Nueva York y la disputa por la memoria de sus inmigrantes: una polémica por la omisión de los barrios italianos, judíos e irlandeses

La nueva orientación turística de Nueva York, pensada también para capitalizar la llegada de visitantes por el Mundial 2026, abrió una controversia inesperada: una guía oficial de “enclaves inmigrantes” dejó fuera referencias históricas centrales como Little Italy, barrios judíos de Brooklyn y enclaves irlandeses. La discusión expone una tensión de fondo entre inmigración reciente, memoria urbana y uso político de la identidad.

Nueva York construyó buena parte de su identidad sobre la inmigración. Italianos, judíos ashkenazíes, irlandeses, alemanes, chinos, puertorriqueños, dominicanos, mexicanos, caribeños, árabes, africanos y comunidades de Asia del Sur fueron moldeando barrios, comercios, templos, sindicatos, gastronomías, lenguas y memorias familiares. Por eso, una reciente iniciativa turística oficial volvió especialmente sensible una pregunta aparentemente simple: quién aparece en el mapa cuando la ciudad decide contar su historia inmigrante.

La controversia estalló alrededor de una guía de “enclaves inmigrantes” difundida por la administración del alcalde Zohran Mamdani en el marco de una estrategia de promoción urbana vinculada al Mundial 2026. El material selecciona 30 barrios asociados con comunidades extranjeras y culturas internacionales, pero deja fuera espacios históricos italianos, judíos e irlandeses, entre ellos Little Italy, vecindarios judíos de Brooklyn y referencias tradicionales de la comunidad irlandesa. La omisión generó críticas de dirigentes comunitarios, concejales y organizaciones culturales, que acusaron al gobierno local de invisibilizar aportes fundacionales de la ciudad.

Un mapa turístico que se volvió político

La guía fue presentada como una herramienta para orientar visitantes por la diversidad cultural de Nueva York. Según la propia explicación oficial citada por medios locales, el mapa busca destacar barrios con “poblaciones sustanciales nacidas en el extranjero” provenientes de distintas regiones del mundo. Ese criterio estadístico permite incluir enclaves de inmigración más reciente o más visible en términos demográficos actuales, como Little Pakistan, Little Yemen, Little Palestine, Little Egypt, Little Poland, Koreatown o distintos Chinatowns.

El problema es que Nueva York no es solo una ciudad de inmigrantes recientes. Es también una ciudad de memorias inmigrantes. Si se aplica de manera estricta un criterio basado en población extranjera actual, las comunidades que llegaron masivamente entre el siglo XIX y comienzos del XX quedan desplazadas del relato oficial. Italianos, irlandeses y judíos ashkenazíes aparecen entonces como “asimilados”, y por eso ya no son leídos como inmigración, aunque sus barrios, instituciones, templos, comercios, festividades y redes familiares sigan siendo parte decisiva de la identidad neoyorquina.

Esa diferencia entre “enclave inmigrante actual” y “barrio histórico de inmigración” está en el centro del conflicto. Para la administración, la guía puede defenderse como un instrumento demográfico contemporáneo. Para las comunidades omitidas, el resultado es una jerarquización política de la memoria: algunos grupos son celebrados como parte de la diversidad actual y otros quedan relegados al pasado, al turismo comercial o a una identidad ya considerada suficientemente integrada.

Little Italy: de símbolo inmigrante a “bloques turísticos”

El caso de Little Italy es el más visible. Durante décadas, el sector de Manhattan asociado a la inmigración italiana fue uno de los símbolos más reconocibles de Nueva York. Hoy su escala urbana es mucho menor: la presencia italiana residencial se redujo, Chinatown ganó espacio, la presión inmobiliaria transformó usos del suelo y buena parte del barrio quedó concentrada en unos pocos tramos de Mulberry Street, con restaurantes, tiendas y festividades patrimoniales.

Desde una lectura demográfica, se puede argumentar que Little Italy ya no funciona como enclave de inmigrantes italianos recién llegados. Pero desde una lectura cultural, turística e histórica, excluirlo de un mapa oficial de inmigración neoyorquina resulta difícil de justificar. La propia polémica obligó a la administración a admitir que la lista no era exhaustiva y a abrir la puerta a incorporar Little Italy en una versión corregida, según reportes de prensa.

