Naturaleza, aves, maras y muchos más en el Ecoparque, en el corazón de Buenos Aires

Del antiguo Jardín Zoológico inaugurado en 1888 al actual Ecoparque porteño, el predio de Palermo combina arquitectura histórica, biodiversidad urbana y programas de conservación de fauna silvestre. Entrada gratuita, recorridos guiados y un enfoque ambiental que redefine la experiencia de visita en uno de los espacios verdes más singulares de Buenos Aires.

Entrar al Ecoparque de Buenos Aires es caminar por una institución que cambió de época y de sentido sin perder su marca original: un parque de fines del siglo XIX, de estética victoriana, atravesado por edificios “de catálogo” —templos, pabellones, estilos importados— y, al mismo tiempo, por una agenda ambiental contemporánea que ya no se apoya en la exhibición como fin, sino en la conservación, el rescate de fauna silvestre, la educación ambiental y la preservación patrimonial.

Así lo explica Hernán Morlino, historiador y guía turístico del Ecoparque, durante una visita guiada que recorre capas superpuestas de la historia: desde los proyectos iniciales impulsados en la década de 1870 bajo la órbita de Domingo F. Sarmiento y la figura del primer director, Eduardo Ladislao Holberg, hasta la transformación institucional de las últimas décadas, ya como Ecoparque.

Un zoológico “a la europea” y un parque con sello victoriano

El antiguo Jardín Zoológico abrió sus puertas el 30 de octubre de 1888. La idea de Holberg, detalla Morlino, fue construir un conjunto de edificios que representaran “distintas partes del mundo” y acompañarlos con fauna traída de diferentes rincones del planeta, siguiendo el concepto de los grandes zoológicos europeos de la época, como los de Londres o Berlín.

Ese origen se percibe todavía en la fisonomía del lugar: parquización de inspiración victoriana —más “salvaje”, pensada como representación de la naturaleza— y una arquitectura ecléctica donde conviven referencias renacentistas con motivos orientales y pabellones temáticos. El Ecoparque conserva ese aire de parque histórico, con senderos, recintos y construcciones que funcionan como un archivo urbano al aire libre.

Onelli, el “zoo” para las clases urbanas y una anécdota con Roca

El segundo gran giro llega en el siglo XX. Morlino ubica el cambio en 1904, cuando asume la dirección Clemente Onelli, naturalista y paleontólogo, vinculado al Perito Moreno. Onelli —cuenta— empieza a pensar el espacio más orientado a las clases medias urbanas, en un momento en que el transporte comienza a acercar al público a una zona antes periférica respecto del antiguo centro porteño.

En la narración aparece también un episodio que condensa tensiones de poder y uso del espacio público: Holberg se enfrentó a Julio Argentino Roca porque el expresidente ingresaba con carruaje, marcando los caminos de tierra. La respuesta fue literal: topes de cemento en los accesos y un cartel que señalaba que se trataba de un paseo público y no un lugar para el “solaz” de funcionarios. La disputa derivó en una investigación y, finalmente, el recambio en la conducción.

El lactario, la Biblioteca Sarmiento y un patrimonio que se sigue abriendo

En esa etapa, el parque suma piezas que hoy funcionan como hitos patrimoniales. Morlino destaca el primer lactario de Buenos Aires: un espacio donde las mujeres podían amamantar en un contexto social en el que mostrar el pecho en público no era “lo correcto”. Ese lactario —explica— hoy es sede de la Biblioteca Sarmiento, donde se resguarda bibliografía vinculada al propio Holberg, a Onelli y a Dagoberto (sobrino del primer director y tercer director del zoológico).

La experiencia de recorrido, así, se arma también con “estaciones” culturales: templos, edificios reutilizados y dependencias que conectan pasado y presente. Parte del atractivo está en ese cruce: un parque que fue diseñado como institución zoológica decimonónica y que hoy intenta resignificar su infraestructura como patrimonio y como soporte de educación ambiental.

