Amnesia ambiental: por qué cada generación puede aceptar como normal una naturaleza cada vez más pobre

¿Había realmente más insectos en los parabrisas? ¿Los ríos tenían más peces? ¿Era habitual escuchar pájaros que hoy resultan difíciles de encontrar? La ciencia estudia desde hace décadas un fenómeno inquietante: cada generación tiende a utilizar como referencia la naturaleza que conoció durante su infancia o juventud. Si el deterioro ocurre lentamente, un ecosistema empobrecido termina convirtiéndose en la nueva normalidad. Se lo conoce como amnesia ambiental o shifting baseline syndrome y puede condicionar incluso los objetivos que nos fijamos para restaurar la biodiversidad.

Quienes hicieron largos viajes en auto hace algunas décadas suelen recordar una tarea que hoy resulta bastante menos frecuente: limpiar el parabrisas cubierto de insectos.

El recuerdo podría descartarse como una de tantas idealizaciones del pasado. Sin embargo, al menos en algunas regiones donde existen series de datos prolongadas, la disminución de insectos es medible. Un estudio realizado durante 27 años en 63 áreas protegidas de Alemania encontró una reducción estacional del 76% de la biomasa de insectos voladores, que llegaba al 82% durante el verano. El punto más perturbador quizá no sea solamente que haya menos insectos.

Es que alguien nacido después de producida buena parte de ese declive no puede echar de menos aquello que nunca conoció.

Para ese niño, un parabrisas limpio después de atravesar una zona rural es normal. También puede ser normal un río con pocos peces, una playa con escasos moluscos, una ciudad donde apenas se escuchan pájaros o un campo donde ya no aparecen determinadas especies. Ese mecanismo tiene nombre: amnesia ambiental.

La naturaleza que conocemos se convierte en nuestra medida de lo normal

El concepto está estrechamente relacionado con lo que en ecología se denomina shifting baseline syndrome, que podría traducirse como “síndrome de las líneas de base cambiantes”.

La expresión fue popularizada en 1995 por el biólogo especializado en pesquerías Daniel Pauly. Su observación inicial se refería a un problema científico: cada nueva generación de investigadores tendía a considerar como punto de partida el estado de las poblaciones de peces existente al comienzo de su propia carrera.

Pero para entonces los recursos ya podían encontrarse considerablemente deteriorados.

Cuando llegaba la siguiente generación, utilizaba ese nuevo estado —todavía más empobrecido— como referencia. Así, el estándar contra el cual se medía la recuperación descendía gradualmente junto con las poblaciones.

La degradación podía continuar sin que nadie percibiera completamente la magnitud de lo perdido.

No porque faltara preocupación ambiental, sino porque faltaba memoria ambiental.

De los peces a nuestra propia infancia

El psicólogo estadounidense Peter Kahn trasladó posteriormente la discusión a la experiencia humana y desarrolló el concepto de environmental generational amnesia, o amnesia ambiental generacional.

La idea es sencilla: durante la infancia construimos una referencia acerca de cómo es el mundo.

Aprendemos cuánto verde tiene una ciudad, cuántos animales resulta normal encontrar, qué aspecto debería tener un río, cuánto calor hace en verano o qué nivel de contaminación forma parte del paisaje cotidiano.

Si una persona crece en un ambiente ya degradado, esa degradación puede incorporarse como condición normal.

Las investigaciones de Kahn con niños en un entorno urbano mostraron que podían comprender perfectamente conceptos como contaminación del agua o del aire y expresar preocupación ambiental; al mismo tiempo, la experiencia cotidiana influía en cómo interpretaban las condiciones de su propio entorno. Sus trabajos posteriores utilizaron esos resultados para desarrollar la hipótesis de la amnesia generacional.

El problema se vuelve acumulativo.

Los abuelos comparan el presente con el mundo de su infancia. Los padres, con uno algo más deteriorado. Los hijos parten de una situación diferente otra vez.

Cada generación comienza la película algunos minutos más tarde.

La ciencia encontró señales del fenómeno en todo el mundo

Durante años, el shifting baseline syndrome fue una hipótesis muy influyente pero difícil de medir a escala global.

Eso comenzó a cambiar.

En 2024, los ecólogos Masashi Soga y Kevin Gaston publicaron en BioScience una revisión sistemática de la evidencia disponible. Analizaron 73 estudios con 77 mediciones de percepción ambiental, realizados en 30 países de seis continentes.

El patrón general resultó consistente: las generaciones más jóvenes tendían a manejar referencias ambientales inferiores a las de las personas mayores.

El fenómeno apareció en contextos tan diferentes como pérdida de biodiversidad, agotamiento de recursos naturales, contaminación y cambio climático. Los casos en los que las generaciones más jóvenes poseían estándares ambientales más elevados resultaron mucho menos frecuentes.

