Un análisis de miles de vértebras de Smilodon fatalis conservadas en los pozos de asfalto de La Brea, en Los Ángeles, encontró malformaciones congénitas y lesiones compatibles con tumores de los nervios espinales. Los investigadores plantean que la reducción de las poblaciones y la consanguinidad pudieron favorecer estos problemas de salud antes de la extinción. Sin embargo, el estudio no demuestra que una enfermedad haya sido la causa directa de la desaparición de la especie.
Poder reconstruir de qué enfermaba un animal desaparecido hace más de 10.000 años parece difícil cuando únicamente quedan huesos. Sin embargo, las deformaciones, fracturas, inflamaciones y algunos tumores pueden dejar marcas suficientemente duraderas como para ser reconocidas en un fósil.
Eso es precisamente lo que hizo un equipo vinculado con la Universidad de Zúrich al estudiar una de las mayores colecciones existentes de Smilodon fatalis, el célebre felino de dientes de sable del Pleistoceno. Los resultados, publicados el 27 de julio de 2026 en Frontiers in Veterinary Science, sugieren que algunos ejemplares padecieron graves alteraciones de la columna y que, hacia el final de la historia evolutiva de la especie, determinadas patologías pudieron estar relacionadas con una población genéticamente debilitada.
La conclusión resulta más matizada que algunos titulares que presentan el hallazgo como “la enfermedad que mató al tigre dientes de sable”. Los científicos no sostienen que hayan descubierto la causa de su extinción. Lo que identificaron es una señal adicional de que ciertas poblaciones podrían haber atravesado una etapa de deterioro sanitario antes de desaparecer.

Más de 3.700 piezas de la columna bajo análisis
Los investigadores trabajaron con fósiles procedentes de La Brea Tar Pits, en pleno Los Ángeles, uno de los yacimientos del Pleistoceno más ricos del planeta. Los depósitos naturales de asfalto actuaban como trampas: un herbívoro quedaba inmovilizado, atraía a grandes depredadores y carroñeros y estos terminaban atrapados a su vez. Esa mecánica explica la enorme presencia de restos de Smilodon fatalis en el lugar.
El equipo examinó 849 sacros, 2.130 vértebras lumbares y 743 séptimas vértebras cervicales, es decir, 3.722 elementos correspondientes a un mínimo de 849 individuos. Los fósiles fueron estudiados visualmente y, en los casos patológicos, mediante tomografía computada.
La revisión mostró una frecuencia considerable de anomalías. Se identificaron 226 malformaciones vertebrales transicionales congénitas, 32 vértebras torácicas bífidas y 48 vértebras fusionadas en bloque, además de distintos procesos degenerativos y proliferaciones óseas.
Pero tres fósiles llamaron especialmente la atención.
Tres posibles tumores en la columna
Tres individuos presentaban un ensanchamiento anormal de los orificios por los que pasan los nervios espinales. Las tomografías mostraron superficies suaves y una remodelación progresiva del hueso, un patrón que, en humanos y otros mamíferos actuales, suele estar asociado con tumores de los nervios espinales, como schwannomas y neurofibromas.
Los tres fósiles proceden de depósitos diferentes y tienen edades distintas: uno ronda los 28.000 años, otro los 13.000 y el más reciente aproximadamente 12.000 años. Los autores hablan deliberadamente de tumores “presuntos” porque en un fósil ya no existen los tejidos blandos necesarios para realizar una biopsia y confirmar el diagnóstico.
Tomando como referencia los 849 individuos representados en la colección, el equipo calculó una frecuencia semejante a 353 casos por cada 100.000 animales. En humanos, las estimaciones publicadas para este tipo de tumores oscilan entre 0,22 y 0,38 por 100.000 personas.
La diferencia parece enorme, pero los propios investigadores advierten que las cifras no son directamente comparables. La muestra de La Brea no representa una población seleccionada al azar: es una acumulación de animales que terminaron atrapados en asfalto durante miles de años.
Estar enfermo podía ser especialmente grave para un depredador
En perros actuales, tumores semejantes pueden producir dolor, cojera y pérdida de masa muscular. Si los dientes de sable afectados presentaban síntomas comparables, su capacidad para perseguir y dominar grandes presas habría resultado considerablemente reducida.
Esto abre además una explicación alternativa para que esos individuos aparezcan con relativa frecuencia en La Brea. Un depredador enfermo y con dificultades para cazar podía sentirse particularmente atraído por un herbívoro ya inmovilizado en el asfalto. Intentar aprovechar una presa aparentemente fácil podía terminar convirtiéndose en su propia trampa.
En otras palabras, la elevada proporción de animales enfermos entre los fósiles podría reflejar tanto problemas reales de salud de la población como un sesgo producido por la propia forma en que se creó el yacimiento.

