En plena sexta extinción, las fotos de glaciares, incendios, especies amenazadas y paisajes alterados moldean nuestra percepción de la crisis ecológica. Pero también pueden saturar, embellecer el desastre o dejar fuera de cuadro a gran parte del mundo vivo.
La crisis ecológica contemporánea no se conoce solo por informes científicos, datos de temperatura o listados de especies amenazadas. También se conoce —y se siente— a través de imágenes: glaciares que retroceden, bosques incendiados, mares contaminados, minas a cielo abierto, ciudades iluminadas de noche desde el espacio, animales exhaustos, paisajes antes verdes convertidos en territorios secos o artificializados.
A ese fenómeno se refiere el concepto de “fotografoceno”, una palabra que une fotografía y antropoceno para describir el momento histórico en el que la transformación del planeta por la actividad humana queda registrada, narrada, difundida y debatida a través de imágenes. El término fue propuesto por la teórica de la fotografía Ana Peraica y retomado en un artículo de Romain Garrouste, investigador del Muséum national d’histoire naturelle de Francia, publicado por The Conversation y referenciado por AUAT en julio de 2026.
La idea abre una pregunta incómoda: si gran parte de lo que entendemos sobre la crisis ambiental nos llega mediante fotografías, videos, mapas satelitales y time-lapses, ¿qué estamos aprendiendo realmente a mirar? ¿Y qué queda fuera del encuadre?

Del antropoceno al fotografoceno
El antropoceno, aunque no reconocido oficialmente como una época geológica formal, se utiliza para nombrar un tiempo marcado por la influencia humana sobre el clima, los ciclos del planeta, los suelos, los océanos y la biodiversidad. Pero el fotografoceno desplaza el foco: no se pregunta solo qué le estamos haciendo al planeta, sino cómo lo estamos viendo.
La crisis ambiental tiene hoy una iconografía reconocible. El oso polar sobre un bloque de hielo, el glaciar que se desploma, el incendio visto desde el aire, el río contaminado, el bosque arrasado o la mancha de petróleo funcionan como imágenes-símbolo. Ayudan a dimensionar procesos que muchas veces son lentos, lejanos o difíciles de percibir a escala cotidiana.
El problema aparece cuando esas imágenes se vuelven repetitivas, espectaculares o estéticamente seductoras. La belleza visual del desastre puede provocar impacto, pero también distancia. Puede movilizar, pero también anestesiar. Puede mostrar la magnitud del daño, pero ocultar relaciones más complejas, menos fotogénicas y más difíciles de narrar.
La sexta extinción como espectáculo visual
La expresión sexta extinción se usa para describir la aceleración de la pérdida de especies y poblaciones en el planeta. El informe global de IPBES advirtió que alrededor de un millón de especies animales y vegetales están amenazadas de extinción, muchas de ellas en las próximas décadas, si no se reducen los principales factores de presión sobre la naturaleza.
Sin embargo, no todas las formas de vida aparecen con la misma fuerza en la conversación pública. La fotografía ambiental tiende a privilegiar especies carismáticas: osos polares, ballenas, pandas, orangutanes, grandes felinos, aves vistosas. Son animales capaces de generar empatía inmediata y de funcionar como emblemas de una causa.
Mientras tanto, queda casi invisible una parte enorme de la biodiversidad: insectos, hongos, plantas ordinarias, microfauna del suelo, invertebrados marinos, anfibios poco conocidos o especies sin atractivo visual evidente. Esa ausencia no es menor. Muchas de esas formas de vida sostienen procesos ecológicos básicos, como la polinización, la descomposición de materia orgánica, la fertilidad de los suelos o el equilibrio de los ecosistemas acuáticos.
Qué muestra y qué oculta una imagen
Pensar una ecología de la mirada implica preguntarse qué vuelve visible una imagen y qué deja afuera. No se trata de desconfiar de la fotografía ambiental, sino de leerla de manera más crítica: quién mira, desde dónde mira, qué especie aparece, qué paisaje se elige, qué emoción se busca producir y qué posibilidad de acción queda sugerida.
Las imágenes aéreas, satelitales o tomadas con drones tienen una enorme potencia. Permiten observar incendios, deforestación, retroceso de glaciares, expansión urbana o cambios en los cursos de agua. Pero también pueden instalar una mirada distante, como si el espectador contemplara la Tierra desde un punto exterior, sin formar parte de la misma trama que se está dañando.
Algo similar ocurre con los time-lapses: hacen visible lo que el ojo humano no puede registrar en tiempo real, pero convierten procesos complejos en secuencias visuales aceleradas. La crisis se vuelve comprensible, pero también puede transformarse en espectáculo.
