Un estudio de la Universidad Sophia, en Japón, analiza desde hace cuatro décadas la conservación de un satoyama en Tokio y propone un modelo basado en cooperación, confianza y responsabilidad compartida. Frente a la pérdida de biodiversidad, el avance urbano y la crisis climática, estos paisajes tradicionales muestran que la protección ambiental también puede construirse desde acuerdos locales y saberes comunitarios.
En Japón, la palabra satoyama designa un tipo de paisaje rural tradicional donde conviven bosques, humedales, arrozales, cursos de agua, pequeños cultivos y comunidades humanas. No se trata de una naturaleza “intacta”, separada de las personas, sino de un ecosistema moldeado durante generaciones por prácticas agrícolas, manejo del agua y usos locales del territorio.
Ahora, un estudio de la Universidad Sophia, publicado en Frontiers in Water, sostiene que los satoyama pueden ofrecer una pista valiosa para repensar la conservación ambiental. La investigación, liderada por la profesora Mikiko Sugiura, analiza el caso del área de Zushi-Onoji, en Tokio, y propone el concepto de “gentle power” o “poder amable”: una forma de gobernanza ambiental basada en confianza, cooperación y aprendizaje compartido, más que en coerción o confrontación.
Qué es un satoyama
Un satoyama es una mosaico de interacción entre naturaleza y actividad humana. Puede incluir bosques secundarios, arrozales, estanques, canales de riego, humedales, praderas, aldeas y zonas agrícolas. Su valor ecológico surge precisamente de esa combinación: el manejo humano sostenido, cuando es equilibrado, permite conservar hábitats diversos y mantener ciclos de agua, suelos productivos y biodiversidad.

El estudio describe estos paisajes como sistemas donde el agua conecta físicamente bosques, humedales y arrozales, mientras que las comunidades locales ajustan niveles de agua, temperaturas y usos del suelo para sostener actividades productivas y ciclos ecológicos. Esa gestión favorece, por ejemplo, la reproducción de anfibios e insectos, y puede contribuir también a reducir emisiones de metano en ciertos contextos de manejo agrícola.
El caso de Zushi-Onoji: cuarenta años de conservación
La investigación se centró en el área de conservación de Zushi-Onoji, en Tokio. Allí, durante cuatro décadas, agricultores locales, organismos públicos y voluntarios ciudadanos trabajaron en conjunto para conservar humedales, arrozales, bosques y fauna silvestre amenazada. La autora combinó análisis documental y observación participante realizada entre 2022 y 2025.
El proceso no nació sin tensiones. Según el estudio, la gestión del área pasó de conflictos iniciales por restricciones al uso de la tierra, a fines de los años 70, hacia un modelo más colaborativo. Con el tiempo, los actores locales aprendieron a utilizar marcos legales existentes para impulsar cambios desde abajo: obtuvieron alivios fiscales, mayor capacidad de intervención local y herramientas para sostener acciones de conservación.
Qué significa “poder amable” o “poder benévolo”
El concepto de “poder amable” busca describir una zona intermedia entre dos modelos clásicos: por un lado, la imposición estatal estricta; por otro, la participación comunitaria completamente voluntaria y sin respaldo institucional.
En este caso, el poder no opera principalmente por sanción, obligación o enfrentamiento, sino por relaciones de confianza, legitimidad de las prácticas locales, cooperación entre actores y reconocimiento del conocimiento comunitario. El estudio lo define como una forma de influencia que respeta la autonomía de los participantes y logra gobernanza ambiental mediante colaboración y construcción de vínculos.
En términos prácticos, implica que agricultores, voluntarios, expertos y autoridades no actúan como bloques enfrentados, sino como partes de un sistema de manejo adaptativo. Cada uno aporta capacidades: conocimiento del terreno, experiencia científica, herramientas legales, trabajo comunitario y continuidad institucional.

