¡Las plantas no son tan mudas como imaginamos! Muchas especies vegetales son capaces de interactuar entre sí y con el resto de su entorno. Y estos intercambios moldean y transforman activamente los paisajes.
Por François Bouteau, Pr Biologie, Université Paris Cité
A menudo pensamos que las plantas son seres silenciosos, inmóviles, sin intención ni acción. Sin embargo, numerosos estudios revelan hoy en día que se comunican activamente entre ellas, pero también con otros seres vivos, animales, hongos y microorganismos. Al comunicarse, no solo transmiten información, sino que modifican las dinámicas ecológicas y, por lo tanto, son protagonistas de las transformaciones de su entorno.
Esta comunicación no tiene nada de mágico: se basa principalmente en señales químicas. De hecho, se puede considerar que la comunicación se produce cuando un emisor envía una señal que es percibida por un receptor, el cual, a su vez, modifica su comportamiento. Por lo tanto, para comunicarse, las plantas deben ser sensibles a su entorno. De hecho, son capaces de percibir numerosas señales ambientales que utilizan como información: la luz, el agua, la presencia de nutrientes, el tacto, los ataques de insectos o incluso la proximidad de otras plantas.
Entonces saben cómo ajustar su desarrollo: orientan las hojas hacia el sol, desarrollan sus raíces hacia las zonas ricas en nutrientes o evitan los lugares pobres o tóxicos. Cuando sufren el ataque de un patógeno, desencadenan reacciones químicas que refuerzan sus defensas o avisan a sus vecinas del peligro. Esto implica que las plantas también son capaces de emitir señales comprensibles que otros organismos receptores pueden interpretar. Estos comportamientos muestran una verdadera capacidad de acción: las plantas no solo sufren su entorno, sino que interactúan con él y lanzan respuestas adaptadas, orientadas hacia un objetivo importante para ellas, el crecimiento.
La mayor parte de los intercambios entre plantas se producen gracias a compuestos orgánicos volátiles. Estas moléculas son producidas por las plantas y se desplazan en forma gaseosa por el aire o el suelo, lo que les permite transmitir mensajes. Cuando una planta es atacada por un patógeno, puede liberar compuestos volátiles que alertan a sus vecinas. El ejemplo emblemático, aunque controvertido, es el estudio realizado por el equipo de Wouter Van Hoven (Universidad de Pretoria, Sudáfrica, nota del editor) que demostró que las acacias sometidas al ramoneo de los kudús, una especie de antílope, sintetizaban taninos tóxicos y que las acacias situadas a pocos metros de distancia hacían lo mismo.

Hablar con moléculas
La mayor parte de los intercambios entre plantas se producen gracias a compuestos orgánicos volátiles. Estas moléculas son producidas por las plantas y se desplazan en forma gaseosa por el aire o el suelo, lo que les permite transmitir mensajes. Cuando una planta es atacada por un patógeno, puede liberar compuestos volátiles que alertan a sus vecinas. El ejemplo emblemático, aunque controvertido, es el estudio realizado por el equipo de Wouter Van Hoven (Universidad de Pretoria, Sudáfrica, nota del editor) que demostró que las acacias sometidas al ramoneo de los kudús, una especie de antílope, sintetizaban taninos tóxicos y que las acacias situadas a pocos metros de distancia hacían lo mismo.
Los investigadores sugirieron que las acacias pastadas liberaban etileno, un compuesto que inducía la síntesis de taninos en las acacias vecinas, protegiéndolas así de los kudús. Este tipo de interacción también se ha observado en otras plantas. En la cebada, por ejemplo, la emisión de compuestos volátiles permite reducir la sensibilidad al pulgón Rhopalosiphum padi. Las plantas de cebada que perciben estos compuestos pueden activar sus defensas incluso antes de ser atacadas por los pulgones.
Algunos de estos compuestos pueden sintetizarse específicamente para atraer a los depredadores del agresor. Así, cuando son atacadas por orugas, algunas plantas, como el maíz, emiten moléculas para pedir ayuda a las avispas depredadoras de orugas. Otras señales químicas emitidas en los exudados radiculares permiten a las plantas identificar a sus vecinas, reconocer a sus parientes y adaptar su comportamiento en función del grado de parentesco. Este tipo de intercambios demuestran que la comunicación vegetal no es un simple reflejo, sino que implica una evaluación del contexto y una acción ajustada.