Esto no significa que cada recuerdo de una persona mayor sea científicamente exacto.

Significa que existe evidencia suficiente para considerar la pérdida progresiva de referencia histórica como un fenómeno extendido.

El experimento de los pescadores mexicanos

Uno de los estudios que mejor permite entenderlo se realizó en el Golfo de California, en México.

En 2005, investigadores entrevistaron a 108 pescadores pertenecientes a tres generaciones y compararon sus recuerdos sobre especies, zonas de pesca y tamaño de las capturas.

Las diferencias fueron notables.

Los pescadores mayores mencionaron cinco veces más especies y cuatro veces más lugares de pesca que habían sido abundantes en el pasado y se habían deteriorado.

También recordaban meros del Golfo considerablemente mayores. El pez más grande capturado por los pescadores mayores tenía un peso promedio estimado de unos 84 kilos; entre los pescadores de edad intermedia, unos 72 kilos, y entre los jóvenes, aproximadamente 63.

La diferencia se volvía todavía más evidente al preguntar quién había capturado alguna vez esa especie: lo había hecho el 96% de los pescadores mayores, frente a solo el 45% de los jóvenes.

Lo extraordinario era que parte de aquella antigua abundancia seguía dentro de la memoria de personas vivas.

Sin embargo, para muchos jóvenes ya resultaba difícil imaginar que esos grandes peces hubieran sido alguna vez habituales cerca de la costa.

El problema no consiste solamente en que desaparezcan especies

Una especie puede desaparecer de nuestra experiencia mucho antes de extinguirse biológicamente.

Puede seguir existiendo a cientos de kilómetros de distancia o quedar reducida a pequeñas poblaciones, pero dejar de formar parte de la vida cotidiana.

Investigadores han denominado “extinción social” a esa desaparición de una especie de la memoria colectiva, de la cultura y de la experiencia humana. Ese proceso puede favorecer las líneas de base cambiantes y disminuir el apoyo social a su conservación.

El mecanismo puede producirse con animales espectaculares, pero resulta todavía más fácil con organismos pequeños o discretos.

Una generación puede recordar luciérnagas todas las noches de verano.

La siguiente puede haberlas visto ocasionalmente.

Para la tercera, encontrarse con una puede convertirse en un acontecimiento extraordinario.

En ningún momento existe necesariamente un instante preciso en que la sociedad declare: “las luciérnagas desaparecieron”.

Simplemente dejan de formar parte del mundo esperado.

Por qué el deterioro lento puede ser más difícil de percibir

Las grandes catástrofes tienen una ventaja paradójica: son visibles.

Un incendio que destruye un bosque en pocos días deja un antes y un después reconocibles. Una mortandad masiva de peces resulta imposible de ignorar. La tala de un bosque completo produce fotografías evidentes.

Pero muchas transformaciones ambientales ocurren en períodos de décadas.

Un poco menos de aves cada primavera. Menos peces cada temporada. Menos mariposas. Árboles más pequeños. Menos noches realmente oscuras. Veranos progresivamente más cálidos.

El cambio anual puede parecer insignificante.

Después de treinta o cincuenta años, el ecosistema es otro.

La investigación internacional sobre shifting baselines señala precisamente que este desplazamiento de las referencias puede llevar a subestimar la magnitud de la degradación y aceptar objetivos de conservación menos ambiciosos.

¿Y si los mayores simplemente recuerdan mal?

Es una objeción importante.

La memoria humana no es un registro objetivo. Puede exagerar abundancias, seleccionar recuerdos extraordinarios o idealizar el pasado.

Los investigadores que estudian las líneas de base cambiantes conocen perfectamente ese problema. La revisión global de Soga y Gaston identifica entre sus limitaciones el denominado memory illusion effect: la posibilidad de que personas mayores perciban un deterioro superior al que realmente ocurrió.

Por eso, la ecología histórica no debería construirse únicamente preguntando a los abuelos cómo era el paisaje.

La memoria oral gana valor cuando puede cruzarse con registros de capturas, cuadernos de naturalistas, fotografías antiguas, colecciones de museos, herbarios, censos de aves, mapas, documentos agrícolas y series científicas históricas.

Eso es precisamente lo que proponía Pauly para las pesquerías: no descartar automáticamente los testimonios antiguos como simples anécdotas cuando pueden contener información ecológica que ya no aparece en las series modernas.

El gran riesgo: restaurar un ecosistema hasta un estado que ya estaba degradado

Aquí la amnesia ambiental deja de ser una curiosidad psicológica y se convierte en un problema político.

Supongamos que hoy quedan 1.000 ejemplares de una determinada especie y que hace veinte años había 2.000.

Un programa de recuperación podría proponerse volver a 2.000 y considerar el objetivo un éxito.

Pero ¿qué ocurre si hace ochenta años había 20.000?

El resultado cambia completamente según dónde se coloque la línea de referencia.