¿La consanguinidad estaba debilitando a los últimos Smilodon?
Aquí aparece la hipótesis más interesante del estudio y también la que requiere mayor cautela.
Los investigadores recuerdan que algunas enfermedades y malformaciones congénitas pueden aumentar cuando una población se reduce y los animales terminan reproduciéndose entre individuos cada vez más emparentados. En otras especies, determinadas alteraciones vertebrales se han relacionado con consanguinidad, y estudios de mamuts del final del Pleistoceno también han documentado problemas genéticos en poblaciones pequeñas y aisladas.
Los Smilodon de La Brea ya habían mostrado otras patologías que podrían tener un componente hereditario, como osteocondrosis y ciertas malformaciones lumbosacras. Por eso, los autores consideran plausible que la reducción demográfica y la pérdida de diversidad genética hayan favorecido la aparición de enfermedades.
Pero hay una limitación decisiva: el equipo no dispone de análisis de ADN de estos ejemplares que permitan demostrar que eran consanguíneos. El propio estudio define la relación entre consanguinidad y tumores como una hipótesis todavía no comprobada.
Por eso tampoco puede afirmarse que estos animales “murieron por consanguinidad”.
Entonces, ¿qué acabó con los dientes de sable?
La extinción de Smilodon fatalis se produjo aproximadamente al final de la última Edad de Hielo, dentro de la gran desaparición de megafauna que afectó a América del Norte hace alrededor de 12.000 a 13.000 años. Los fósiles de La Brea permiten estudiar justamente los milenios inmediatamente anteriores a ese proceso.
No existe hoy una explicación única aceptada que convierta las enfermedades vertebrales en la causa de aquella desaparición. Investigaciones desarrolladas precisamente a partir de La Brea han relacionado el colapso de grandes mamíferos del sur de California con un conjunto de presiones simultáneas: calentamiento climático, cambios en la vegetación, pérdida de grandes herbívoros, aumento de incendios y actividad humana.
El nuevo trabajo agrega otra pieza al rompecabezas: las poblaciones sometidas a esas transformaciones ambientales también podían estar acumulando problemas sanitarios y genéticos.
Un depredador especializado en grandes mamíferos habría sido especialmente vulnerable si disminuían sus presas. Si, al mismo tiempo, la población del propio depredador se reducía y fragmentaba, la pérdida de diversidad genética podía convertirse en un problema adicional. Es una hipótesis compatible con los nuevos fósiles, pero no una cadena causal demostrada por el estudio.

El “tigre” que en realidad no era un tigre
Aunque habitualmente se habla de “tigres dientes de sable”, el nombre puede inducir a error. Smilodon era un felino de dientes de sable, perteneciente a una rama evolutiva extinta, y no un tigre semejante a los actuales Panthera tigris. El propio museo de La Brea utiliza actualmente la denominación saber-toothed cat para evitar esa confusión.
Smilodon fatalis fue una de las especies más características de América del Norte durante el Pleistoceno y sus restos son extraordinariamente abundantes en La Brea: el museo señala que se han recuperado allí restos de más de 2.000 ejemplares, hasta convertirlo en uno de los grandes símbolos paleontológicos de California.
Sus enormes caninos son solo la característica más conocida de un animal altamente especializado para capturar grandes presas.
Una advertencia que llega desde hace 12.000 años
El trabajo tiene finalmente una lectura que excede la paleontología.
La fragmentación de hábitats y la reducción de poblaciones actuales pueden dejar grupos pequeños y aislados. Cuando disminuye la diversidad genética, aumenta la probabilidad de que determinadas variantes perjudiciales se expresen y se reduzca la capacidad de una especie para adaptarse a nuevas enfermedades o cambios ambientales.
Eso no significa que los problemas de los Smilodon puedan trasladarse automáticamente a cualquier especie amenazada del presente. Pero los fósiles ofrecen una oportunidad excepcional para observar qué puede ocurrir cuando presiones ambientales, reducción demográfica y problemas sanitarios se superponen durante las últimas etapas de existencia de una población.
El hallazgo modifica así la imagen de uno de los grandes depredadores prehistóricos. Los últimos dientes de sable no necesariamente desaparecieron como animales invulnerables sorprendidos de repente por un cambio exterior. Algunos padecían columnas deformadas, enfermedades crónicas y posiblemente tumores dolorosos.
La extinción probablemente tuvo muchas causas. Ahora sabemos que, entre las sombras de aquel final, también estaba la enfermedad.








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