El escritor inglés J. R. R. Tolkien (1892-1973) fue un cartógrafo de lo imaginario. En El Señor de los Anillos (1954-1955), inventa un mundo en el que la frontera entre la humanidad y la animalidad es difusa. Sus mapas de la Tierra Media construyen la coherencia espacial y la densidad narrativa de la búsqueda de la Comunidad del Anillo. Las montañas, los bosques y los ríos constituyen a veces pruebas espaciales, a veces espacios protectores o refugios. La geografía estructura la narración y da forma a la ficción.
Por Véronique André-Lamat, Professeure de Géographie, Centre national de la recherche scientifique (CNRS) and Léa Menard, Médiatrice scientifique, Centre national de la recherche scientifique (CNRS), Francia
Los mundos imaginarios son performativos. Se nutren de la realidad en una proyección ficticia, al tiempo que la cuestionan. El Señor de los Anillos no es una excepción, ya que nos invita a reflexionar sobre nuestros vínculos con la naturaleza, a reconocer su valor intrínseco y a superar una concepción dualista que opone naturaleza y cultura, otorgándole solo un valor de uso o de recurso, para comprometernos con una ética medioambiental.
Siguiendo a la comunidad, mestiza, por los caminos, a veces transversales, que les llevan al monte Destino, nos enfrentamos a diferentes formas de habitar y transformar la naturaleza: utopías rurales, zonas industriales, refugios ecológicos y lugares simbólicos donde las decisiones comprometen el futuro del mundo. La ficción se convierte en una herramienta para cuestionar la realidad, interrogar nuestras prácticas y reflexionar sobre los retos medioambientales contemporáneos en una era ahora antropocénica.

Habitar (con) el mundo: utopías rurales y resistencia
La Comarca se basa en un sistema agrario de policultivos alimentarios basado en pequeñas explotaciones familiares, donde el famoso tabaco apenas se exporta. Los hobbits viven en autarquía y habitan literalmente en una naturaleza cultivada, en madrigueras. Los bosquecillos y las praderas forman una red que limita la erosión y protege la biodiversidad, y organizan un territorio en el que la naturaleza y la sociedad coexisten armoniosamente. Este ideal preindustrial se está extinguiendo poco a poco en el mundo occidental moderno, donde la agricultura intensiva y centralizada se ha impuesto como norma en un territorio reagrupado.

El bosque de Fangorn representa una naturaleza que resiste como una zona a defender (ZAD). Los Ents, gestores de la población forestal, encarnan árboles dotados del habla, capaces de rebelarse. Rechazan el dominio humano cerrando los caminos de acceso antes de emprender una guerra contra la industrialización liderada por Saruman en Isengard. La paralización de las obras de la autopista A69 es un ejemplo de cómo, en ocasiones, la naturaleza puede por sí misma poner límites a los proyectos de desarrollo impulsados por el ser humano.
Por último, Lothlórien simboliza una ecotopía, un espacio preservado del paso del tiempo y de las presiones humanas, donde la naturaleza, la sociedad y la espiritualidad conviven en armonía. La reserva integral del bosque de La Massane, los bosques «sagrados» de África Occidental o los del norte de Grecia (macizo del Pindo) se hacen eco de este ideal. Concebidos como ecosistemas cuyas dinámicas naturales se respetan y en los que la intervención humana controlada es discreta, permiten observar y seguir las especies, la regeneración espontánea de los hábitats y su resiliencia. Pero, al igual que Lothlórien, este tipo de sistema de gestión sigue siendo espacialmente escaso y frágil. Requiere construir la naturaleza como un bien común cuyo acceso y uso sean aceptados por las comunidades que conviven con estos espacios forestales.

