entre quienes participaron estuvieron William Walcot, Lev Kekushev y Nikolai Shevyakov, además de artistas como Mikhail Vrubel, Alexander Golovin y Nikolai Andreyev. Cuando el Metropol abrió sus puertas, en enero de 1905, su aspecto resultaba extraordinariamente moderno para Moscú.
Todavía hoy uno de sus elementos más reconocibles es la enorme pieza de mayólica “La princesa de los sueños”, basada en una obra de Vrubel inspirada a su vez en Edmond Rostand. La fachada conserva también paneles decorativos, frisos escultóricos y una frase de Friedrich Nietzsche que recorre el edificio. Sobre todo el conjunto se levanta la gran cubierta de vidrio que se transformaría en una de las señas de identidad del hotel.

El lujo no era solamente ornamental. En 1905, el Metropol disponía de electricidad, ascensores, agua caliente y teléfonos en las habitaciones, prestaciones poco habituales entonces. Su restaurante podía recibir hasta 2.000 personas y pronto se convirtió en uno de los centros sociales de la capital imperial. El propio Towles destaca que fue uno de los establecimientos que fijaron nuevos estándares de hotelería para Moscú.
Cuando la Revolución entró en el hotel
Doce años después de la inauguración, el mundo para el cual había sido construido comenzó a desaparecer. Durante los combates de 1917, cadetes y fuerzas favorables al Gobierno Provisional se atrincheraron en el Metropol. El edificio se convirtió literalmente en una fortaleza y recibió fuego de artillería de los revolucionarios. Las ventanas quedaron destrozadas, las paredes perforadas y parte de las decoraciones resultaron dañadas. Incluso en esas circunstancias, según la historia oficial del establecimiento, la cocina continuó funcionando y algunos huéspedes permanecieron dentro.

El cambio más radical llegó después. Cuando el nuevo gobierno trasladó la capital rusa desde Petrogrado a Moscú en 1918, necesitaba edificios capaces de alojar organismos y funcionarios. El Metropol fue nacionalizado y pasó a denominarse Segunda Casa de los Soviets.
Las suites que habían alojado aristócratas y empresarios fueron ocupadas por dirigentes bolcheviques y funcionarios. Yakov Sverdlov vivió y trabajó allí; también pasaron por el edificio Nikolái Bujarin, Gueorgui Chicherin y otros integrantes de la nueva estructura estatal. El antiguo Jardín de Invierno fue convertido en sala de reuniones del Comité Ejecutivo Central y Lenin pronunció discursos allí.
La paradoja que inspiraría a Towles ya estaba formada: un palacio construido para la élite imperial sobrevivía dentro del nuevo Estado soviético.
El hotel volvió a recibir extranjeros
A fines de la década de 1920, la Unión Soviética comenzó a organizar de manera sistemática la llegada de visitantes extranjeros. En 1929 se creó Intourist y el Metropol recuperó progresivamente su papel hotelero. Su combinación de lujo prerrevolucionario y proximidad al Kremlin lo convirtió en uno de los lugares donde se alojaban diplomáticos, escritores, artistas y viajeros occidentales.
Por sus habitaciones y restaurantes pasaron George Bernard Shaw, Bertolt Brecht, John Steinbeck, Marlene Dietrich, Marcello Mastroianni, Sergei Prokofiev y Van Cliburn, entre muchas otras figuras. Entre 1948 y 1949, la embajada israelí funcionó temporalmente en su tercer piso y Golda Meir residió allí durante su etapa como primera representante diplomática de Israel ante la Unión Soviética.
Esa condición de burbuja dentro de Moscú es fundamental para comprender la novela. Towles investigó memorias y testimonios de extranjeros que habían frecuentado el establecimiento. El escritor señala que figuras como Steinbeck, E. E. Cummings y Lillian Hellman dejaron testimonios sobre la vida del Metropol y que ese material alimentó su reconstrucción literaria del hotel.
Cómo nació Un caballero en Moscú