Una alternativa para conservar sin expulsar a las comunidades
El enfoque del satoyama resulta importante porque cuestiona una idea todavía extendida: que conservar la naturaleza exige separar estrictamente a las personas del territorio. En muchos casos, esa separación puede ser necesaria para proteger ecosistemas frágiles. Pero los satoyama muestran otro camino: conservar paisajes donde la presencia humana forma parte del equilibrio ecológico, siempre que existan prácticas responsables y acuerdos de manejo.
La investigación identifica tres funciones principales del “poder amable”: integración de conocimientos, transformación institucional y sostenibilidad adaptativa. La primera legitima saberes ecológicos tradicionales al demostrar su eficacia. La segunda permite lograr cambios de política desde iniciativas locales. La tercera ayuda a mantener la conservación aun cuando cambian las condiciones sociales, por ejemplo por envejecimiento de la población rural o transformación de las actividades agrícolas.
El riesgo de perder saberes locales
Japón enfrenta un problema creciente: muchos arrozales y paisajes satoyama desaparecen por abandono rural, urbanización, envejecimiento demográfico y cambios en la economía agrícola. Cuando esos espacios se pierden, no sólo se degrada un ecosistema; también desaparecen conocimientos sobre ciclos estacionales, manejo del agua, mantenimiento de humedales, cuidado de especies y formas de convivencia entre comunidad y territorio.
Mikiko Sugiura advierte que, a medida que desaparecen arrozales y satoyama, también se pierden saberes ecológicos incorporados en las relaciones entre humanos y naturaleza. Por eso, el estudio plantea la necesidad de valorar prácticas locales, aprendizajes adaptativos y formas de conservación basadas en responsabilidad compartida.

Un modelo frente al cambio climático y la pérdida de biodiversidad
La discusión va más allá de Japón. En un contexto global marcado por cambio climático, urbanización y pérdida acelerada de biodiversidad, los satoyama ofrecen una referencia para pensar modelos de conservación más flexibles. No reemplazan a los parques nacionales ni a las áreas estrictamente protegidas, pero pueden complementar esas políticas con sistemas de manejo local.
El interés internacional por estos paisajes se expresa también en la International Partnership for the Satoyama Initiative, una plataforma vinculada a la Universidad de las Naciones Unidas que promueve el manejo sostenible de paisajes y paisajes marinos socioecológicos. En marzo de 2026, esa iniciativa realizó su décima conferencia global en Ecuador, donde reunió a responsables de políticas públicas, investigadores, comunidades locales y pueblos indígenas para intercambiar experiencias sobre conservación, resiliencia climática y medios de vida sostenibles.
Ese marco confirma que el concepto satoyama ya no se limita a Japón: se usa como referencia para territorios donde biodiversidad, producción, cultura local y vida comunitaria deben pensarse de manera integrada.
Qué puede aprender el mundo del satoyama
La principal enseñanza del satoyama es que la conservación no depende sólo de leyes, cercos o prohibiciones. También requiere legitimidad social, confianza, continuidad, saberes locales y capacidad de adaptación. Los paisajes se protegen mejor cuando las comunidades entienden su valor, participan en su manejo y cuentan con apoyo institucional suficiente.
El modelo tampoco idealiza el pasado. Los satoyama no son paisajes congelados ni postales rurales sin conflicto. Son sistemas dinámicos, atravesados por tensiones de propiedad, uso del suelo, cambios demográficos y presión urbana. Lo relevante es que el caso de Zushi-Onoji muestra cómo esas tensiones pueden transformarse en acuerdos graduales y en una gobernanza ambiental más resiliente.
Un puente entre tradición e innovación ambiental
El satoyama japonés muestra que la protección de la naturaleza puede surgir de una combinación de memoria, ciencia, comunidad y política pública. En lugar de oponer desarrollo humano y conservación, propone observar cómo ciertos paisajes sobreviven justamente porque fueron cuidados, usados y adaptados por generaciones.
En tiempos de crisis climática y pérdida de biodiversidad, esa mirada puede resultar decisiva. La conservación del futuro no dependerá sólo de grandes decisiones internacionales, sino también de la capacidad de sostener vínculos locales con los territorios. El “poder amable” del satoyama apunta a eso: proteger la naturaleza no por imposición, sino mediante cooperación, confianza y responsabilidad compartida.








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