El riesgo de la fatiga visual
La repetición de imágenes catastróficas puede tener un efecto contrario al buscado. En lugar de activar compromiso, puede generar saturación, resignación o negación. Cuando todo se muestra como colapso irreversible, el espectador puede sentir que ya no hay margen para actuar.
Por eso, la discusión sobre el fotografoceno no es solo estética. Es también política, científica y comunicacional. Las imágenes no son neutrales: organizan la atención pública, definen qué especies importan, qué territorios se consideran amenazados y qué tipo de respuesta parece posible.
Una fotografía de un incendio puede denunciar una emergencia. Pero una serie visual que muestre el antes, el durante, el después, las causas, las comunidades afectadas, las especies desplazadas y las acciones de restauración puede construir una comprensión mucho más completa.
Fotografía de conservación: mirar para actuar
Frente a la estetización del desastre, la fotografía de conservación propone otro camino. Esta práctica no busca únicamente producir imágenes bellas o impactantes, sino poner la fotografía al servicio de objetivos concretos: documentar amenazas, acompañar investigaciones científicas, fortalecer campañas de protección, visibilizar especies ignoradas o registrar la relación de las comunidades locales con sus territorios.
En ese enfoque, el fotógrafo no es solo un observador externo. Puede trabajar con científicos, organizaciones ambientales, pobladores, guardaparques o proyectos de restauración. La imagen deja de ser un síntoma del daño y se convierte en una herramienta para comprenderlo y, en algunos casos, modificarlo.
La ciencia ciudadana también amplía este campo. Aplicaciones de registro de biodiversidad, inventarios colaborativos y plataformas de observación permiten que fotografías tomadas por ciudadanos contribuyan a mapear especies, detectar cambios de distribución o documentar presencias inusuales.
Menos espectáculo, más tiempo de observación
Una ecología de la mirada también invita a recuperar el tiempo largo. No todo en la naturaleza ocurre bajo la forma del acontecimiento espectacular. Muchas veces, la clave está en esperar, observar, registrar lo mínimo: una floración, un insecto, una huella, una conducta animal, una relación entre especies, una variación de luz.
El artículo de Garrouste menciona casos de fotógrafos que articulan ciencia y escritura visual, como Laurent Ballesta, Vincent Munier o Frédéric Larrey. Sus trabajos muestran que la imagen ambiental puede ir más allá del golpe de efecto: puede narrar ecosistemas, procesos, vínculos, paciencia, convivencia y formas de vida que no siempre aparecen en la iconografía dominante de la crisis.
Esa perspectiva resulta especialmente necesaria en tiempos de consumo rápido de contenidos. La biodiversidad no se agota en lo espectacular. Al contrario: gran parte de su importancia está en aquello que no suele entrar en el primer plano.
Una pregunta para periodistas, fotógrafos y lectores
El fotografoceno plantea un desafío directo para medios, divulgadores, museos, fotógrafos, científicos y audiencias. No alcanza con mostrar más imágenes de la crisis ambiental. Hace falta mirar mejor.
Eso implica diversificar especies, territorios y escalas; evitar que el desastre se convierta en una postal bella; incluir causas y responsabilidades; mostrar también experiencias de conservación; y construir relatos que no terminen siempre en parálisis.
En plena sexta extinción, el destino del vivo no depende solo de lo que medimos o de lo que protegemos. También depende de lo que aprendemos a ver. La pregunta de fondo ya no es únicamente cómo representar el antropoceno, sino qué tipo de mirada necesitamos cultivar para seguir cohabitando con el resto de las especies.
En sintesis
Qué es el fotografoceno: Es un concepto que une fotografía y antropoceno para pensar cómo las imágenes registran, narran y moldean nuestra comprensión de la crisis ambiental.
Quién propuso el término: La teórica de la fotografía Ana Peraica lo utilizó para describir la centralidad de las imágenes en la forma en que se debate el impacto humano sobre el planeta.
Qué problema señala: Muchas imágenes ambientales muestran la crisis, pero también pueden embellecer el desastre, repetir estereotipos visuales o dejar fuera de cuadro especies y procesos menos visibles.
Qué es una ecología de la mirada: Es una forma crítica de observar las imágenes: qué muestran, qué ocultan, desde dónde miran, qué emociones producen y qué posibilidades de acción abren o cierran.
Qué especies suelen quedar invisibles: Insectos, hongos, plantas comunes, microfauna del suelo, invertebrados y muchas especies pequeñas o poco carismáticas.
Qué propone la fotografía de conservación: Usar imágenes para apoyar acciones concretas de protección, investigación, educación ambiental, campañas públicas o inventarios de biodiversidad.
Por qué importa para el periodismo: Porque la selección de imágenes puede reforzar una mirada espectacular y fatalista de la crisis, o ayudar a construir comprensión, contexto y capacidad de respuesta.








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