La “piedra rúnica” de Paraguay: entre el mito vikingo y la evidencia arqueológica

Durante décadas, algunos grabados rupestres del Amambay y del Ybytyruzú fueron presentados como supuestas runas vikingas. La investigación arqueológica disponible, sin embargo, apunta en otra dirección: se trata de petroglifos precolombinos, vinculados a antiguas ocupaciones humanas y a paisajes sagrados de pueblos originarios. Lejos de cerrar el interés del tema, la ciencia lo vuelve más relevante: no habla de vikingos en Paraguay, sino de un patrimonio rupestre excepcional todavía en estudio.

La llamada “piedra rúnica de Paraguay” forma parte de uno de los relatos más persistentes y discutidos de la arqueología popular sudamericana. La historia sostiene que ciertos grabados hallados en cerros y abrigos rocosos del país serían inscripciones nórdicas dejadas por navegantes vikingos que habrían llegado al corazón de Sudamérica antes de la conquista europea.

Amabay y Cerro Guazu:

La hipótesis resulta atractiva por su potencia narrativa: expediciones escandinavas, tesoros ocultos, un “rey blanco” en el Amambay, símbolos misteriosos y una civilización perdida en la selva. Sin embargo, hasta el momento no existe evidencia arqueológica aceptada por la comunidad científica que demuestre una presencia vikinga en Paraguay.

Lo que sí existe —y es mucho más importante desde el punto de vista patrimonial— es un conjunto de sitios con arte rupestre prehistórico, especialmente en el Cerro Guasú o Jasuka Venda, en Amambay, y en otros puntos de la Región Oriental, como Guairá. La Secretaría Nacional de Cultura de Paraguay presentó en 2012 un inventario de arte rupestre que documentó fotográfica, topográfica y arqueológicamente sitios en Amambay y Guairá, dentro de un proyecto orientado a la identificación y protección del patrimonio cultural.

De las runas al arte rupestre

El punto central es distinguir entre mito, interpretación y evidencia. Los grabados existen. Las rocas talladas existen. Los sitios arqueológicos existen. Lo que no está probado es que esos signos sean runas escandinavas.

Las investigaciones arqueológicas modernas describen muchos de esos motivos como petroglifos de “estilo de pisadas”, con representaciones de huellas humanas y animales, vulvas y signos abstractos. Un trabajo académico sobre Itaguy Guasú, uno de los abrigos del Cerro Guasú, señala que allí se registraron más de 1.300 grabados y que la excavación arqueológica halló industria lítica y un nivel de ocupación asociado al Arcaico u Holoceno Medio.

La datación es clave: en ese sitio se identificó un hogar fechado por termoluminiscencia en 5212 ± 323 años BP, muy anterior a la expansión vikinga medieval. Los autores del estudio consideran que esa datación permite vincular el conjunto con antiguas poblaciones precolombinas y no con navegantes nórdicos.

Jasuka Venda, un lugar sagrado

El Cerro Guasú, conocido por los Paî Tavyterã como Jasuka Venda, no es únicamente un sitio arqueológico. También es un lugar central en la cosmovisión de este pueblo guaraní. Medios paraguayos que recuperan los estudios arqueológicos y la memoria local señalan que Jasuka Venda es considerado por los Paî Tavyterã como un espacio sagrado, vinculado al origen de la Tierra y de la humanidad.

Esa dimensión es fundamental para evitar una lectura reduccionista. El sitio no debe ser abordado sólo como un conjunto de marcas en piedra para resolver un enigma externo. Es, al mismo tiempo, patrimonio arqueológico, territorio indígena, paisaje simbólico y archivo cultural.

La propia investigación en Itaguy Guasú se realizó con participación y autorización de la comunidad. Según la reconstrucción publicada por La Nación de Paraguay, los investigadores trabajaron entre 2004 y 2011, con intervención del Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira, a pedido de los custodios del sitio.