La idea de la novela, sin embargo, no nació en Rusia sino en un hotel de Ginebra. Amor Towles ha contado que durante sus años trabajando en el sector financiero viajaba constantemente y se alojaba una y otra vez en los mismos hoteles. En 2009 regresó por octavo año consecutivo a uno de ellos y reconoció a varias personas que había visto allí anteriormente. La sensación de que aquellos huéspedes parecían no haberse marchado nunca disparó una pregunta narrativa: ¿qué sucedería si alguien estuviera obligado a vivir dentro de un gran hotel?
La idea lo condujo rápidamente a Rusia y finalmente al Metropol.
En la novela, publicada originalmente en 2016, el aristócrata Alexander Rostov es juzgado en 1922 por un tribunal soviético. Se libra de un destino peor, pero recibe una condena extraordinaria: permanecer bajo arresto domiciliario durante el resto de su vida dentro del Metropol. Si cruza las puertas del hotel, puede ser ejecutado.
El hombre acostumbrado a grandes habitaciones es trasladado a un pequeño espacio del ático. Desde allí empieza otra vida.

Cuánto hay de verdad en Un caballero en Moscú
Una de las claves de la novela de Amor Towles —y después de la miniserie— consiste en hacer convivir una historia completamente ficticia con un escenario y un contexto histórico minuciosamente reconocibles. El propio escritor ha explicado que disfruta desdibujando la frontera entre aquello que parece increíble pero sucedió realmente y aquello que resulta perfectamente verosímil aunque haya sido inventado. Esa estrategia funciona especialmente bien en el Metropol, porque la verdadera historia del hotel ya contiene situaciones que parecen novelescas.
El punto de partida es auténtico: tras la Revolución, el Metropol dejó de ser simplemente un hotel de lujo y se convirtió en un extraño microcosmos de la nueva sociedad soviética. Funcionarios y dirigentes bolcheviques ocuparon espacios que hasta poco antes habían pertenecido a aristócratas y viajeros acaudalados, mientras antiguos empleados continuaban trabajando entre vajilla, muebles, alfombras y rituales de servicio heredados del período imperial. La convivencia entre los símbolos de la vieja Rusia y los representantes del nuevo poder que aparece en la novela tiene, por lo tanto, una sólida base histórica.
También son reales algunos detalles aparentemente menores que Towles incorporó a la ficción. El Estado soviético inventarió y nacionalizó muebles, obras de arte y objetos de valor, identificándolos como propiedad pública. De allí provienen escenas como las pequeñas placas colocadas bajo determinados muebles del Metropol para dejar constancia de que ya pertenecían “al pueblo”. Son esos detalles los que permiten que el lector perciba el cambio revolucionario no solamente a través de grandes discursos políticos, sino en los objetos cotidianos.

La obsesión por eliminar los privilegios de la antigua sociedad también pertenece al clima de aquellos años, aunque Towles la lleva deliberadamente al terreno de la sátira. La aparición de funcionarios que intentan borrar jerarquías, modificar costumbres o eliminar signos considerados burgueses refleja la creciente burocratización de la vida soviética. Sin embargo, algunos episodios concretos fueron inventados. El más recordado es el de la bodega del Metropol, donde se eliminan las etiquetas de miles de botellas para que ningún vino pueda distinguirse de otro y todos sean ofrecidos al mismo precio. Towles confirmó que esa escena es ficción. En la realidad, las autoridades soviéticas supieron utilizar el lujo, los grandes vinos y la gastronomía del hotel precisamente para agasajar a visitantes extranjeros.
Una condena posible en la literatura, improbable en la historia
También es ficticia la extraordinaria sentencia que organiza toda la novela. Alexander Rostov nunca existió y no hay constancia de que un aristócrata haya sido condenado a pasar el resto de su vida confinado en el Metropol bajo amenaza de ejecución si salía del edificio. La solución de Towles resulta literariamente eficaz porque permite conservar al protagonista dentro de un vestigio del mundo al que pertenecía mientras ese mundo desaparece a su alrededor.
El destino real de buena parte de la aristocracia rusa fue considerablemente más duro. Después de la Revolución hubo ejecuciones, encarcelamientos, exilios, confiscaciones y procesos de empobrecimiento. Otros antiguos miembros de las clases privilegiadas consiguieron adaptarse al nuevo orden trabajando como profesores, traductores, empleados o especialistas en idiomas y protocolo, habilidades que podían resultar útiles para un Estado que necesitaba tratar con diplomáticos y visitantes extranjeros. En ese sentido, Rostov no representa un caso histórico específico, pero sí sintetiza una pregunta real de la época: qué ocurría con quienes habían sido educados para vivir en una sociedad que de pronto había dejado de existir.
También pertenece por completo a la ficción el poema revolucionario que salva al conde de una condena a muerte al comienzo de la historia. Towles necesitaba una razón suficientemente ambigua para justificar que las autoridades soviéticas toleraran la existencia de Rostov y pudieran, al mismo tiempo, mantenerlo sometido. El recurso funciona dentro de la novela, pero no reproduce ningún episodio conocido de la justicia revolucionaria de 1922.