La discusión no se agota en Manhattan. Dirigentes italoamericanos también señalaron que una mirada más actual de la cultura italiana en Nueva York debería incluir Arthur Avenue, en el Bronx, o sectores de Brooklyn y Staten Island donde persisten redes comunitarias, comercios familiares, iglesias, clubes, panaderías, restaurantes y celebraciones que mantienen viva una identidad italoamericana menos dependiente de la postal turística de Mulberry Street.

La memoria judía y el Lower East Side

La omisión de barrios judíos abrió otro frente especialmente sensible. El Lower East Side fue uno de los grandes epicentros de la inmigración judía de Europa del Este entre fines del siglo XIX y comienzos del XX. Allí se concentraron sinagogas, periódicos en ídish, mutuales, sindicatos, teatros, comercios, escuelas y organizaciones obreras que influyeron en la vida cultural y política de Nueva York.

El Lower East Side Preservation Initiative recuerda que, entre mediados del siglo XIX y comienzos del XX, el barrio fue un punto central de llegada para europeos, especialmente irlandeses, alemanes, italianos y judíos de Europa oriental, y que algunos bloques estuvieron entre los lugares más densamente poblados del mundo. Esa historia no desaparece porque los descendientes de aquellos inmigrantes se hayan desplazado, asimilado o integrado a otros barrios.

Hoy la presencia judía neoyorquina es diversa: incluye sectores seculares, comunidades reformistas, conservadoras, ortodoxas y ultraortodoxas, con concentraciones importantes en lugares como Borough Park, Williamsburg, Crown Heights, Flatbush o Midwood, entre otros. La administración respondió que el mapa no buscaba destacar grupos religiosos y que Little Odessa, incluido en el material, tiene una población judía significativa. Sin embargo, para críticos comunitarios, esa explicación resulta insuficiente: reducir la cuestión judía a religión evita reconocer una historia inmigrante, lingüística, cultural y nacional compleja, inseparable de la construcción de Nueva York.

Los irlandeses: fundadores que se volvieron invisibles

La comunidad irlandesa enfrenta otro tipo de invisibilización: la de una integración tan profunda que terminó volviéndose casi invisible para el relato oficial de la inmigración. Los irlandeses fueron decisivos en la expansión urbana, laboral, sindical, policial, política y religiosa de Nueva York. Sus enclaves históricos cambiaron, se dispersaron o se integraron a una clase media estadounidense más amplia.

Barrios como Woodlawn Heights, en el Bronx, todavía conservan marcas irlandesas, aunque ya no funcionen como enclaves migratorios recientes en el mismo sentido que otras comunidades. Allí aparece otra vez el dilema: si solo cuenta el dato del nacido en el extranjero, la ciudad pierde la posibilidad de mostrar cómo una comunidad inmigrante se convirtió en columna vertebral institucional y cultural de Nueva York.

En términos turísticos, esta omisión también empobrece la experiencia del visitante. Nueva York no se entiende solo a través de enclaves recientes: se entiende también recorriendo capas sucesivas de inmigración, asimilación, desplazamiento, gentrificación y memoria.

El argumento estadístico y sus límites

La defensa oficial tiene una base comprensible: si la guía se titula “enclaves inmigrantes” y se define por concentración actual de residentes nacidos en el extranjero, las comunidades del siglo XIX y principios del XX pierden centralidad. La propia página de la Oficina de Asuntos de Inmigrantes de la Alcaldía explica que la serie de ilustraciones de enclaves lanzada en 2023 buscaba destacar contribuciones, historias y culturas de comunidades inmigrantes en los cinco distritos, en una ciudad con unos 3 millones de inmigrantes.

Pero el límite de ese enfoque es evidente. El turismo no trabaja únicamente con demografía censal. Trabaja con identidad, memoria, símbolos, recorridos, patrimonio, gastronomía, arquitectura, museos, cementerios, templos, festividades y relatos. Un barrio puede dejar de ser una concentración de inmigrantes de primera generación y seguir siendo un sitio clave para comprender la ciudad.

La administración de Mamdani no inventó por completo esta línea: el proyecto de ilustraciones de enclaves venía de 2023, bajo la gestión anterior. Pero la decisión de reutilizarlo, actualizarlo y convertirlo en una pieza de orientación turística para un momento de alta visibilidad internacional, como el Mundial 2026, le da una responsabilidad política propia. No alcanza con atribuir el problema a una herencia administrativa si el material se relanza bajo una nueva gestión y con nuevos énfasis.