Cómo nació el mito vikingo

La teoría del origen nórdico se popularizó sobre todo en el siglo XX. Entre sus principales difusores aparecen el explorador e ingeniero alemán Fritz Berger y el antropólogo francés Jacques de Mahieu, quien defendió la idea de una presencia vikinga en América del Sur y publicó en 1979 El rey vikingo del Paraguay.

Según la reconstrucción histórica de La Nación, Berger recorrió la región del Amambay durante la década de 1940 y creyó identificar lo que llamó un “complejo rúnico”. Décadas más tarde, De Mahieu retomó esos relatos, organizó expediciones en la zona y buscó vincular los grabados con runas, mitología nórdica y una supuesta civilización blanca precolombina.

La figura de De Mahieu debe ser leída con cuidado. El mismo artículo recuerda su cercanía ideológica con la extrema derecha europea, su vinculación con el régimen de Vichy y su adscripción a ideas racialistas y nordicistas, elementos que influyeron en sus interpretaciones sobre América precolombina.

Ese contexto no invalida por sí solo una hipótesis, pero sí obliga a examinarla con criterios estrictos. En este caso, la teoría no cuenta con el respaldo material que exige la arqueología: no se han presentado restos nórdicos verificables, dataciones compatibles, objetos de cultura material escandinava ni contextos estratigráficos que sostengan una ocupación vikinga en Paraguay.

Qué dice la evidencia científica

La evidencia disponible apunta a una lectura precolombina local y regional. En Itaguy Guasú se documentó un conjunto rupestre denso y homogéneo, con motivos de estilo de pisadas y signos abstractos. La excavación aportó herramientas líticas, puntas bifaciales y rastros de ocupación humana antigua.

La cronología resulta particularmente significativa. La datación del hogar en torno a 5.200 años antes del presente ubica el contexto mucho antes del mundo vikingo, cuyo período histórico se desarrolla aproximadamente entre los siglos VIII y XI de nuestra era. Por eso, la explicación arqueológica más sólida no remite a runas, sino a sociedades indígenas antiguas del continente.

Además, el llamado “estilo de pisadas” no es exclusivo de Paraguay. Ha sido identificado en distintas regiones sudamericanas, especialmente asociado a representaciones de huellas humanas y animales. El estudio de Itaguy Guasú incluso plantea que el Amambay podría haber sido un área importante para la elaboración y dispersión de este lenguaje gráfico rupestre.

Lo que sí se sabe sobre vikingos en América

La presencia vikinga en América no es una fantasía en general: está probada arqueológicamente en L’Anse aux Meadows, en Terranova, Canadá. La Unesco describe ese sitio como los restos excavados de un asentamiento vikingo completo del siglo XI y como la evidencia más antigua conocida de europeos en América del Norte.

El sitio vikingo de L’Anse aux Meadows, en Canadá, una tierra que los escandinavos llamaron Vinland:

Pero esa prueba no autoriza a extender automáticamente la presencia nórdica a todo el continente. Entre Terranova y Paraguay hay una enorme distancia geográfica, cronológica y arqueológica. Para sostener una presencia vikinga en el Paraguay harían falta evidencias comparables: estructuras, objetos, restos orgánicos, herramientas, dataciones y contextos inequívocos. Hasta hoy, esos elementos no han aparecido.

Ita Letra y otros sitios rupestres

Además del Cerro Guasú, Paraguay conserva otros sitios con arte rupestre que suelen alimentar relatos de misterio, entre ellos Ita Letra, en la cordillera del Ybytyruzú, departamento de Guairá. Allí también se observan grabados en piedra de gran valor cultural y turístico.

Estos lugares deben ser presentados no como “pruebas de enigmas vikingos”, sino como expresiones del antiguo poblamiento y de la diversidad cultural precolombina de la región. La Secretaría Nacional de Cultura ya había señalado que el inventario de arte rupestre incluía sitios en Amambay y Guairá, con documentación científica y medidas orientadas a proteger el patrimonio indígena, campesino y urbano.

