El aumento del costo de vida en Estados Unidos comienza a reflejarse no solo en el ánimo social, sino también en decisiones de consumo y viajes, un termómetro clave para la industria turística. Alojamiento, transporte interno, gastronomía y entretenimiento registran subas que obligan a muchos viajeros —locales e internacionales— a ajustar presupuestos, acortar estadías o postergar escapadas.
Por Ariel Ferrero – Sunny News
Este escenario se da en un contexto político sensible. Una encuesta reciente de CNN reveló que el 58% de los estadounidenses desaprueba el primer año del segundo mandato de Donald Trump, principalmente por la falta de avances para aliviar el costo de vida, una variable que también impacta de lleno en el turismo interno.
Menos margen para viajar, más presión sobre destinos y precios
Según el sondeo, el 64% de los consultados considera que el gobierno no hizo lo suficiente para bajar los precios de los productos cotidianos, una percepción que se traslada al sector turístico. En destinos urbanos como Nueva York, Miami o Las Vegas, operadores advierten que el visitante promedio es hoy más cuidadoso con el gasto, prioriza promociones y reduce consumos secundarios.
El 55% de los estadounidenses cree además que las políticas económicas actuales empeoraron la situación del país, mientras solo un 32% opina lo contrario. Para la industria del turismo, esto se traduce en una demanda más sensible a precios, con impacto potencial en hoteles, restaurantes, espectáculos y transporte.
Turismo internacional: atención a la señal
Aunque Estados Unidos sigue siendo uno de los destinos más deseados del mundo, el contexto económico agrega una variable de cautela para los viajeros internacionales, especialmente de América Latina y Europa. Un dólar fuerte, sumado a precios elevados en servicios básicos, puede modificar flujos y favorecer estadías más cortas o alternativas regionales.
De cara a los próximos meses —y con eventos globales en el horizonte como la Copa Mundial de la FIFA 2026™— el desafío para el sector será mantener competitividad sin resignar calidad, en un país donde la economía doméstica vuelve a condicionar, silenciosamente, el mapa del turismo.








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