En todo el mundo, algunos destinos están reinventando el arte de viajar exigiendo a los visitantes que se comprometan a mantener una relación de respeto y reciprocidad.
Por Élodie Manthé, Maître de Conférences en Sciences de gestion, Université Savoie Mont Blanc, Francia
El sueño de un turismo 100 % sostenible se enfrenta a una realidad más compleja. Según el barómetro 2026 de Skift, empresa de información sobre viajes y turismo con sede en Nueva York, la industria atraviesa una fase de desilusión: entre la inflación, las prioridades políticas fluctuantes y la reticencia de los consumidores a pagar más, las bonitas promesas ecológicas suelen dar paso a una gestión pragmática de la crisis. Sin embargo, existen iniciativas que permiten mantener la esperanza.
El antropólogo Marcel Mauss en su Ensayo sobre el don de 1925, arroja luz sobre la dimensión social y simbólica de los intercambios y que nos permite abrir una tercera vía para resolver este dilema. Según este análisis, el turismo moderno, que atraviesa una fase de desilusión, debe superar las soluciones puramente transaccionales para afianzarse en una dinámica más humana y equilibrada. Basándose en dos ejemplos extremos de intercambio estudiados por Mauss, el potlatch y el kula, el artículo propone una herramienta valiosa para descifrar los excesos del turismo contemporáneo.
Dar, recibir y devolver
El potlatch, practicado en la costa noroeste de América y descrito en el siglo XIX, consiste en acumular bienes para destruirlos o distribuirlos de forma ostentosa, mostrando así poder y prestigio. Es el reflejo de los excesos del turismo actual: un consumo excesivo de experiencias únicas, lujosas e «instagrameables», en las que la acumulación de recuerdos espectaculares sirve como marcador social. Por el contrario, el kula, ritual de intercambio simbólico entre las islas Trobriand, encarna un modelo regenerativo. Los objetos circulan según reglas precisas, creando vínculos duraderos entre las comunidades.
Para Mauss, la relación a largo plazo entre comunidades se mantiene gracias a los regalos que circulan entre ellas a lo largo del tiempo, según un principio inmutable: siempre hay que dar, recibir y devolver. Estos rituales se basan en la idea de que el regalo es un contrato moral que compromete al receptor a devolverlo, no por obligación, sino por agradecimiento.
¿Y si aplicáramos esta filosofía a los viajes? Para un turismo verdaderamente regenerativo, habría que inspirarse en el kula: privilegiar los intercambios equilibrados, en los que los viajeros no se contentan con consumir, sino que se comprometen a respetar los lugares, valorar las culturas y contribuir al bienestar de los territorios visitados. El viaje se convierte entonces en un ritual de intercambio, mucho más allá de una simple transacción. Al asumir una «deuda moral», es decir, lo que se le debe a la comunidad que nos acoge, se sientan las bases de una relación auténtica y duradera.
En resumen, la ética del viaje del mañana se mide menos por lo que se paga que por lo que se devuelve. Esta idea puede parecer descabellada, incluso utópica, en una sociedad occidental donde el turismo se reduce a menudo a una transacción: se paga, se consume y se marcha. Sin embargo, en todo el mundo, algunos destinos están reinventando el arte de viajar exigiendo a los visitantes que se comprometan a mantener una relación de respeto y reciprocidad. Estas iniciativas, lejos de ser anecdóticas, dibujan los contornos de un turismo más consciente, en el que la hospitalidad ya no es un derecho, sino un intercambio.
Juramentos para viajar de otra manera
En 2017, el archipiélago de Palau, en Micronesia, puso en marcha una iniciativa pionera: el Palau Pledge. Cada visitante debe firmar, a su llegada, una declaración solemne en la que se compromete a respetar y preservar el medio ambiente y la cultura local.
Este «pasaporte moral» va más allá de las palabras: va acompañado de acciones concretas, como un vídeo de sensibilización que se proyecta a bordo de los vuelos con destino a Palau. Los niños locales incluso participaron en su creación, lo que reforzó su arraigo en la comunidad. ¿El resultado? Palau protege hoy el 80 % de sus aguas gracias a un santuario marino, al tiempo que integra la conservación en su sistema educativo.
Otro ejemplo, inspirado en el término maorí tiaki («proteger»), es la carta Tiaki Promise, que invita a los viajeros que visitan Nueva Zelanda a adoptar comportamientos responsables: minimizar su huella ecológica, no dejar rastro y abordar la cultura local con respeto. El juramento es claro :
«Protegeré la tierra, el mar y la naturaleza, y trataré la cultura local con una mente y un corazón abiertos».