El mundo exterior entra en el hotel
En cambio, algunos de los aspectos más inquietantes del libro tienen antecedentes históricos claros. Durante décadas, el Metropol funcionó como alojamiento privilegiado para diplomáticos, intelectuales y periodistas extranjeros, lo que generaba un contraste considerable entre el universo relativamente confortable del hotel y las condiciones que podían vivirse fuera de sus puertas. Durante la Segunda Guerra Mundial, corresponsales occidentales destinados en Moscú estuvieron sometidos a fuertes restricciones de movimiento y a censura soviética. Esa experiencia de “jaula dorada”, documentada posteriormente por periodistas e historiadores, encuentra un eco directo en el universo cerrado construido por Towles.
La sensación de vigilancia permanente, las detenciones que podían hacer desaparecer inesperadamente a una persona y el temor a decir algo inconveniente tampoco son simples recursos dramáticos. La novela atraviesa el ascenso del estalinismo y las grandes purgas sin abandonar casi nunca el hotel. La Historia llega al Metropol a través de los huéspedes, de conversaciones interrumpidas, de personas que dejan de regresar y de pequeños cambios en las reglas de la vida cotidiana. Towles consigue así que los acontecimientos políticos se perciban desde sus consecuencias humanas más que mediante una reconstrucción convencional de los hechos.
Ese equilibrio explica buena parte de la eficacia de Un caballero en Moscú. Rostov, sus relaciones personales, su condena, el poema que lo salva y varias de las anécdotas del hotel son invenciones; el edificio, la nacionalización, la transformación social, la burocracia, la vigilancia y gran parte de la atmósfera histórica no lo son. El lector permanece constantemente en una zona intermedia en la que resulta difícil determinar dónde termina el archivo y dónde comienza la imaginación.
Y allí vuelve a aparecer la importancia del verdadero Metropol. Towles no necesitó inventar un gran hotel atravesado por las contradicciones del siglo XX: ese hotel ya existía. Lo que hizo fue introducir en él a un personaje imaginario y permitir que, desde una pequeña habitación del ático, contemplara cómo Rusia se transformaba durante más de treinta años.

Un edificio capaz de convertirse en un mundo
La gran apuesta literaria de Towles consistía en desarrollar una novela de más de tres décadas prácticamente sin abandonar un edificio.
El propio escritor pensó inicialmente que esa limitación sería su mayor dificultad. Ocurrió lo contrario: mientras escribía descubrió que el hotel se ampliaba narrativamente. Restaurantes, cocinas, escaleras, habitaciones, pasadizos, salones y terrazas permitían construir un pequeño universo social dentro del edificio.
Rostov contempla desde ese microcosmos la transformación de Rusia. Cambian los gobiernos, las costumbres, los huéspedes y las relaciones sociales, mientras él establece vínculos con empleados, visitantes y personajes como Nina, Anna Urbanova y Sofia.
La geografía del Metropol cumple así una función central: el protagonista está confinado físicamente, pero su universo emocional se expande.
Hay además una mezcla deliberada entre verdad histórica e invención. Towles explica que le interesa colocar hechos auténticos junto a episodios imaginados hasta volver borrosa la frontera entre ambos. No todo lo que ocurre en el Metropol de la novela ocurrió en el Metropol histórico, aunque buena parte de la atmósfera proviene de testimonios y acontecimientos reales.