Estos tres tipos de territorios demuestran que habitar el mundo no es simplemente ocupar, y mucho menos apropiarse, de un espacio natural, sino entablar un diálogo con él, considerar que tiene un valor por sí mismo, simplemente por el hecho de existir, y no solo como recurso. Se trata, pues, de convivir en interacciones en las que cada ser cuida del otro.
Explotar un recurso natural: de la artificialización a la destrucción
La transformación de los espacios naturales, como muestra Tolkien, también puede responder a una lógica de explotación intensiva, ya que la naturaleza ofrece recursos que permiten afianzar el dominio de los seres humanos sobre la naturaleza y sobre otros seres humanos. Ya no se trata de plantear una cohabitación entre el ser humano y la naturaleza, sino de someter a la naturaleza mediante la tecnología.
Isengard, el territorio de Saruman al sur de las Montañas Nubladas, controlado por la torre de Orthanc, encarna la transformación radical del medio ambiente por y para la industria; una industria cuya producción de orcos híbridos, una especie de transhumanismo aplicado a la ferocidad, tiene como objetivo reforzar el poder de Saruman y construir su ejército para tomar el control de otros territorios. El bosque es arrasado, los ríos desviados, el paisaje mecanizado, con el único objetivo de alimentar la industria. Los campos de explotación de esquisto bituminoso en América del Norte muestran hasta qué punto la explotación de la naturaleza puede destruir paisajes, contaminar una naturaleza que se vuelve inservible y cuyas funciones y servicios ecosistémicos quedan destruidos.

La Moria, antiguo reino floreciente del pueblo enano, es un ejemplo del resultado letal de la sobreexplotación de un recurso natural. Si bien el mithril, un mineral raro y muy valioso, construyó el poder del reino enano, su explotación cada vez más intensa, que vaciaba las profundidades de la tierra, condujo al colapso de la civilización y al abandono de la Moria. Este territorio minero en desuso se asemeja a los paisajes de regiones como Donbass, que aún conservan hoy en día las huellas visibles de décadas de extracción de carbón: galerías derrumbadas, suelos inestables y ciudades parcialmente abandonadas.
Lugares de ruptura y retos planetarios
Por último, en Tolkien encontramos una puesta en escena de espacios que representan lugares decisivos para la trama y el futuro del mundo, en este caso la Tierra Media.
El «burgo-puente» de Bree, zona fronteriza delimitada por un ancho río, marca el límite entre el universo aún protegido, casi cerrado, de la Comarca y los territorios mercantiles del este, abiertos e inestables. Pero Bree es también un cruce de caminos dinámico, un lugar de intercambio donde circulan y se encuentran personas, bienes e historias. Una encrucijada y una frontera en la que, sin embargo, la tensión y la vigilancia de todos los movimientos son fuertes.

Lugar de transición, que simboliza a la vez la apertura y el cierre territorial, Bree es un punto de inflexión en la narración donde convergen y se enfrentan los personajes clave de la trama (los hobbits, Aragorn, los jinetes negros de Sauron), las figuras del Bien y del Mal en torno a las cuales se jugará el futuro de la Tierra Media. Al igual que Bree, Calais es un punto de fricción entre un espacio cerrado (las fronteras británicas) y un espacio abierto donde se entremezclan la sociedad local, las lógicas nacionales y transnacionales, pero donde los movimientos están cada vez más controlados.
Por último, la montaña del Destino, un volcán activo, encarna el lugar de ruptura definitivo, aquel en el que la elección de un individuo, quedarse con el anillo para sí mismo en su deseo de poder absoluto o aceptar destruirlo, tiene consecuencias importantes para toda la Tierra Media. Algunos espacios desempeñan un papel similar en nuestra Tierra. El deshielo del permafrost siberiano o del inlandsis antártico podría liberar inmensas cantidades de carbono en el primer caso y de agua dulce en el segundo, acelerando el cambio climático y la inundación de tierras habitadas.
Estos lugares, donde acciones localizadas pueden desencadenar efectos sistémicos globales, más allá de todo control, concentran así retos críticos, ecológicos, geopolíticos o simbólicos.
La ficción constituye un poderoso vector de reflexión sobre nuestra responsabilidad colectiva en la gestión de la naturaleza, sobre nuestras elecciones éticas y políticas en cuanto a la forma de habitar la Tierra como bien común y evitar así llegar a un punto de inflexión que será el de un no retorno.
Esta nota fue preparada por The Conversation.








Deja un comentario