De zoológico concesionado a Ecoparque: una ley y tres pilares

El pasaje de zoológico a Ecoparque, según Morlino, es un proceso largo que empieza a delinearse desde la década de 1990, cuando asociaciones regionales y globales de zoológicos comienzan a exigir que estas instituciones cumplan un rol científico y de conservación, más allá del entretenimiento. En Buenos Aires, el cambio se acelera luego de años de concesión privada —cuando el objetivo principal, dice, era hacer dinero— y de episodios que marcaron un punto de inflexión en el rechazo social, como la muerte del oso polar Winner en 2012.

La transformación queda formalizada con la Ley de Ecoparque de la Ciudad de Buenos Aires, que obliga a reconfigurar la institución bajo tres pilares:

  1. Conservación y rescate de fauna silvestre,
  2. Preservación del patrimonio histórico,
  3. Educación ambiental.

Hoy el Ecoparque funciona como una unidad de proyectos especiales bajo la órbita ambiental del Gobierno porteño, con presupuesto estatal y entrada general libre y gratuita, tanto para residentes como para turistas. Además, ofrece dos visitas aranceladas: una centrada en “cuidado animal” y otra en el hospital veterinario, donde puede visitarse, entre otras áreas, el banco genético de fauna silvestre que Morlino describe como uno de los más grandes de América Latina.

Qué se ve hoy: fauna nativa, rescates y animales “no trasladables”

Uno de los puntos que más ordena el relato actual del Ecoparque es la selección de animales que permanecieron y los que fueron reubicados. El criterio, resume Morlino, combinó un censo general, la evaluación de salud física y comportamental, y la posibilidad real de encontrar instituciones receptoras con mejores condiciones.

Hay historias puntuales que se volvieron emblemáticas. Los chimpancés fueron trasladados a un santuario en Gran Bretaña luego de un entrenamiento basado en refuerzo positivo y habituación voluntaria a la caja de transporte. En el caso de las elefantas, el proceso tuvo resultados diversos: Mara fue trasladada en 2020 a un santuario en Brasil; Cuqui murió en Buenos Aires (la necropsia indicó un infarto); y Pupi fue trasladada también a Brasil, donde vivió en un ambiente de gran extensión antes de morir, en lo que el guía define como un “éxito” desde la perspectiva de bienestar: conocer un entorno más cercano a la libertad.

A la vez, quedan especies exóticas o grandes animales que hoy son “no trasladables” por edad, riesgos logísticos o falta de santuarios adecuados en la región. Morlino menciona, por ejemplo, jirafas, hipopótamos y una bisonta: casos donde, aun reconociendo límites de espacio, se buscan “soluciones intermedias” (mejoras de recintos, cambios de manejo, enriquecimiento ambiental) para garantizar bienestar.

En paralelo, la institución pone foco en programas con fauna nativa: el Programa de Conservación del Cóndor Andino —con liberaciones que, según el guía, ya rondan cientos de ejemplares—; programas de rapaces que trabajan con el águila coronada, una especie en situación crítica; y alianzas con organizaciones como Rewilding para iniciativas como la reintroducción de la nutria gigante en ambientes del Litoral.

El Ecoparque como reserva urbana: selva en galería, lagos sin químicos y avistaje

Más allá de los recintos, el recorrido suma una dimensión menos obvia para quien llega con la idea del “ex zoo”: el Ecoparque también funciona como hábitat urbano. Hernán Morlino describe el sector de Palermo como parte histórica de áreas inundables del antiguo borde del río, y señala que en el parque se recrea una selva en galería, con flora nativa que atrae insectos y aves.

En el lago —artificial, parte del diseño original— destaca un cambio central: ya no se utiliza intervención química (sin cloro ni desinfectantes), lo que permite la aparición de peces y el uso del agua como recurso ecológico. El resultado, dice, es que el parque se convierte en una estación para aves: menciona garzas, biguás y especies más esquivas que aparecen por temporadas. Habla de una ciudad con más de 300 especies de aves registradas y de un parque donde se avistaron alrededor de 130.