Del libro a la serie con Ewan McGregor
La historia llegó a la televisión en 2024 en una miniserie de ocho episodios protagonizada por Ewan McGregor como Alexander Rostov y Mary Elizabeth Winstead como Anna Urbanova. La adaptación mantiene la premisa central: después de la Revolución, el conde pierde sus propiedades y su posición social y queda condenado a vivir dentro del gran hotel moscovita.
En pantalla, el Metropol adquiere todavía más protagonismo. El lobby, el restaurante, los corredores, las habitaciones y el ático funcionan como escenarios recurrentes y permiten mostrar el paso de los años aun cuando el protagonista permanezca prácticamente inmóvil geográficamente.
Pero hay una particularidad importante para el turismo cinematográfico: Ewan McGregor nunca estuvo filmando esas escenas dentro del Metropol de Moscú.
El Metropol de la serie fue construido en Inglaterra
La producción se realizó íntegramente en Inglaterra. Los interiores del hotel fueron reconstruidos en Space Studios Manchester, donde se levantaron el gran lobby, la mezzanine, habitaciones, corredores y el pequeño alojamiento del ático destinado a Rostov. Parte del backlot del estudio se utilizó además para recrear los techos del edificio.
La escala del decorado fue considerable porque alrededor del 95 % de la historia transcurre dentro del hotel. La producción había estudiado la posibilidad de utilizar establecimientos auténticos, pero concluyó que ninguno combinaba la escala y la autenticidad de época requeridas, por lo que resultaba más práctico construir su propio Metropol.
Para los exteriores de Moscú se utilizaron localizaciones de Bolton, Manchester, Leeds y Halifax. El ayuntamiento de Bolton, por ejemplo, permitió recrear parte del entorno urbano debido a ciertas similitudes visuales con la arquitectura monumental moscovita. Liverpool llegó incluso a representar algunas escenas ambientadas en París.
Así se produjo una curiosa inversión: el hotel verdadero inspiró la novela, pero la serie construyó una versión ficticia del hotel verdadero.
El Restaurante Boyarsky del hotel:

El Metropol que se puede conocer hoy
El edificio real atravesó una gran restauración entre 1986 y 1991 y volvió a manos privadas en 2012. Desde entonces pasó por nuevas etapas de renovación que intentaron combinar habitaciones contemporáneas con elementos históricos y mobiliario antiguo. En 2025 celebró sus 120 años y presentó una nueva generación de suites.
El gran salón bajo la cúpula, los espacios históricos y los elementos Art Nouveau continúan siendo parte de su identidad. El hotel mantiene también restaurantes y bares abiertos a visitantes; su sitio oficial señala, por ejemplo, que el desayuno del restaurante Metropol puede ser utilizado por personas que no estén alojadas allí.

Para un lector de Un caballero en Moscú, posiblemente el mayor atractivo sea comprobar cuánto del universo de Towles surgió de un sitio que continúa funcionando.
Porque en este caso no se trata simplemente de visitar “el hotel de una serie”. La ficción eligió el Metropol precisamente porque el edificio ya poseía una historia suficientemente extraordinaria como para parecer inventada: construido para una Rusia que desapareció pocos años después de su inauguración, ocupado por quienes hicieron la revolución contra ese mundo y reconvertido después en escaparate para los extranjeros que llegaban a conocer la Unión Soviética.
Más de 120 años después, sigue frente al Bolshói. Y el conde Alexander Rostov nunca existió, pero el hotel desde el cual observa pasar la historia rusa sí.


Datos útiles
El Hotel Metropol Moscow se encuentra en 2 Teatralny Proezd, frente al Teatro Bolshói y a aproximadamente cinco minutos a pie del Kremlin, la Plaza Roja y los almacenes GUM y TSUM. Sigue operando como hotel cinco estrellas, con habitaciones históricas y contemporáneas, restaurantes y bares. El establecimiento advierte actualmente que algunas tarjetas bancarias emitidas en el extranjero pueden tener limitaciones para operar en Rusia, por lo que recomienda consultar previamente las opciones de pago.








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