Cabe mencionar también el Aloha Pledge de Kauai, inspirado en una filosofía hawaiana milenaria: «He Aliʻi Ka ʻĀina; He Kauwā ke Kanaka» («La tierra es la jefa, el ser humano es su sirviente»). Los viajeros se comprometen a respetar la cultura, los ecosistemas y los recursos naturales, por ejemplo, evitando las cremas solares tóxicas para los corales o no recogiendo flores ni rocas.
Islandia y Finlandia también han adoptado juramentos similares. El primero, acompañado de vídeos educativos, anima a los turistas a adoptar comportamientos ecológicos para preservar los paisajes islandeses. El segundo, impulsado por Visit Finland, tiene como objetivo convertir al país en el primer destino turístico sostenible del mundo, integrando el respeto por el medio ambiente y las comunidades locales.
Un cambio de paradigma: el viaje como intercambio, no como consumo
Estas iniciativas tienen algo en común: vuelven a situar la hospitalidad en el centro del viaje. Ya sea mantener «el corazón y la mente abiertos» en Nueva Zelanda, interactuar «con amabilidad» en Hawái o «ser responsable» en Finlandia, cada juramento refleja los valores fundamentales de la sociedad que lo ha creado.
Lejos de ser simples modas pasajeras, estos compromisos reflejan la voluntad de transformar la mentalidad de los viajeros. Nos recuerdan que viajar es entrar en un círculo de reciprocidad: recibimos la hospitalidad como un regalo y nos comprometemos a devolverla, aunque solo sea respetando la tierra y a quienes nos acogen. En definitiva, se trata de una respuesta concreta al llamamiento del geógrafo francés Rémy Knafou de «reinventar (de verdad) el turismo».
De manera muy operativa, Copenhague, la «capital de lo cool», ha transformado el compromiso ecológico y social en una experiencia turística deseable. Con su programa CopenPay, la ciudad danesa ofrece a los viajeros la posibilidad de prolongar su estancia para participar en acciones ciudadanas, a cambio de recompensas locales. ¿La idea? Sustituir el turismo de consumo por un turismo de contribución, en el que cada visitante se convierte en protagonista de la ciudad.
Para adaptarse a todos los perfiles, Copenhague ha ideado actividades breves y accesibles, con recompensas inmediatas:
- Recoger basura (entre treinta y sesenta minutos) con la ONG Drop in the Ocean para obtener un vale de descuento del 50 % en hoteles del centro de la ciudad.
- Jardinería urbana los jueves en una granja urbana, a cambio de un café y una charla con los voluntarios.
- Ayudar en la producción de fresas introduciendo insectos auxiliares (una hora) para ganar un zumo de fresas fresco.
A diferencia de otras iniciativas en las que la responsabilidad social sigue siendo abstracta, CopenPay apuesta por la inmersión y el encuentro. Las recompensas (visitas guiadas, descuentos, acceso a lugares insólitos) no son solo un extra: convierten a los turistas en colaboradores, ofreciéndoles una experiencia auténtica, similar a la de los lugareños.
Este enfoque responde a una creciente búsqueda de autenticidad, sin caer en la teatralidad. Las acciones son útiles, breves y poco restrictivas, pero, sobre todo, crean vínculos sociales. Como subrayan investigaciones recientes, es la dimensión relacional lo que hace que estas experiencias sean memorables y deseables.
Sin embargo, cabe preguntarse si el turismo sostenible no representa una ruptura, sino una integración progresiva de los principios del desarrollo sostenible en las actividades turísticas existentes. Parece que los destinos que lo adoptan ya están maduros y son bastante atractivos para una clientela privilegiada que evita el turismo de masas.
Por supuesto, todos los actores del sector (alojamientos, agencias de viajes, guías o incluso colectividades) pueden adoptar los principios establecidos adaptando sus prácticas y enriqueciendo su oferta con criterios responsables. De ahí la importancia de que los actores turísticos que gestionan importantes flujos turísticos (cruceros, centros vacacionales, operadores turísticos, etc.) los adopten, aunque sea a pequeña escala, para tener un impacto más significativo, más allá de un nicho de mercado de viajeros que buscan hacer el bien.
Foto de apertura: La laguna conocida como la Vía Láctea, en el archipiélago de Palau, en Micronesia. ESta nota fue preparada por The Conversation.








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