Una investigación todavía abierta

Matizar no significa mantener viva cualquier hipótesis sin base. La idea de runas vikingas en Paraguay no cuenta con respaldo científico suficiente. Pero la investigación sobre el arte rupestre paraguayo sí continúa abierta en varios sentidos: dataciones, interpretación de motivos, relación con otros sitios sudamericanos, dinámica de poblamiento, usos rituales del paisaje y vínculos con tradiciones indígenas actuales.

En Jasuka Venda, por ejemplo, los estudios documentaron 1.353 motivos grabados en Itaguy Guasú y otros abrigos próximos con grabados similares. También se hallaron herramientas de piedra y evidencias que permiten pensar en ocupaciones prolongadas o reiteradas por parte de grupos antiguos.

La pregunta científica ya no debería ser si hubo vikingos en el Amambay, sino qué sociedades produjeron esos grabados, cómo se relacionaban con el territorio y qué lugar ocupaban esos sitios dentro de redes culturales más amplias.

El universitario filonazi y colaborador muy cercano de Juan Domingo Perón, Jacques de Mahieu, estudiando el sitio paraguayo.

Un patrimonio que necesita protección

El riesgo de los mitos es que, a veces, eclipsan el verdadero valor de los sitios. Presentar los petroglifos como “runas vikingas” puede atraer curiosidad, pero también desplazar la atención de su significado indígena, arqueológico y patrimonial.

El desafío es doble. Por un lado, promover investigaciones rigurosas, con participación de las comunidades locales y criterios científicos. Por otro, desarrollar un turismo responsable que no dañe los grabados, no banalice los sitios sagrados y no convierta el patrimonio rupestre en simple escenario de teorías sensacionalistas.

Los sitios como Jasuka Venda e Ita Letra no necesitan una hipótesis vikinga para ser extraordinarios. Su importancia radica en que conservan huellas de poblaciones antiguas, memorias territoriales y formas de pensamiento visual que conectan a Paraguay con una historia profunda del continente.

Del misterio importado a la historia propia

La “piedra rúnica” de Paraguay es, en realidad, una puerta de entrada a una discusión más rica: cómo se construyen los mitos arqueológicos, cómo circulan las teorías pseudocientíficas y cómo la investigación permite recuperar historias locales que durante mucho tiempo fueron leídas desde marcos ajenos.

Las piedras no hablan en nórdico, al menos no según la evidencia disponible. Hablan de otra cosa: de pueblos originarios, de ocupaciones milenarias, de paisajes sagrados y de una tradición rupestre sudamericana que todavía espera ser estudiada con la profundidad que merece.

Los defensores de la presencia vikinga en el Chaco

En esa misma línea se inscribieron las interpretaciones de Vicente Pistilli (foto abajo), quien defendió la idea de una influencia vikinga en la cultura guaraní a partir de supuestas semejanzas lingüísticas, mitológicas y biológicas. En sus argumentos, vinculaba topónimos, palabras guaraníes, figuras de la cosmogonía indígena y objetos materiales con el mundo nórdico, y sostenía incluso que ciertos pueblos originarios, como los guayakí, descendían de grupos “blancos” o “arios” llegados a Sudamérica antes de la conquista española. Estas afirmaciones, sin embargo, no fueron acompañadas por pruebas arqueológicas verificables ni por consensos lingüísticos, genéticos o antropológicos aceptados por la investigación académica contemporánea.

El problema no radica sólo en la falta de evidencia, sino también en el marco ideológico desde el cual fueron formuladas muchas de estas teorías. Autores como Jacques de Mahieu y otros defensores de la hipótesis nórdica leyeron el pasado sudamericano a través de categorías racialistas y suprematistas, atribuyendo a una supuesta presencia europea blanca los rasgos culturales que consideraban más “avanzados” o difíciles de explicar dentro de las sociedades indígenas. En ese esquema, los pueblos originarios quedaban desplazados como sujetos históricos y sus producciones simbólicas eran reinterpretadas como herencia de una civilización externa. La arqueología actual, por el contrario, tiende a devolver estos sitios a su contexto americano, indígena y precolombino, sin necesidad de recurrir a linajes vikingos para explicar su complejidad.