Cuando el clima cambia más rápido que la vida: qué revela un nuevo estudio sobre las extinciones masivas

Una investigación del MIT y la Universidad de Leicester propone una explicación común para las grandes extinciones de los últimos 450 millones de años: las crisis se vuelven catastróficas cuando el ambiente cambia más rápido de lo que las especies pueden adaptarse. El modelo no anuncia una extinción inmediata, pero aporta una advertencia sobre la velocidad del cambio climático actual.

Una de las grandes preguntas de la historia natural es por qué algunas crisis ambientales fueron superadas por la vida y otras terminaron en extinciones masivas. Un nuevo estudio del MIT y la Universidad de Leicester propone una respuesta precisa: el factor decisivo no sería solo la magnitud del cambio, sino su velocidad. Cuando el ambiente cambia más rápido de lo que las especies pueden adaptarse, la crisis ecológica puede transformarse en una catástrofe biológica.

La investigación, publicada en Physical Review Letters, desarrolló un modelo teórico para analizar la relación entre tres variables: el ritmo del cambio ambiental global, la capacidad evolutiva de adaptación y la severidad de las extinciones. Los autores, Daniel H. Rothman, geofísico del MIT, y Sergei Petrovskii, matemático aplicado de la Universidad de Leicester, compararon ese modelo con datos de grandes episodios de extinción ocurridos durante los últimos 450 millones de años.

El punto central del trabajo es conocido como hipótesis del “desajuste de ritmos”. La idea sostiene que una especie puede sobrevivir si sus mecanismos de adaptación —cambios heredables, selección natural, reproducción de individuos mejor ajustados al nuevo ambiente— logran acompañar la velocidad de transformación del entorno. Pero cuando ese cambio supera la capacidad evolutiva disponible, la probabilidad de supervivencia cae de manera drástica.

Hasta ahora, ese principio se había observado en especies o poblaciones particulares. La novedad del estudio es que lo aplica a escala planetaria. Los investigadores construyeron una curva matemática para estimar el rango de adaptación de distintos grupos animales y luego la compararon con registros geológicos del ciclo del carbono, uno de los indicadores más utilizados para reconstruir grandes cambios ambientales del pasado.

Para probar el modelo, analizaron 27 episodios de alteración significativa del ciclo del carbono en los últimos 450 millones de años y los cruzaron con datos paleontológicos sobre la proporción de grupos animales que desaparecieron en cada crisis. El resultado fue consistente: casi todas las grandes extinciones coincidieron con momentos en los que el ambiente cambió a un ritmo que una parte importante de la vida no pudo seguir.

El caso más extremo es la extinción del final del Pérmico, ocurrida hace unos 252 millones de años y considerada la mayor crisis biológica conocida. Según el modelo, la rápida acidificación de los océanos habría superado la capacidad de muchos organismos marinos para desarrollar mecanismos de protección, lo que contribuyó a la desaparición de más del 80% de las especies marinas.

La investigación también ayuda a matizar una idea frecuente: no todo cambio ambiental conduce necesariamente a una extinción masiva. La vida tiene capacidad de adaptación, pero esa capacidad opera dentro de ciertos límites. Si el cambio es moderado o avanza a un ritmo compatible con los procesos evolutivos, muchas especies pueden ajustarse. El problema aparece cuando la velocidad del cambio rompe esa correspondencia.

Esa lectura vuelve especialmente relevante al estudio en el contexto actual. Rothman advierte que los niveles de dióxido de carbono en los océanos aumentan hoy a un ritmo que, al ser reescalado en términos geológicos, se aproxima a velocidades observadas antes de algunas grandes crisis del pasado. La investigación no afirma que una extinción masiva sea inminente, pero sí sugiere que el cambio ambiental contemporáneo podría estar acercándose a ritmos en los que la adaptación se vuelve cada vez más difícil.

El trabajo no reemplaza los estudios ecológicos sobre pérdida actual de biodiversidad, deforestación, sobrepesca, contaminación o fragmentación de hábitats. Su aporte está en otra escala: ofrece un marco para pensar por qué determinadas perturbaciones globales superan la resiliencia de la vida. En lugar de mirar solo cuánto cambia el planeta, pone el foco en qué tan rápido lo hace.

La conclusión es sencilla y, al mismo tiempo, inquietante: la vida puede resistir enormes transformaciones, pero necesita tiempo. Cuando el clima, los océanos o el ciclo del carbono se alteran demasiado rápido, la evolución no siempre llega a tiempo. Esa diferencia entre el ritmo del planeta y el ritmo de la vida fue decisiva en el pasado y podría convertirse en una de las claves para entender los riesgos ambientales del presente.