La visita también se detiene en procesos de fitorremediación, con plantas acuáticas —como el “acordeoncito de agua”— que ayudan a filtrar materia orgánica y mejorar la calidad del agua. Para el visitante, estos detalles cambian el foco: el Ecoparque no es solo un paseo, sino un muestrario de ecología urbana en funcionamiento.

Educación y convivencia: “no es la regla por la regla”

Si el parque es público, la convivencia con el público se vuelve un capítulo en sí mismo. Morlino lo plantea como un trabajo de “normalización” social: enseñar no solo con discursos, sino con prácticas y razones. Ejemplo concreto: no alimentar a los patos no es un capricho, sino una medida para evitarles problemas de salud, como el hígado graso.

En temporadas de alta afluencia, el Ecoparque incorporó molinetes para contabilizar y regular el ingreso en momentos críticos (como vacaciones de invierno), sin que eso implique convertirlo en un espacio pago. El objetivo, explica, es poder gestionar mejor la cantidad de gente dentro del predio y reducir situaciones de riesgo o maltrato.

Cómo se recorre: gratuito, con guiadas y “capas” de experiencia

Para quien busca una visita completa, el Ecoparque ofrece distintas capas:

  • Entrada general gratuita (ideal para caminarlo como parque histórico y reserva urbana).
  • Visita guiada general (con horarios pautados, según disponibilidad del equipo).
  • Visitas aranceladas:
    • “Cuidado animal” (con enfoque en manejo, bienestar y acercamiento a algunas especies).
    • “Hospital veterinario” (con acceso a instalaciones técnicas, banco genético, consultorios y quirófano).

En el camino, el paseo mezcla escenas de vida silvestre urbana —carpinchos rescatados por mascotismo, maras que se desplazan por el parque, coipos confundidos con “ratas gigantes”— con programas de conservación altamente tecnificados (entrenamiento de rapaces para procedimientos veterinarios; cría con marionetas en cóndores para evitar impronta humana). Y, en el medio, el patrimonio: edificios del siglo XIX reconvertidos, recintos con vegetación donde antes había cemento, y una historia institucional que se narra caminando.

El resultado es una experiencia singular en Buenos Aires: un recorrido donde conviven arquitectura histórica, educación ambiental y trabajo científico, en un predio que ya no se presenta como zoológico, pero que todavía guarda —en su diseño y en sus debates— las marcas de lo que fue.

Mundo GEA: dos experiencias inmersivas del Ecoparque para recorrer aire, tierra y mar

Dentro del Ecoparque también funciona Mundo GEA, un espacio interactivo de entretenimiento educativo y tecnológico que propone experiencias inmersivas basadas en los ecosistemas del planeta. Mundo GEA se organiza en tres áreas principales —Gea Aérea, Gea Terrestre y Gea Marina—, donde los visitantes pueden “volar” por Argentina como un cóndor, recorrer distintos paisajes terrestres o sumergirse en una odisea submarina para explorar la biodiversidad marina mediante simuladores de última generación y efectos especiales.

Además de estas atracciones, Mundo GEA ofrece experiencias como simuladores de vuelo y recorridos virtuales por flora y fauna, combinando entretenimiento con educación ambiental en formatos adecuados para toda la familia. La propuesta está disponible de martes a domingos y feriados de 11:00 a 17:00 hs aproximadamente, con pasaportes y entradas que pueden adquirirse en la boletería del parque o a través de la web; por ejemplo, el Pasaporte Mundo GEA suele rondar precios desde unos AR$ 22.300 (según categoría y modalidad), mientras que experiencias individuales como simuladores pueden tener entradas desde unos AR$ 7.100 a AR$ 10.700. Estas experiencias complementan la visita al Ecoparque, sumando una oferta lúdica y didáctica que amplía la propuesta más allá del simple recorrido al aire libre.