Dependiendo del contexto, las plantas se expresan de manera diferente.
Pero no todas las plantas se comunican de la misma manera. Algunas utilizan señales llamadas públicas, que muchas especies pueden percibir, lo que a veces se denomina «escucha clandestina». Otras emiten mensajes llamados privados, muy específicos, que solo comprenden sus parientes cercanos o sus socios simbióticos, es decir, las especies con las que intercambian información o recursos. Este es el caso de la simbiosis micorrízica entre una planta y los hongos, que requiere un diálogo molecular entre la planta y su socio fúngico.
Por lo tanto, esta elección de comunicación depende del contexto ecológico. En entornos donde crecen juntas plantas emparentadas, compartir información beneficia a todo el grupo: es una estrategia colectiva. Pero en entornos competitivos, es más ventajoso mantener los mensajes en secreto para evitar que los competidores se beneficien de ellos. Esta flexibilidad demuestra que las plantas adaptan la forma en que transmiten la información según sus intereses.
¿Se puede decir que las plantas se comunican entre sí?

De hecho, las señales emitidas por las plantas no solo las benefician a ellas mismas. Pueden influir en el desarrollo de todo el ecosistema. Al atraer a los depredadores de los herbívoros, favorecer la simbiosis con los hongos o modular el crecimiento de las plantas vecinas, las plantas participan en una amplia red de interacciones.
La pregunta es entonces si las plantas tienen lenguaje. Si por lenguaje entendemos una sintaxis y símbolos abstractos, la respuesta es no. Pero si consideramos el lenguaje como un conjunto de señales que producen efectos concretos en un receptor, entonces sí, las plantas se comunican. Algunos filósofos han investigado si se pueden encontrar analogías con ciertos aspectos del lenguaje humano.
Algunos de ellos consideran que la comunicación entre las plantas puede considerarse performativa, en la medida en que no describe el mundo, sino que lo transforma. Cuando una planta emite una señal para repeler a un herbívoro o avisar a sus vecinas, no solo transmite información, sino que actúa. Este tipo de comunicación produce un efecto medible, lo que los filósofos del lenguaje, siguiendo la línea del estadounidense John Austin, denominan efecto perlocutivo.
Las plantas moldean activamente los ecosistemas.
Esta visión ampliada de la comunicación vegetal debería transformar nuestra concepción de los ecosistemas. Las plantas no son elementos pasivos del paisaje, sino actores de pleno derecho, capaces de transformar su entorno a través de sus acciones químicas, físicas y biológicas.
Estos descubrimientos abren nuevas perspectivas para una agricultura sostenible: al comprender y utilizar la comunicación de las plantas, es posible reforzar sus defensas sin pesticidas, gracias a asociaciones de cultivos o especies centinela que alertan a las demás del peligro. La cuestión de los paisajes olfativos es también un tema emergente para la gestión del territorio.
Para ello es necesario adoptar una nueva perspectiva sobre el comportamiento vegetal. Durante siglos se creyó que las plantas carecían de comportamiento, movimiento o capacidad de decisión. Darwin ya había observado en el siglo XIX que orientaban sus órganos en función de la luz, la gravedad o el contacto. Hoy en día, sabemos que también pueden memorizar ciertas experiencias y reaccionar de manera diferente a una misma señal en función de su experiencia. Algunos investigadores utilizan modelos derivados de la psicología y la teoría de la información para estudiar la toma de decisiones en las plantas: percepción de una señal, interpretación, elección de respuesta, acción.

Repensar la jerarquía de los seres vivos
Más allá de la comunicación, algunos investigadores hablan ahora de la «agencia vegetal», es decir, la capacidad de las plantas para actuar de forma autónoma y eficaz en un mundo en constante cambio. Reconocer esta agencia cambia profundamente nuestra relación con los seres vivos. Las plantas no son simples organismos pasivos: perciben, deciden y actúan, tanto individual como colectivamente. Modifican los equilibrios ecológicos, influyen en otros seres vivos y participan activamente en la dinámica del mundo.
La idea de la agencia vegetal nos invita a abandonar la visión jerárquica de lo vivo heredada de Aristóteles, que sitúa al ser humano en la cima de una pirámide de inteligencia. Nos empuja a reconocer la pluralidad de formas de acción y sensibilidad en la naturaleza. Comprender esto también significa replantearnos nuestra propia forma de habitar la tierra: ya no como amos de los seres vivos, sino como socios de una vasta red de seres vivos en la que todos son capaces de sentir, actuar y transformar su entorno.








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