Para dimensionar la diversidad de la vida, pero también la pérdida de biodiversidad, conocer el número de especies que existen en nuestro planeta parece fundamental. Sin embargo, responder a esta pregunta es mucho más complejo de lo que parece.
Tras las numerosas expediciones naturalistas que, entre los siglos XVI y XIX, recorrieron el planeta en busca de la extraordinaria diversidad de especies que lo habitan, la cuestión del número exacto de especies existentes parecía secundaria. Pero desde comienzos del siglo XXI, con la aceleración de los efectos perjudiciales de las actividades humanas sobre el medio ambiente y la toma de conciencia del declive de la biodiversidad, el tema vuelve a estar en debate.
En una Tierra enferma, donde las especies desaparecen a un ritmo preocupante, conocer con precisión cuántas especies existen en el planeta equivale a tomarse la temperatura global. Y precisar en qué magnitud y a qué velocidad varía ese número es como evaluar la gravedad de un síntoma de la crisis ecológica. Sin embargo, seguir el número exacto de especies en la Tierra es un desafío en muchos sentidos.
Un desafío de gran magnitud: listar millones, incluso miles de millones de especies
En el siglo XVIII, el naturalista sueco Carl von Linné (a la derecha) creó la taxonomía, la ciencia que describe y clasifica la diversidad de los seres vivos en grupos (taxones) y les asigna un nombre. La clasificación es jerárquica y la unidad más pequeña es la especie.

En sus célebres obras Systema Naturae y Species Plantarum, Linné clasificó y nombró alrededor de 12.000 especies de animales y plantas. Se trató de un trabajo exhaustivo sobre todas las especies conocidas en su época, algo que entonces podía realizar un solo autor, aunque los historiadores recuerdan que contó con ayuda.
A comienzos del siglo XXI, la expedición naturalista Santo 2006 inauguró el programa de redescubrimiento de la naturaleza La planète revisitée, impulsado por el Museo Nacional de Historia Natural de Francia. El objetivo: realizar un inventario exhaustivo de la diversidad de especies en distintas regiones del mundo.
La expedición regresó de la isla de Espiritu Santo —de apenas 4.000 km², en el archipiélago de Vanuatu, en el océano Pacífico— con un inventario de aproximadamente 10.000 especies, casi tantas como las que había clasificado Linné. Para lograrlo fue necesario el trabajo de más de 150 científicos de todo el mundo, con el apoyo de un centenar de asistentes, durante cinco meses de trabajo en la isla.
El número total de especies conocidas ha aumentado considerablemente. En 2024, la lista mundial de especies descritas alcanzaba las 2.153.938 especies. La mayoría corresponde a animales invertebrados (1.489.932 especies), principalmente insectos (1.053.578). Los animales vertebrados suman solo 75.923 especies, las plantas 425.679, y los hongos 157.648.
Contarlas a todas se ha convertido en un desafío que exige necesariamente un trabajo colectivo, con especialistas en los distintos grupos biológicos.
Sin embargo, esta lista mundial sigue siendo incompleta. Existe consenso en que una parte importante de las especies que habitan la biosfera aún es desconocida. Las estimaciones actuales del número total de especies existentes oscilan entre 8 millones y varios miles de millones. Se calcula, por ejemplo, que las especies de invertebrados podrían ser entre 3 y 100 veces más numerosas que las ya descritas. Podrían existir cerca de 4 millones de especies de hongos. Y mientras hoy se conocen entre 10.000 y 30.000 especies de bacterias, se estima que podrían existir miles de millones. Pero ¿cómo registrarlas todas?
Un desafío práctico: identificar y contar especies que nunca se han visto
El método clásico para descubrir nuevas especies durante los inventarios naturalistas, inspirado en Linné, se basa en la observación directa. En el terreno se recolectan individuos, se describen y se clasifican según sus características morfológicas. Si la descripción es inédita, se crea una nueva especie, se la nombra y se publica su descripción tomando como referencia un espécimen tipo conservado en un museo.
Este proceso requiere un trabajo considerable para añadir una sola especie a la lista de las conocidas. Dada la brecha entre el número de especies descritas y el de especies realmente existentes, resulta evidente que este enfoque no será suficiente para completar el inventario global.
No obstante, existen dos métodos modernos que permiten avanzar más rápidamente.
El primero permite identificar especies sin necesidad de observarlas directamente. Gracias a las herramientas de la biología molecular, es posible contar especies a partir de las huellas de ADN que dejan en sus hábitats. Se trata del ADN ambiental. Basada en la secuenciación de todos los fragmentos de ADN presentes en un entorno determinado, esta técnica —conocida como barcoding— utiliza las diferencias genéticas entre especies. Cada secuencia detectada se asocia a la presencia de una especie, haya sido descrita o no.
El segundo método consiste en extrapolar el conocimiento existente sobre la biodiversidad para estimar un número total de especies. Algunos investigadores proponen, por ejemplo, utilizar el número de grupos conocidos en niveles taxonómicos superiores a la especie para estimar el total. Si se conocen los números de clases (por ejemplo, mamíferos), órdenes (carnívoros), familias (cánidos) y géneros (Canis), sería posible estimar el número de especies animales. Otros sugieren partir de la hipótesis de que cada especie animal conocida alberga un número medio de parásitos o simbiontes aún desconocidos, para estimar el total de especies de estos grupos.
Estas metodologías parecen adecuadas para mejorar el recuento de especies… hasta que surge una pregunta fundamental: ¿qué es exactamente una especie? Y allí el problema se vuelve más complejo.
Un desafío teórico: ¿qué es, en definitiva, una especie?
Para contar frutas y verduras, primero hay que saber qué es una fruta y qué es una verdura. Y no siempre es evidente: la tomate, por ejemplo, es un fruto para los botánicos y una verdura para los cocineros. El problema es aún más complejo cuando se trata de especies.
El concepto de especie responde a una visión ideológica de la organización del mundo vivo. Supone la existencia de unidades claramente delimitadas —las especies— que, en la práctica, resultan difíciles de definir.
En el enfoque naturalista clásico, las diferencias visuales permiten distinguir una especie de otra. Es el llamado concepto morfológico de especie. Pero ¿a partir de qué grado de diferencia morfológica se puede afirmar que se trata de especies distintas? No existen reglas precisas.
El concepto biológico de especie, en cambio, pone el acento en la integridad genética de grupos de individuos entre los cuales el intercambio genético está impedido por barreras reproductivas. Sin embargo, observar los resultados de cruzamientos para definir especies es imposible durante expediciones naturalistas, cuando los casos ambiguos se cuentan por decenas o cientos.
El concepto evolutivo considera a las especies como entidades que evolucionan de manera independiente. Una especie sería una línea genealógica aislada de otras. Es el concepto más inclusivo, pero su verificación requiere estudios genéticos costosos y complejos, especialmente cuando se desconoce la historia evolutiva de las poblaciones actuales.
Estos enfoques generan divisiones dentro de la comunidad científica. Para los biólogos de campo, los conceptos biológico y evolutivo son demasiado teóricos. Para los microbiólogos, que estudian organismos unicelulares con pocos rasgos visibles y con intercambio genético frecuente, los conceptos morfológico y biológico resultan inadecuados.
En teoría, estos conceptos deberían ser compatibles: grupos genéticamente aislados deberían evolucionar de manera independiente y divergir morfológicamente. Sin embargo, existen excepciones que ponen en evidencia sus límites. Se conocen, por ejemplo, especies crípticas, morfológicamente indistinguibles pero evolutivamente independientes.








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