Una orientación turística con lectura ideológica

La controversia no puede leerse solo como un error técnico. La selección de barrios comunica una idea de ciudad. Al privilegiar enclaves de inmigración reciente y comunidades alineadas con una narrativa contemporánea de diversidad global, la administración define qué grupos merecen visibilidad en el presente y cuáles quedan archivados como pasado asimilado.

En ese punto se concentran las acusaciones de sesgo político. Organizaciones italoamericanas interpretaron la exclusión como una forma de “borramiento cultural”, mientras que voces judías criticaron la incapacidad de representar a una comunidad que sigue siendo una parte sustancial de la ciudad. En el caso de Mamdani, esas críticas se amplifican por su perfil ideológico, sus posiciones sobre política internacional y su relación tensa con sectores comunitarios tradicionales.

Conviene ser precisos: no hay una prueba pública concluyente de que la omisión haya sido diseñada explícitamente para dañar a italianos, judíos o irlandeses. Pero tampoco corresponde minimizar su dimensión política. En una ciudad como Nueva York, decidir qué comunidades aparecen en una guía oficial y cuáles no es un acto de poder simbólico. Más aún cuando la guía se dirige a turistas y busca presentar una versión autorizada de la diversidad urbana.

Asimilación, gentrificación y pérdida de territorio

La invisibilización de estas comunidades también responde a transformaciones urbanas reales. Little Italy se redujo por expansión de Chinatown, gentrificación y pérdida de población italiana residente. El Lower East Side cambió con la llegada de nuevas comunidades, renovación inmobiliaria, reconversión de edificios y presión comercial. Los barrios irlandeses tradicionales se diluyeron por movilidad social, suburbanización y mezcla con la clase media estadounidense.

El Lower East Side Preservation Initiative señala que, aunque las calles todavía conservan huellas del pasado inmigrante, los grupos originales —irlandeses, alemanes, italianos y judíos de Europa oriental— ya no aparecen como poblaciones significativas en los análisis estadísticos actuales del área. Esa constatación explica parte del borramiento, pero también refuerza la necesidad de políticas patrimoniales: justamente cuando una comunidad pierde peso residencial, la memoria material y turística se vuelve más importante.

La salida no debería ser reemplazar unas comunidades por otras. Nueva York no necesita elegir entre Little Palestine y Little Italy, entre Little Pakistan y Borough Park, entre los nuevos inmigrantes y los descendientes de quienes llegaron por Ellis Island. Su potencia turística e histórica está precisamente en mostrar todas esas capas.

Una guía más rigurosa podría distinguir entre “enclaves inmigrantes actuales”, “barrios históricos de inmigración” y “corredores culturales contemporáneos”. Esa clasificación permitiría evitar confusiones, incluir a comunidades recientes sin borrar a las históricas y ofrecer al visitante una lectura más compleja de la ciudad.

También permitiría revalorizar barrios menos obvios: Arthur Avenue para la cultura italiana; Woodlawn para la memoria irlandesa; Borough Park, Williamsburg, Crown Heights o el Lower East Side para distintas historias judías; además de los enclaves más recientes de Asia, África, América Latina, Medio Oriente y el Caribe.

Una disputa por quién cuenta la ciudad

La polémica revela algo más profundo que un mapa mal editado. Muestra una disputa por el relato oficial de Nueva York. La ciudad que se prepara para recibir visitantes internacionales quiere proyectarse como diversa, global y contemporánea. Pero al hacerlo corre el riesgo de presentar una diversidad selectiva, donde las comunidades históricas europeas y judías quedan fuera porque ya no encajan en la categoría política de “inmigración visible” o “minoría reciente”.

Ese enfoque puede resultar estadísticamente defendible, pero turísticamente pobre e históricamente injusto. Nueva York no sería Nueva York sin los italianos, los judíos y los irlandeses. Tampoco sería la misma sin los inmigrantes latinoamericanos, asiáticos, africanos, árabes y caribeños que hoy la transforman. La cuestión no es a quién sacar del mapa, sino cómo construir un mapa capaz de contar una ciudad hecha de capas, desplazamientos, conflictos y memorias superpuestas.

En ese sentido, la controversia funciona como advertencia para la administración Mamdani: una política turística de la diversidad no puede confundirse con una política de sustitución simbólica. Reconocer a las comunidades recientes no exige invisibilizar a las históricas. Si Nueva York quiere presentarse ante el mundo como capital de la inmigración, debe asumir toda su historia inmigrante, no solo la parte que mejor dialoga con la agenda política del momento.