Lo mismo sucede con bosques, humedales, poblaciones de peces, costas, arrecifes o pastizales.

Si utilizamos como “naturaleza original” un paisaje que ya había perdido buena parte de su biodiversidad, podemos terminar restaurando la degradación de nuestros padres en lugar de la abundancia de nuestros abuelos.

La amnesia también puede cambiar nuestra idea del verano

El concepto tampoco se limita a la biodiversidad.

La revisión global publicada en 2024 encontró numerosas investigaciones relacionadas con la percepción del cambio climático.

Aquí el desplazamiento de la referencia puede resultar particularmente rápido.

Una persona puede recordar como excepcional una temperatura que, varias décadas después, se ha vuelto relativamente habitual.

Las nuevas generaciones ya no comparan el verano actual con los veranos de 1960 o 1980. Lo comparan con los que experimentaron durante su propia infancia.

El calor extremo puede ir desplazando así nuestra definición intuitiva de un verano “normal”.

El mismo proceso puede ocurrir con la falta de nieve, las sequías, las restricciones de agua o los incendios.

Viajar también puede ayudarnos a recuperar la memoria del paisaje

El turismo tiene una oportunidad interesante frente a este fenómeno.

Normalmente, los destinos naturales muestran al visitante lo que existe hoy.

Un parque nacional presenta su bosque actual. Una reserva marina muestra su fauna contemporánea. Un centro de interpretación explica las especies que todavía pueden encontrarse.

Pero podría hacerse otra pregunta:

¿Cómo era este lugar hace cien años?

Fotografías repetidas desde el mismo punto, antiguos mapas de vegetación, testimonios de pobladores, registros históricos de pesca, reconstrucciones de bosques y listas antiguas de especies pueden permitir al visitante contemplar simultáneamente el paisaje presente y el perdido.

No para transformar cada excursión en una lección pesimista, sino para devolverle profundidad temporal al territorio.

Una colonia de animales que hoy parece numerosa puede ser apenas una fracción de la histórica. Un bosque aparentemente intacto puede haber perdido sus grandes mamíferos. Una costa considerada “natural” puede haber sufrido siglos de extracción.

Viajar con esa información modifica la mirada.

Las fotografías familiares también son documentos ecológicos

No toda la reconstrucción necesita grandes proyectos científicos.

Un álbum doméstico puede contener información sorprendente.

Una fotografía de una playa tomada en 1955 puede mostrar la línea de dunas antes de la urbanización. Una imagen familiar junto a un río puede documentar árboles desaparecidos. Las fotografías de antiguos pescadores permiten estimar cambios en el tamaño de las capturas.

Los relatos de personas mayores también pueden recuperar nombres locales, épocas de floración, movimientos de animales y comportamientos que dejaron de observarse.

No sustituyen a los datos científicos.

Pero pueden ayudar a preguntar qué datos hemos dejado de buscar.

Cómo combatir la amnesia ambiental

No existe una solución única, pero las investigaciones apuntan en una dirección bastante clara: conservar también la memoria de los ecosistemas.

Eso significa mantener series largas de monitoreo, digitalizar archivos, escuchar conocimiento local, utilizar fotografías históricas, registrar testimonios y enseñar a las nuevas generaciones cómo cambió realmente el territorio.

También implica recuperar experiencias directas con la naturaleza.

Un estudio reciente sobre jardines escolares en Australia, por ejemplo, encontró que la interacción cotidiana de los niños con suelos, plantas, alimentos y otros organismos puede ayudar a reconstruir vínculos con ecosistemas locales que la vida urbana tiende a debilitar.

La cuestión no consiste en enseñarles que “antes todo era mejor”.

Consiste en darles información suficiente para que el presente no sea automáticamente su única definición de lo posible.

Recordar para saber qué queremos recuperar

La amnesia ambiental plantea finalmente una pregunta incómoda.

Cuando hablamos de “proteger la naturaleza”, ¿qué naturaleza tenemos en mente?

¿La que existe hoy?

¿La que conocimos de chicos?

¿La de nuestros abuelos?

¿La que existía antes de la industrialización, de la urbanización o de la explotación intensiva?

No siempre será posible —ni necesariamente deseable— devolver cada ecosistema a un momento histórico preciso. El clima cambia, las ciudades existen y los paisajes también tienen historia humana.

Pero conocer la magnitud de aquello que desapareció permite elegir con mayor información cuánto queremos recuperar.

Ese es posiblemente el aspecto más importante del concepto.

La pérdida de biodiversidad puede medirse en animales, plantas, hectáreas o toneladas.

La amnesia ambiental agrega una pérdida menos visible: la desaparición de nuestra capacidad para imaginar un mundo biológicamente más abundante que el actual.

Y cuando ya no podemos imaginarlo, también resulta mucho más difícil exigirlo.